¿Algo más que cualidades?


Entiendo que una cualidad es algo maravilloso, o no. Pero en cualquier caso defiene a la persona, porque a la persona como tal no la pueden distinguir “cantidades”. Por eso se requiere que hablemos de algo cualitativo, algo denso, algo que empapa todo. Es necesario  decir esto por muchas razones, aunque no puedo detenerme en su análisis con profundidad.

Pero no es todo lo que podemos decir. Una cualidad personal puede tornarse una experiencia de bondad o de crueldad terrible y maléfica. Esto es costoso de reconocer su tentadora ambigüedad. A Philip Morrison y a Marie Currie una misma cuestión les unía: son personas que han pasado a la historia de la humanidad definidas por una cualidad común, la inteligencia. Pero en un caso y en otro, la persona que dibuja esta “inteligencia” es diferente, y la persona que refleja es igualmente diferente. Esta equivocidad de la cualidad (llamar y tintar de diversos colores la realidad) es por lo tanto evidente, aún cuando en nuestro lenguaje cotidiano algo cualitativo parece siempre bondadoso. El creador de la bomba atómica y la excelente investigadora médica han contribuído de distinta manera a esa historia humana.

Comprendido esto, recuerdo que hay una parábola evangélica en la que Jesús narra cómo dos personas cabalgan buscando un mismo sueño: construir una casa. Ambos disponen de materiales similares y de todo el mundo. Sin embargo asientan sus edificaciones en terrenos (aun teniendo todo el mundo) dispares: por un lado la arena, por otro la roca. Matiz sublime: lo débil e incapaz de sostener; lo robusto e impenetrable. Aquí está la maravilla. La cualidad debe ser asentada. Pero siendo roca o arena, se nace.

Aún creyendo que las cualidades definen la persona, no podemos decir lo mismo (ni análogamente siquiera) de Dios. A Dios no le definen cualidades en la misma medida que a los hombres, puesto que su ser no puede negarse a sí mismo. Aquello que Dios es se muestra como huella en las personas dejando en éstas un hálito (aliento, espíritu) potente de vida, que algunos interpretan como cualidad pero va más allá de ellas, porque tiene vida por sí misma. Este don de Dios es vida de Dios en el corazón de las personas, que nunca cejará de la lucha por la bondad, la belleza, la verdad y la unidad. Explicada la diferencia, viene ahora la invitación: encuentra en tus cualidades aquello invariable que te mantiene unido a Dios, que te hace buscar la justicia y la paz, que está al servicio de los demás y los débiles… Quien construye sobre roca, no verá derribada su vida. Pase lo que pase, lo construido se mantendrá a pesar de los zarandeos, de las incomprensiones, de las luchas… No soy yo, es Cristo que vive en mí.

Descubrir las cualidades no es un ejercicio estúpido, por otro lado. Quien se asombra ante la belleza de sí mismo es como un genio capaz de las mejores fórmulas matemáticas, o el mejor de los pintores, o el escritor más locuaz. Conocer las propias cualidades (y su inevitable tendencia a la ambigüedad) es una llamada permanente a cuidad de sí mismo, a estar atento para no desaprovecharse y perderse. Es un grito hacia la responsabilidad.

Un saludo.

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