¿No te gustaría ser padre?


¡Qué atrevidos que somos! ¡Esta pregunta… parece que no corresponde!

Gracias al atrevimiento de algunas personas puedo volver a tomar ciertas decisiones en mi vida, retomar cosas que dije en el pasado y resituarlas en el presente. Cuando empecé mi camino como escolapio (en los estudios), con mis primeros votos, también hice públicamente un compromiso de “no tener hijos”. Esto es mucho más importante que “no echar un polvete, casquete… o como quiera llamarse”. Tener hijos, fruto del amor con alguien, es bellísimo.

En mi caso, no es cuestión de gustos. Creo que en la vida de ninguna persona “tener hijos” debería ser una cuestión de “me gusta” o “no me gusta”. Es una llamada, es una respuesta, es un fruto. Insisto, en mi caso no es que no quiera o no me guste, sino que mi camino y mi paternidad se enfocan de diferente manera. No quiero espiritualizar estúpidamente, pero siento como “hijos” a muchos jóvenes y niños, y trato con familiaridad a tantos otros que se han ido cruzando en mi camino.

No es que no quiera. Es que siento que Dios me ha hecho fructificar de forma diferente. ¿Es una lacra? No. ¿Es un fastidio? Por ahora no lo vivo así. ¿Es una opción personal? Ni siquiera esto del todo, porque es fundamentalmente una respuesta a una llamada urgente que Dios hacía: Entonces me dijo “Necesitamos escolapios que hagan de padres para los niños y jóvenes” y continúo descubriendo hoy como ayer que esto sigue siendo una vocación para mí.

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