¿Lo has escrito por mí?
Comparto mis reflexiones en otra web (www.lineacalasanz.es). Una edición por semana. Está iniciándose, esta es la cuarta edición. Y hoy, justo después de colgarla, me han escrito en el msn: “Lo de la valentía, como si fuera para mí.” Y me lo he creído. Creo que el joven que lo comentó, en relación a la palabra en concreto, estaba leyendo lo que a él le ocurría.
Creo firmemente en la fuerza del diálogo, de la palabra que se entrega una persona a otra intentado hacer luz. Lo creo con tanta fuerza porque lo he vivido con la Palabra, con mayúsculas, esa que es de Dios, y también con la Palabra, con mayúsculas, que viene por los hermanos, por la gente, por el acompañante, el confesor, el amigo, la familia… La Palabra llega.
Y cuando sucede esto que hoy dice este universitario, ¡es para mí!, también podemos descubrir desde la fe que Alguien empuja el mundo con su aliento y su expresión. Esta es hoy mi gran pregunta; ésta es, una vez más, la invitación de Aquel que me llama a que tenga cuidado con lo que digo o dejo de decir, porque todo cuanto sale de mí también puede ser un signo de que yo soy de Él y que siempre me acompaña en lo más cotidiano de la vida.
Un saludo.
¿Me amas?
Una pregunta directa, sin duda. Pero no da igual en qué situación aparezca. Imaginemos que es una mujer a su esposo. Quizá sea diferente si es a la inversa, el esposo a la esposa. No da lo mismo que se pregunten entre sí, en un diálogo, a que uno sea quien tenga dudas. No da lo mismo que sea para confirmarse en el amor, que sea para salir de un momento de crisis porque las cosas no están claras.
Otras circunstancias son igualmente válidas, porque puede ser entre amigos. Amigos que se acaban de conocer o amigos que llevan tiempo compartiendo con confianza. Y tampoco da igual entonces quién sea quien pregunte.
Pero, ¿te imaginas que es Dios quien te pregunta? Le ocurrió a Pedro, cuando al terminar una jornada intensa de “pesca” se acercó a Él el Resucitado. Por si acaso, le preguntó tres veces, de formas diferentes, cada una con un matiz especial. “Pedro, ¿me amas?” Y él, por lo que dice el texto, al final se entristeció, porque fueron nada más y nada menos que tres veces las que, obligado por sus tres traiciones, se vio invitado a responder: “Señor, tú sabes que te amo, tú lo sabes todo.” (y esta fue su respuesta final).
Y claro. Así es fácil, porque Dios lo sabe todo. Pero, ¿yo me he preguntado alguna vez cuánto quiero? ¿Alguien, por pequeño que sea, me ha sacado alguna respuesta? ¿Qué diría si fuera un joven tirado en la calle? ¿Qué diría si fuera, con palabras o sin ellas, un alumno en clase? ¿Qué diría ante un muchacho de los grupos? ¿Qué diría ante una familia?
Preguntas y preguntas. Muchas maneras de preguntar. Creo que Dios, después de un día intenso en mi cuarto, se acerca muchas veces en lo más cotidiano y, la mayor parte de las veces, me cuestiona veladamente sobre mi amor. Como otras veces, también concluyo lo siguiente: Que Dios no me pide -ni a mí ni a nadie- aquello que no tengo. No me pregunta si tengo amor, me pregunta si le amo. Porque amor tengo, lo necesito para vivir. Lo que me pregunta es quién es el dueño de ese amor.
Y vuelvo al inicio. Una persona no le pregunta a otra sin más si tiene amor. Lo que está interesada en saber es si es amada. Y no sólo eso, sino que desearía conocer cuál es la fuente del amor, de dónde viene, cuáles son sus motivos, si es amor limpio o es amor condicionado, si es amor de verdad o es un amor exigente y con factura.
Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.
¿Dios es todopoderoso?
En respuesta a un comentario. Lo extraigo para ponerlo como post y dar la oportunidad de dialogar intensamente sobre esta cuestión. Adelanto mi comentario.
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Entiendo más o menos la pregunta, aunque he de reconocer que su formulación es curiosa. Nadie hasta ahora me había hecho esta pregunta así.
¿Tu crees que nos podemos inventar cosas sobre Dios? Yo creo que sin duda alguna sí. De la misma manera que con otras personas nos confundimos o decimos cosas que no son verdad, también con Dios puede ocurrir. Eso serían algo así como falsas imágenes, desvirtuaciones, tergiversaciones… Como podrás darte cuenta la mayor parte de ellas nacen de la ignorancia, de las ganas de incomodar, de la falta de criterio, de la maldad, de aspiraciones ocultas… y también de la murmuración, de escuchar a ignorantes y a personas que “van por detrás” en la vida.
A todo esto, una respuesta contundente. Quienes conocen a Dios no dudan de que sea Todopoderoso. Es más, lo reconocen abiertamente en distintos momentos de su vida. No porque Dios vaya presumiendo de esto, como si fuera un fariseo sentado en los primeros bancos (que dice el Evangelio), sino por otros motivos bien distintos: por la convivencia con Él, por la confianza, por la fe.
Esta es mi respuesta. ¿La tuya?
¿En qué quedamos?
Una buena pregunta. ¿Te ha ocurrido alguna vez que, después de hablar con alguien durante un tiempo por una cuestión concreta, te quedas con cara de desconcierto pensando que te han dicho una cosa y su contraria al mismo tiempo sin inmutarse?
La frase del título me la repetía un maestro que tuve, ya en la universidad. Los diálogos que teníamos de vez en cuando siempre tenían el “en qué quedamos” típico de todos los diálogos. Incluso entre los jóvenes estudiantes de mi casa la tomábamos a broma. Además de decir “en qué quedamos”, este maestro tenía una forma especial de decirlo, como medio frustrado y remarcando que habíamos llegado a un punto en el que era difícil mantener y aclarar algo. Con la broma o sin la broma, creo que hoy le debo en parte esta sutil conciencia frente a la contradicción a aquellos diálogos y en especial a aquella frasecita constante y repetida.
A mí me sucede. No sé si es por deformación profesional, pero no lo comprendo. Intento ser lo más sincero que puedo, descubrir mis propias contradicciones personales y, en la medida de lo posible poner remedio, porque lo que es cierto es que no se puede con todas ni mucho menos.
Lo que no puedo aceptar del todo es que esto suceda como si nada. Y, de verdad que soy tolerante con las opiniones de los demás, pero no sé hasta qué punto puede ser esto tan tolerable.
Entre los jóvenes como yo es relativamente frecuente que lo hagamos casi sin darnos cuenta. No es por criticar sin más, como me explicaré, pero la inconsistencia de nuestros razonamientos y discursos es preocupante.
Pero comento. Lo que siento es que nos han hecho disfrutar tanto del presente, buscar tanto la satisfacción personal, que si algo no nos cuadra enseguida lo disfrazamos. Tenemos un arte especial para no llegar a este punto. Es cierto que hace la vida más fácil, pero a la larga creo que estas cuestiones, con sinceridad, se convierten en incómodas realmente.
No es que queramos ser así, es que… somos postmodernos. Aún así esto no es una escusa para nada, ni mucho menos. Más bien todo lo contrario. Es un aguijón para no permitirnos a nosotros mismos dormirnos sin más, o así al menos debería ser.
Un saludo.
¿Aún más preguntas?
Pues sí. Esto parece un fondo inagotable, casi sin fondo. Son preguntas sobre preguntas, más aún. No es por calentarme la cabeza, ni por ser rebuscado, sino que entiendo que cada pequeño movimiento en la vida es, sencilla y llanamente, la respuesta a una gran pregunta: ¿Sigo adelante o me quedo parado? Aunque sólo sea por eso, por la maravilla de ser consciente de las grandes cuestiones de mi vida, merece la pena seguir preguntándome.
Y más aún cuando me pregunto sobre las cosas cotidianas, sobre los pasitos ordinarios, sobre mi vocación, sobre mis clases, sobre mi forma de estar. Voy mejorando, he descubierto que hacerme preguntas, sin dar por supuestas las respuestas, es la mejor manera de seguir caminando en la vida. Hacerme una pregunta a mí mismo, intentar que cale en lo profundo, en la razón y en el corazón, no significa “responderme a mí mismo”. Algunos de quienes me conocen también saben de mis ganas por escuchar nuevas palabras, por atender a otros, por prestar oídos atentos a su parecer, a su opinión, a sus búsquedas y, cómo no, a sus preguntas. Es la maravilla del diálogo, la intensidad sublime de la vida compartida. En mi caso, compartida especialmente con Dios, con el Dios de Jesucristo, con el Dios hecho hombre y encarnado en lo más humano. Aprender a dialogar con Dios amplía aún más el horizonte de las preguntas y el misterio de las respuestas, dejado precisamente a eso, al misterio, al Reino de la confianza en lugar de ansiar el reino de las certezas, al Reino de las relaciones cara a cara, del diálogo mutuo y recíproco.
Más preguntas, sí. Muchas más. Ojalá que diariamente se siguan viviendo como lo que son, preguntas. Horizontes abiertos, puertas abiertas, luces abiertas, interrogantes abiertos, verdades que luchan por mostrarse y bondades que anhelan ser vividas.
¿Qué pasó este fin de semana en Madrid?
Es lo que me pregunta una amiga. Como he pensado que es interesante, todo diálogo entre nosotros, ¿por qué no hacerlo público y poder hablar entre todos?
Mi primera aportación: saber diferenciar entre una manifestación y una celebración. Lo que se vivió fue una celebración, es decir, la alegría compartida por haber descubierto que Dios está presente en la vida de las familias que viven desde la fe, y su presencia es sanadora, impulsadora, plenificante.
¿Quieres dialogar?
Todas las personas necesitan expresarse, tanto a niveles superficiales como a niveles profundos. Entiendo que un nivel superficial es el saludo, es la palabra cotidiana, el qué tal, hola y adiós, el “estoy aquí”. Ese nivel superficial no es poco importante, sino muy importante. Gracias a la palabra mostramos quiénes somos y nuestras principales actitudes ante la vida. Hay lugares que ni siquiera permiten esa expresión, como el metro, el transporte público, las vías de comunicación. Sólo se da cuando se conocen las personas, aunque sea mínimamente. Expresar además no es sólo hablar, sino que entran más componentes, por ejemplo el detalle, el gesto afectivo y cordial o sus contrarios.
El nivel profundo es increíble. Se da cuando dos personas se conocen, normalmente, pero puede darse en el anonimato. En internet, según cuentan, sucede igualmente. La gente habla y conversa y comunica sus vivencias de forma espontánea. Creo que la humanidad ha encontrado un filón expresivo importante. Esta sed se va saciando, al mismo tiempo que aumenta. Cuando me doy a conocer de esa manera descubro que hay que seguir dando pasos, que no vale con hablar, sino que necesito acoger, de tal manera que surge una reciprocidad-gratuita tremenda. Dialogo, expreso, acojo, escucho, comparto, vivo, siento… múltiples dimensiones de la persona están afectadas.
Entiendo que lo que la persona busca con el simple “hola” es llegar a este nivel, donde las convicciones y las palabras descubren rostros verdaderos, corazones ardientes y sedientos, vidas en búsqueda de su plenitud.
“¿Quieres dialogar?” se convierte por lo pronto en pregunta retórica. Claro que todas las personas quieren eso, desean la oportunidad de encontrar ese momento en el que dejar de hablar de los temas establecidos para dar paso a sus propias experiencias, en los que las palabras comunes y ordinarias puedan transformarse en sus propias ideas, sus propios sentimientos, sus propias heridas.
La palabra me parece magnífica. Es potentísima, llega al interior con velocidad cuando sale de otro interior. Mi pregunta hoy es, ¿estoy dispuesto a que otra persona quiera dialogar conmigo, me doy tiempo para que eso suceda?
