¿Qué puedo desear?
Lo que quiera. Igual que soñar. Sin límites, más allá siempre, con nuevos horizontes cada día, avanzando sin cansarme, cansarme cuando lo desee. Frenar o acelerar, adentrarme en nuevos rincones, iluminar oscuridades o desear que nadie conozca todo aquello que sólo dos personas somos capaces de conocer. Y así sucesivamente. Puedo desear lo más cercano, como si no lo tuviera todo ya conmigo, y también lo más lejano, tocándolo con mi corazón como si no fuera tan extraño. Así, todo un mundo.
Los deseos, los anhelos, las aspiraciones. Quien desea, sueña. Quien sueña, vive, de alguna manera, quizá un tanto extraña, como si tuviera entre sus manos lo que todavía otros no pueden ver. Pero está. El deseo está y actúa. Es brújula, es mapa, es guión de trabajo o receta de felicidad. Si lo que se desea es la felicidad, lo es. Si se desea la infelicidad, es infelicidad. Y si se desea una engañosa felicidad, engañadamente se vive. Pero el deseo, se vive.
Qué grande. Desear lo más grande.
No fantasear. No falsificar. No evadirse. Desear. Es distinto. Pruébalo. Conoce tus deseos, encudríñalos, no te cortes.
¿Vas a venir, querida “inspiración”?
Intento escribir y no puedo. La verdad es que con poco me conformaría. No escribo libros, ni nada de eso. Pero me tomo todo como una verdadera “tarea literaria”, aunque sea un texto sencillo, un mensajito, o una pequeña reflexión. Literario en el sentido quizá más débil, en el que las palabras son importantes. O quizá en el más fuerte, donde no da igual qué se diga.
Escribo, insisto. Y no me sale. Y sé que falta inspiración. Es lo único que sé. No soy el primero al que le pasa, tampoco el último. Ni es la primera vez que a mí me ocurre, ni tampoco, espero, que sea la última. Ni siquiera sé si estoy en “medio” de estos momentos, si bien intuyo que estoy empezando tanto en la inspiración como en el sufrimiento de su ausencia. Tengo algo que decir, no sé cómo hacerlo. Tengo ganas de escribir, pero las palabras no salen como acostumbran, con fluidez y naturalidad. Releo lo que he escrito, y lo veo inconexo, sin fuerza, carente de vida. Añoro aquel momento en el que escribir era fácil, y agradezco la inspiración. Ahora que me veo solo frente al texto, sé cuánto debo a la inspiración.
Por qué se va, por qué viene. Qué hace que ahora sí, antes no y mañana quizá. Qué terrible esta dependencia, y qué admirable su cercanía.
Simplemente compartir esto. ¿Qué sucede cuando en la vida falta la inspiración, esa vida que reconocemos fácilmente? ¿No será, la falta de inspiración para el escritor, como una depresión para la gente corriente en su vida diaria? No lo sé. Sólo quizá. Pero si fuera así, creo que el problema está allí donde ponemos nuestro corazón.
Por mi parte, nada más. Soy feliz, con o sin inspiración. Y esto no es decir poco. Ya he dicho más de lo que creía que iba a decir. Pero lo digo en el sentido más amplio y grande de las palabra que he usado: las de la inspiración y las de la felicidad. Escribo por diversión, por placer, a veces por necesidades del guión que me toca vivir y de las cosas que tengo que hacer, pero no depende mi vida de cuánto escribo ni de lo que dejo de escribir. Aunque no sepa qué decir exactamente, o cómo decirlo bellamente, hay otro que da testimonio por mí. Mi vida, sin esto, tiene mucho sentido. Dios no me deja, aunque no lo sienta tan cercano como otras veces. Está. Y eso vale. Y sé que continuará impulsando con fuerza, aunque no lo sepa. Los raíles están bien puestos. No depende mi vida de si hoy siento o no siento, de si hoy estoy de esta manera o si estoy de esta otra. Los raíles están bien puestos, existe el norte, el horizonte, la luz. Los raíles que dan sentido, que conducen, que protegen… están bien puestos.
¿Los tuyos? ¿Todavía dependes de las musas? ¡Tu vida no la deberías entregar tan fácilmente!
¿Te sientes inseguro?
La verdad, no sé por dónde empezar.
Quizá sea la mejor manera de reflejar la inseguridad, no saber qué hacer, ni cómo hacer, ni hacia dónde tirar. En principio da igual lo que provoque inseguridad, lo remueve todo absolutamente. Por todos los lados, como si se zarandease una barca y para solucionarlo nos hubiésemos puesto en pie intentando manejar la situación. Al revés de lo que queremos, terminamos zarandeando aún más la barca. El miedo lo llena todo, es poderoso en sus expresiones. Y lo que en otras ocasiones pudiera ser tratado como un simple comentario, una palabra, un gesto, un detalle… se enaltece como la niebla impidiendo ver. Esto es inseguridad.
Puede parecer que estemos “seguros”, porque nos movemos con más fuerza en la barca. No es verdad. No es cierto. No podemos engañarnos a nosotros mismos. Manejar estas situaciones es complejo, complicado, difícil y arduo, obtuso, liante, enredado, trabajoso… Todo se mueve así, a este ritmo y a esta velocidad. Y sigue moviéndose más fuerte, a ritmo de nuestra inseguridad.
Ante esta cuestión. Sólo una posibilidad: tener claro que todo pasa, que el tiempo oportuno llegará y lo que ahora nos parece “un mundo” podrá convertirse a la vuelta de la esquina en una experiencia de la que aprender con sentido, pero ya mirado desde la playa. Hasta entonces… tranquilidad al máximo, buscar refugio oportuno, aprender a reirse, no creer que es el final y no dejar que, la inseguridad y sus secuaces, nos cambien el rumbo de la vida.
Hasta entonces, ánimo.
¿Cuánto tiempo?
Hoy regresábamos al trabajo en el colegio. Sin alumno, preparando todo. Los compañeros se saludan, porque hace dos meses que no se ven. Yo, que soy un compañero más, también les saludo. Hago una ronda dando besos, abrazos.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez? Creo que en algunos casos es más, y en otros menos. Aunque para todos sean prácticamente dos meses. A algunos me distanciaba más tiempo que a otras personas. ¿Por qué?
El tiempo también es subjetivo. Cuando queremos a alguien o algo, separarnos unos segundos nos parece una eternidad. Y al contrario, separarnos de lo que nos desagrada e irrita, se convierte en alivio que posibilita vivir de verdad. Y ahora pienso… ¡Esto es el temor de Dios! ¡No querer separarme de Dios, porque me ama, y le quiero! Algunos pretenden estar lejos, vivir a oscuras y a distancia, pero estar cerca de Él ilumina, da fuerza, empuja, convierte, desarrolla, potencia, plenifica. Quien lo ha vivido lo sabe; quien conoce a alguien especial, a alguien a quien quiere y por quien se siente querido, sabe de qué estoy hablando.
¿Qué tienes que decir?
Si tuvieses que decir algo importante en 3 palabras… y no más… cuáles serían. Sólo tres palabras.
Yo soy yo. Tú quién eres. Qué haces aquí. Dime algo genial. Eres alguien estupendo. Dios te bendiga. Mueve el culo. Deja tus miedos. Sé libre siempre. Vive la vida. No te pierdas. Da lo mejor. Cuánto te quiero. Vivo por ti. Tengo sed profunda. Quiero vivir siempre. No me conformo…
¿Y las tuyas?
¿Eres idiota?
Sí, te pregunto eso: ¿Eres idiota?
Tienes delante de ti, en ti mismo, lo mejor del mundo. Y te andas preocupando de lo que piensan los demás. Mira, para cualquier cosa, tienes un don. No te olvides. Y si no, pregúntate si no eres idiota.
Es algo que me gustaría decirle a más de uno, sinceramente. Pero comprendo perfectamente que a muchas personas les pueda costar. Pero de verdad, tenemos un don. Cada uno de nosotros ha nacido con un gran sueño, con una o más ilusiones que pueden cumplirse y hacernos rematadamente felices, felices hasta el extremo. Qué nos impide alcanzarlo… Por lo que voy sabiendo, una de las principales razones está en el poco tiempo que se dedican las personas a sí mismas, y otro… en la fuerza que tienen las palabras que otros nos dicen. ¡Confía en ti mismo! De verdad. ¡Atrévete a hacerlo!
Y no olvides nunca que Dios está contigo. Si no lo puedes hacer por ti, que de verdad que comprendo que muchas veces es difícil fiarse de uno mismo sabiendo cómo somos, fiáte de Dios. Eso también es fe. Confía. Cuando tú no puedes, Él sí.
¿Buscando imágenes?
¡Qué tarea más árdua! No hablo de buscar en la web sin más, sino de coger la cámara de fotos y ponerse a caminar y caminar en busca de esa imagen tan bonita. Creo que es necesario pasar por la experiencia para realmente comprender que es compleja. La cámara aporta lo suyo, pero espera paciente. El ojo humano es el motor de búsqueda. La imagen, la luz, la perspectiva, lo que puede y no puede captar, y todo lo que sugiere.
Estos días estoy buscando fotos propias para una nueva web. Y me encuentro así. Estoy convencido de que la realidad es bella, que tiene infinidad de detalles que no merecería la pena olvidar. Las sonrisas, los saltos, los encuentros, los abrazos, la íntima conexión con el grupo de amigos, la admiración… Y estoy seguro también de que las personas se dan cuenta de ello y pueden guardar y vivir su recuerdo. Pero es difícil captarlo con una cámara de fotos, en una imagen detener el mundo y atrapar el espacio y el tiempo y esa tercera dimensión personal y social que todo tiene.
Yo seguiré con mi búsqueda. En cualquier caso, buscar ya es importante. Hace estar atento, despierto, fijarse, admirar, desear, corregir, hablar, dialogar, escuchar y, cómo no, obedecer. La obediencia a la realidad, ser consciente de que, quien realmente manda no es quien tiene la cámara sino la misma realidad a la que se llama e invita a detenerse. La obediencia porque marca las pautas, porque se prepara un instante y desaparece. La obediencia porque avisa de lo que va a suceder, pero tan pronto sucede, también se aleja y se esconde. La obediencia que es relevelación y diálogo con el mundo, con el Señor que inspira y domina el mundo, con el Dios que ama sus criaturas y provoca el anhelo del recuerdo, con el Caminante y Creador que ha dejado su huella en cada tramo del camino y del tiempo.
Creo que esta experiencia tiene mucho que ver con la vida religiosa, y la vida escolapia en particular. La escuela es un ámbito con especial vida, donde todo aparece y desaparece, donde los mismos alumnos hacen señas y casi posan para una foto. “¡Profe! ¡Profe! Mírame y dime cómo soy. Dime que estas de mi lado, dime que me vas a enseñar a vivir.” “¡Profe! ¡Profe! Muéstrame en tus fotos, en tus recuerdos, el camino que conduce a la vida verdadera!” “¡Profe! ¡Profe! Es mejor una foto de grupo, todos juntos y haciendo un hueco para los demás, que una foto en la que, para siempre, voy a permanecer solo, sin nadie que me sonría, que me hable, que me quiera.” “¡Profe! ¡Profe! ¿El corazón se puede fotografiar? Ya sé que no. Pero entonces a Dios tampoco.”
¿Responder a la llamada de Dios? (1)
Para entrar en una alianza y pertenecer a un nuevo pueblo, a una comunidad con nuevos valores, hay que dejar otro pueblo, el de aquellos con lo sque se viviía hsat aahora según otros valores y otras normas: valores familiares tradicionales, riquezas, posesiones,p restigio social, revolución, droga, delincuencia, poco importa. Este paso de un pueblo a otro puede ser un desgarramiento que implique sufrimientos y que la mayoría d elas veces tarda mucho tiempo en realizarse. Y muchos no llegan a hacerlo porque no quieren escoger ni cortar. Tienen un pie en cada campo y viven negociando, sin llegar a encontrar su propia identidad.
Para seguir la llamda a vivir en comunidad, hay que saber elegir. La experiencia fundamental es un don de Dios, que tal vez llega a la persona por sorpresa. Pero esta experiencia es frágil como una semilla plantada en la tierra. Hay que saber sacar las consecuencias de esta experiencia inicial y eliminar ciertos valores para elegir otros nuevos. Así, poco a poco, se orienta uno hacia una opción positiva y definitiva por la comunidad.
Algunos huyen del compromiso porque tienen miedo de que, al establecerse en una tierra, se estreche su libertad y no puedan ya mirar a otra parte. ¡También es verdad que casándose con una mujer se renuncia a millones de ellas! ¡Esto limita el campo de la libertad! Pero nuestra libertad no crece de una forma abstracta, sino en una tierra particular y con personas concretas. Interiormente no se puede crecer si uno no se compromete con y ante otros. Todos tenemos que pasar por una cierta muerte y por un momento de dolor cuando elegimos y comenzamosa echar raíces: nos lamentamos de lo que hemos dejado.
Pero muchos no se dan cuentad e que, dándolo todo para seguir a Jesús y vivir en comunidad, reciben el ciento por uno: Jesús dijo: “Yo os aseguro, nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora, en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna” (Mc 10,29)
¿Llamados… ?
Jesús miró al joven y le amó. Le dijo: “Una cosa te falta; anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres…; luego, ven y sígueme” (Mc 10,21). Pero el joven no tuvo confianza; tuvo miedo porqu ehabía puesto su seguridad en las riquezas. Y por que tenía mucho, se marchó triste.
La llamada es una invitación: “Ven y sígueme.” En principio no es una invitación a la generosidad, sino a un reencuentro con el amor. Luego la persona encuentra a otros que son llamadso también, y comienzan a vivir en comunidad.
He conocido cierto número de personas que, viendo una comunidad, han sentido interiormente y con una gran certeza que su felicidad estaba allí, aun cuando nada les atraía en la comunidad: ni los miembros, ni el modo de vida, ni el lugar. Por tanto, sabían que su lugar era ése.
Este tipo de experiencia es muy a menudo una auténtica llamada de Dios, que deberá ser confirmada, por supuesto, en la comunidad durante un tiempo de prueba.
(Jean Vanier, “La comunidad. Lugar del perdón y de la fiesta.”, PPC 1998, p 83)
¿Signos de salud comunitaria?
Cuando las personas rehúsan ir a las reuniones y no hay lugar para el diálogo, cuando tienen miedo de expresar lo que sienten y el grupo está dominado por una fuerte personalidad que se impide la libertad de expresión, cuando en lugar de participar en las actividades comunitarias se úye hacia actividades exteriores, la comunidad está en peligro; no es ya una “casa propia” sino un hotel-restaurante. Cuando las personas de una comunidad no están contetas de estar juntas, de vivir, de rezar, de actuar juntas, sino que buscan constantemente compensaciones en el exterior, cuando hablan de otro tiempo de sí mismas y de sus dificultades más que su ideal de vida y de la manera de responder a gritos de los pobres, hay un signo de muerte.
Cuando una comunidad tiene buena salud, es un polo de atracción. Los jóvenes se comprometen con ella y los visitantes se sienten a gusto. Cuando una comunidad empieza a tener miedo de acoger a visitantes y a personas nuevas, cuando empieza a establecer tantas restricciones, a reclamar tantas garantías que prácticamente no puede venir nadie más, cuando empieza a expulsar de su seno a las personas más débiles y difíciles, a los ancianos, a los enfermos, etc., es mala señal. Ya no es una comunidad; se convierte en un equipo de trabajo más o menos eficaz.
También es mala señal cuando una comunidad busca estructurarse de modo qeu tenga una seguridad total respecto al povenir, por ejemplo cuando tiene mucho dinero en el banco. Poco a poco elimina todos los elementos de riesgo y ya no necesita la ayuda de Dios. Deja de ser pobre.
La salud de una comunidad se revela a través de la forma de acoger a los visitantes inesperados o al pobre, a través de la alegría y de la sencillez de los miembros entre sí, a través de su confianza en los momentos difíciles, a través de una cierta creatividad para responder a las necesidades de los pobres. Se revela sobre todo a través del amor y de la fidelidad a los fines esenciales de la comunidad: la presencia ante Dios y ante los pobres.
Para una comunidad es importante descubrir en sí misma las señalse de su desvenencia o de su profundización. De vez en cuando la comunidad tiene que preguntarse para saber en qué momento se encuentra. Esto no siempre es fácil, pues es necesario aprender a pasar por las pruebas, incluso frente a señales de vida y de muerte, que es necesario discernir.
