¿Te conozco?


No sé qué les parecerá la pregunta. A mí me parece lo más fuerte que he escuchado. Hoy ha sido. No por primera vez. Un día incluso la dije yo, ahora que caigo. Entraba en el Bernabéu para un partido de fútbol y estaba a punto de pisar mi lugar, cuando se acerca una persona y me saluda efusivamente. No lo conocía de nada, estaba seguro de que no había hablado con él en la vida y pensé que mejor era tener cuidado porque a lo mejor estaba un poco borracho o tenía problemas psicológicos graves. ¡Quién sabe! ¡De todo hay en esta vida! Él me saludó y me dijo: “¿No me conoces? Soy el padre de Ricardo.” Cuando me di cuenta de que tenía escrito en la cara algo así como “estoy despistadísimo” , me sonrojé y le conté mi ignorancia. La verdad es que nunca había hablado con él, él me conocía por el colegio y creía que por eso yo debía conocerlo también.

Esto me hace pensar que muchas veces trato con gente y me cruzo con gente sin que signifique nada en mi vida. Quizá yo sea para muchos alguien de referencia, conocido, público incluso por mi vocación y trabajo, pero debería ser también correspondido. De alguna manera debería conocer a todos lo que me conocen, y sería sin duda hermosísimo y enriquecedor.

En el fondo, qué estoy diciendo. Que conocer es tener parte con alguien y con algo, estar en la vida de otros. Pero tiene que ser recíproco, si no no es lo mismo.

Pero hoy no me refería a eso. Me refiero a otra pregunta y en otro sentido, a una cuestión negativa. Mucho más dura. Es la pregunta de alguien con quien tengo relación y que tiene relación conmigo y llegado un momento puede preguntarme “¿Te conozco?” Imaginad la situación en una pareja, en la que uno le pregunta al otro esto; o entre dos amigos, o entre dos familiares cercanos. Es una pregunta que se hace el hijo de “Big Fish” (en una película). Es una pregunta durísima. “¿Te conozco?” Es verdad que hay personas que llegan a este interrogante por una enfermedad, que destruye su memoria. Pero otras llegan a esta pregunta por la falta de confianza, por la ruptura de las relaciones, por la mentira o la infidelidad. Es dura esta pregunta, la verdad. Hoy me he quedado estupefacto cuando la he escuchado. Quisiera que no me ocurriese a mí, que la gente de mi alrededor nunca se plantease si me conocen o no realmente, porque yo sea una persona con doblez o “huecos” en mi vida sin compartir, o con oscuridades que no puedan ser iluminadas.

Alguien me dijo una vez, y desde entonces reconozco que mi camino ha sido más sencillo, que tenía que abrirme de corazón a la persona que me acompañara en la vida, que si no estaría jugando a deportes de alto riesgo. Seguido ese consejo, que fue hace diez años nada más y nada menos, ya puedo ver cómo ha sido cierto y se ha cumplido la promesa. La rectitud, es premiada, aunque sea dolorosa.

Supongo que alguien me puede decir esto alguna vez. Que no estoy libre de esta cuestión, ni mucho menos, y que desde hoy siempre me perseguirá. Esta reflexión es una lámpara de atención. Entre lámparas, dicho sea de paso, nació la pregunta. El problema fue la precipitación, la pereza y el descuido de quienes no fueron por aceite y dejaron de ser fieles de este modo al don recibido. Supongo que para que nadie me haga esta pregunta, he de estar preparado, tengo que cuidar lo que hay, mostrar su brillo, seguir iluminando.

Un saludo a todos. Buenas noches.


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