¿Te atreves?
¿Por qué no escribir unas líneas sobre nuestra propia vida aprovechando este tiempo de cuaresma, de especial reflexión y oración, de especial preparación y búsqueda?
Desde la web, www.lineacalasanz.es queremos invitar a todos los que la siguen y a quienes acaban de llegar a ella que puedan colaborar con su propia aportación, con su texto más hermoso, con su momento más lúcido o con sus tinieblas, preguntas y dudas. En cualquier lugar, desde la vida y con Vida por medio.
Envía un email a lineacalasanz@gmail.com y todos podremos disfrutar durante este tiempo de parte de ti.
¿Papeles arrugados?
Todos los días, en la escuela, encuentro papeles arrugados. Hojas que sirvieron para escribir, y son desechados. También hojas medio empezadas, equivocadamente empezadas.
¿Y si fuera una metáfora? ¿De qué sería?
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¿Por qué reducimos…
… la vida, a los días; los días, a horas; las horas, a minutos; los minutos, a segundos? ¿Por qué reducimos el mundo, a mi mundo, y mi mundo a mis intereses? ¿Por qué reducimos la humanidad, a lo que es para mí ser “ser humano”, y lo que es “ser ser humano” a vivir bien, a desarrollo, a comododidad, a bienestar, a confianza en sí mismo? ¿Por qué reducimos la plenitud a satisfacción, la satisfacción a sentirse bien, al éxito, al aplauso? ¿Por qué reducimos?
Salía en una conversación que mantengo en otro foro.
Mi respuesta es sencilla:
Porque llamados a algo más grande, a vivir con Dios, a vivir la VIDA de Dios tendemos a hacer y construir las cosas y el mundo a nuestra medida. Creo que la respuesta es sencilla, una buena noticia para quien sepa y quiera ver, para quien quite el velo de su cabeza, para quien supere mediocridades, para quien sueña y para quien está despierto, para quien sufre y para quien corre. Una buena noticia para todos. Pero con semilla de Reino, con su exigencia y su valor. En nuestra vida está escrita la Palabra, en la historia, la salvación, que es la grandeza de Dios, el don sin límites y la vida que no termina. Es Dios que se da a sí mismo y se comparte. Por eso no le vemos, porque vemos personas o cosas, y su grandeza lo inunda todo y lo supera a su vez todo. Nuestro rostro, lo más íntimo de nosotros, la humanidad con mayúsculas es la del Hijo, y el Hijo es Dios. Y Dios es inconmensurable. Las palabras nos faltan, le hacemos entonces pequeño. Pero la huella, su huella está y permanece. Vivifica y eleva. Ansía y provoca. Vamos más allá. Sabemos que estamos entre “cosas pequeñas” y que el presente pasará. Pero continuamos la carrera, la búsqueda, la meta y el horizonte. Construimos proyectos, soñamos lo irrealizable. Y nos parece bueno, mejor que cualquier cosa. Anclados a lo posible por la realidad, algo se escapa a ella, y ese algo lo reconocemos como lo mejor, lo más grande, lo más poderoso, la felicidad, la verdad, lo más bello. Tenemos rostro de Hijo, rostro herido por el egoísmo y la inconstancia, que convierte todo a nuestra medida. Lo primero que vemos es la herida, nuestra cicatriz, y saltar por encima de ella omitiendo sus males y la posibilidad de volver a herirla nos hace plantearnos que mejor mantener los límites, seguir cerrado. Y reducimos. Entonces, reducimos.
¿Quién nos dejará ver las cosas tal y como son, sin nuestras palabras, prejuicios y criterios? ¿Quién nos asomará al misterio y quién se asomará al misterio y dirá su nombre? Dos mundos existen: el mío y el mundo. Dos actitudes: apertura o cerrazón. Dos conformidades: pasiva o activa.
Y así, tantas veces cuanto sea necesario. Y en cada reducción, un grito y una disconformidad. Esto es algo, pero nunca todo. Y “todo” es todo, y Todo me espera, me llama.
¿Qué puedo desear?
Lo que quiera. Igual que soñar. Sin límites, más allá siempre, con nuevos horizontes cada día, avanzando sin cansarme, cansarme cuando lo desee. Frenar o acelerar, adentrarme en nuevos rincones, iluminar oscuridades o desear que nadie conozca todo aquello que sólo dos personas somos capaces de conocer. Y así sucesivamente. Puedo desear lo más cercano, como si no lo tuviera todo ya conmigo, y también lo más lejano, tocándolo con mi corazón como si no fuera tan extraño. Así, todo un mundo.
Los deseos, los anhelos, las aspiraciones. Quien desea, sueña. Quien sueña, vive, de alguna manera, quizá un tanto extraña, como si tuviera entre sus manos lo que todavía otros no pueden ver. Pero está. El deseo está y actúa. Es brújula, es mapa, es guión de trabajo o receta de felicidad. Si lo que se desea es la felicidad, lo es. Si se desea la infelicidad, es infelicidad. Y si se desea una engañosa felicidad, engañadamente se vive. Pero el deseo, se vive.
Qué grande. Desear lo más grande.
No fantasear. No falsificar. No evadirse. Desear. Es distinto. Pruébalo. Conoce tus deseos, encudríñalos, no te cortes.
¿Buscando imágenes?
¡Qué tarea más árdua! No hablo de buscar en la web sin más, sino de coger la cámara de fotos y ponerse a caminar y caminar en busca de esa imagen tan bonita. Creo que es necesario pasar por la experiencia para realmente comprender que es compleja. La cámara aporta lo suyo, pero espera paciente. El ojo humano es el motor de búsqueda. La imagen, la luz, la perspectiva, lo que puede y no puede captar, y todo lo que sugiere.
Estos días estoy buscando fotos propias para una nueva web. Y me encuentro así. Estoy convencido de que la realidad es bella, que tiene infinidad de detalles que no merecería la pena olvidar. Las sonrisas, los saltos, los encuentros, los abrazos, la íntima conexión con el grupo de amigos, la admiración… Y estoy seguro también de que las personas se dan cuenta de ello y pueden guardar y vivir su recuerdo. Pero es difícil captarlo con una cámara de fotos, en una imagen detener el mundo y atrapar el espacio y el tiempo y esa tercera dimensión personal y social que todo tiene.
Yo seguiré con mi búsqueda. En cualquier caso, buscar ya es importante. Hace estar atento, despierto, fijarse, admirar, desear, corregir, hablar, dialogar, escuchar y, cómo no, obedecer. La obediencia a la realidad, ser consciente de que, quien realmente manda no es quien tiene la cámara sino la misma realidad a la que se llama e invita a detenerse. La obediencia porque marca las pautas, porque se prepara un instante y desaparece. La obediencia porque avisa de lo que va a suceder, pero tan pronto sucede, también se aleja y se esconde. La obediencia que es relevelación y diálogo con el mundo, con el Señor que inspira y domina el mundo, con el Dios que ama sus criaturas y provoca el anhelo del recuerdo, con el Caminante y Creador que ha dejado su huella en cada tramo del camino y del tiempo.
Creo que esta experiencia tiene mucho que ver con la vida religiosa, y la vida escolapia en particular. La escuela es un ámbito con especial vida, donde todo aparece y desaparece, donde los mismos alumnos hacen señas y casi posan para una foto. “¡Profe! ¡Profe! Mírame y dime cómo soy. Dime que estas de mi lado, dime que me vas a enseñar a vivir.” “¡Profe! ¡Profe! Muéstrame en tus fotos, en tus recuerdos, el camino que conduce a la vida verdadera!” “¡Profe! ¡Profe! Es mejor una foto de grupo, todos juntos y haciendo un hueco para los demás, que una foto en la que, para siempre, voy a permanecer solo, sin nadie que me sonría, que me hable, que me quiera.” “¡Profe! ¡Profe! ¿El corazón se puede fotografiar? Ya sé que no. Pero entonces a Dios tampoco.”
¿No te das cuenta todavía?
Eso le he dicho a una persona hoy. No estaba indignado ni preocupado. Lo que sí estaba es asombrado. La cuestión es que quiero ver una película con una persona, y yo ya tenía pensada incluso la fecha y el momento y el lugar. Lo tenía pensado sí. Me acerqué y le dije: “Quiero ver esta película contigo.” Me preguntó: “¿Qué película? Quizá la haya visto ya” Y fue cuando le respondí con la pregunta que encabeza: “¿No te das cuenta todavía?”
En el fondo y en la forma me es indiferente que haya visto la película, porque lo que deseo no es tanto ver la película como que podamos hacerlo juntos: sentarnos, preparar todo, hablar, comentar, discutir… reír o llorar según se tercie, porque realmente no sé de qué va. Lo que sé, lo único que sé, es que es una película para ver juntos, lo que quiero es eso.
Me pregunto hoy si a Dios no le sucederá esto también con nosotros. “Mira, hijo, que no es que quiera que hagas esto, sino que lo que deseo es que lo hagamos juntos.” Le podemos responder algo así como: “Pero a lo mejor ya lo he hecho, dime qué es.” Y Dios seguirá insistiendo: “Hijo, pero no juntos. Lo que quiero es que sea algo de los dos, tuyo y mío al mismo tiempo, con la misma fuerza, de manera original y única.”
De esto trata la vida vocacional, la vida con Dios. No es hacer, sino “vivir juntos”.
