¿Soy feliz?


Hoy he sorprendido a mis alumnos. Tocaba ver un tema un tanto “filosófico”, como el de la felicidad. La idea de fondo es sencilla: las personas estamos hechas para ser felices. Es tan sencilla, a mi entender, que no dice nada. Así que, después de leer un libro genial, “Elogio de la infelicidad”, me he arrojado al vacío y les he dicho que nadie podrá alcanzar la felicidad jamás.

En el fondo, mi postura me parece ahora más racional de lo que era antes. ¿Por qué no se puede alcanzar, profesor? -preguntan ellos-. Porque -respondo yo- siempre nos quedará un paso más por alcanzar y nunca podremos decir que hemos conseguido toda la felicidad posible.

Les he dibujado un esquema sencillo, que aquí no puedo traspasar, donde se apreciaba que las personas caminamos hacia la felicidad, que es el término del camino. Cuando nosotros decimos “soy feliz” lo que realmente ocurre es que estamos dando un paso hacia delante con nuestra vida. Cada paso hacia delante es “me siento feliz”, de tal manera que todos podemos decir, independientemente de si estoy lejos o cerca, que “me siento feliz”. Es el gran engaño de nuestros sentimientos. Creo que Heráclito y Parménides, porque era los dos y en esto estaban de acuerdo, tenían razón cuando afirmaban que los sentidos nos engañan (al menos en parte).

Dicho lo cual, afirmo lo siguiente. Como nadie puede haber llegado a la felicidad (sólo Dios), a los únicos a los que se les permite hablar de la felicidad (esto es, la persona en plenitud) es a aquellos que se dan cuenta de que la buscan y que son conscientes además que no la han encontrado del todo. Es decir, sólo a quienes están dispuestos a ser críticos consigo mismos y aprecian la importancia del diálogo.

Un paso más entonces. Cuidado con quienes están tan seguros de haber encontrado la felicidad y lo pregonan en anuncios y tiendas. Cuiado con quienes imponen normas para que los demás sean felices “a su imagen y semejanza”. Cuiado con quienes no están dispuestos a darse cuenta de que pueden haber sido engañados o están equivocados en algo.

Y para terminar, retomo lo que he dicho anteriormente: sólo Dios puede contarnos algo de la felicidad; él o aquellos a quiénes él les ha dicho algo, con quienes se ha encontrado y aquellos que se han fiado. Ellos sí nos pueden hablar de la felicidad, de la plenitud de las personas. Quizá nos sorprendan ciertas palabras que escribieron o actitudes que tuvieron. Quizá nos dejen anonadados porque, en lugar de dar recetas, nos ponen a buscar por nosotros mismos. Quizá el camino de la felicidad que cada uno debe de emprender sea totalmente diferente. Quizá este camino se llame, cristianamente, “vocación” que es el camino del Hijo.

Un saludo. José Fernando, escolapio.

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