¿Comerzar de nuevo?


Comenzar es empezar, dar inicio a algo, hacer que “algo” que no existe tenga vida. Eso es comenzar realmente. Si se le pone el apellido “de nuevo” como una expresión que anima el comenzar es una redundancia semántica, saca algo del contenido que el mismo verbo porta para ponerlo en evidencia.

Estos días escucho estas y otras expresiones semejantes. Llegamos de nuevo a la escuela, aquí estamos de nuevo, nos volvemos a encontrar una vez más, ahora toca empezar… y siempre con un apellido: “empezar lo que hemos dejado”. Es decir, retomar, volver a coger, re-hacer nuestro por así decir.

Lo que hoy siento es que yo, de corazón, no dejé nada en vacaciones. Que hay algo intenso dentro de mí que no puedo abandonar ni posponer, ni postergar ni olvidar. Esto, tan mío, mi vocación, me acompaña dentro y fuera de la escuela. Tanto en una como otra no estoy libre de mis contradicciones y perezas y reservas ,pero sempre, gracias a Dios, está presente y permanece.

Lo que hoy hago, por tanto, más allá de lo que siento es en todo caso desempolvar, volver a mostrar, re-velar una vez más quién soy. No es un juego semejante a “coger una cartera” o “ponerse una ropa determinada”, sino que siempre soy, de manera profunda y también palpable, aquello que yo llamo “mi vocación”, aquello que es “mi vocación” y que me constituye como persona ante Dios y ante los hombres que me rodean.

Mi vocación no es de quita y pon. Cuando estudié en su momento a Parménides, filósofo griego apasionante, entendí que “lo que es, siempre es”, y no puede dejar de ser lo que es. Si algo o alguien deja de ser “lo que es”, realmente nunca lo fue, era mera quimera, se quedó en el reino de la apariencia y de la, por tanto, falsedad. Lo que aparece no es totalmente real, es sólo una imagen. Yo quiero la chicha, la carne, la realidad.

Parménides, con aquella expresión tan sencilla y tautológica (a mis alumnos les parece ridículo tener que aprenderla y razonarla, porque ciertamente es algo tan sencillo y evidente que pueden comprender los niños) me hace pensar en lo auténtico, que decimos hoy. Lo auténtico permanece, siempre está, ni muere ni se pudre, ni la corrupción o los roedores pueden alcanzarlo. Aquello que es puede o no “estar” presente ante nuestros ojos, pero es. Y me consuela.

Me consuela pensar así, me ofrece una seguridad en el don recibido y la vida recibida que va más allá de todos los esfuerzos que realizo a diario por salvar obstáculos y evitar caídas. Es una palabra definitiva ante mi vida, que me fue descubierta y revelada, de tal manera que hoy “está” ante mis ojos porque otro me la contó con enorme sabiduría de niño.

No puedo comenzar de nuevo. A lo que voy, retomando el inicio. Es falsa la expresión. La llamada, más abundante aún y más clave, sigue siendo “nacer de nuevo”. No es retomar, es nacer. No es recuperar tampoco un rol, es nacer. Mi vocación es para nacer de nuevo, me da la oportunidad de nacer de nuevo, me brinca la ocasión magnífica para reconocer quién ES mi Padre y vuestro Padre. Por eso soy profesor, por eso soy maestro: para no olvidar y recordarme siempre esta siempre nueva y constante llamada.

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