¿Calasanz escribe… ?
Las cartas de Calasanz son un tesoro espiritual y pedagógico. Preocupado por las cosas concretas, prácticas… como un maestro de escuela que enseña a sus hijos a dar los primeros pasos. Así es Calasanz.
25 de octubre de 2008
Actualización en
www.lineacalasanz.es
Artículos de la semana:
- EN PORTADA: Vivimos rodeados, en un mundo inmenso. Rodeados porque todo gira a nuestro alrededor. Todo lo creado es para nosotros, para que podamos disfrutarlo, para que nos ayude a conseguir nuestros fines. Las cosas, el tiempo, el espacio, las personas y tantos detalles de Dios. Todo es nuestro. (link)
- PALABRA, “COSAS”: Descubrimos el plástico. Fácil de formar, que casi vale para todo. Y se nos ocurrió la gran idea de empezar a crear cosas de usar y tirar. Primero las servilletas, después los cubiertos… como si todo fuera igual. Pasamos a otras cosas mayores como las bolsas de la compra, y dejamos de lado el carrito. Y luego incluso lentillas y artículos más complicados. Así sucesivamente. Las cosas son “para usarlas”, decíamos. Y es verdad. (link)
- RELATOS, “CREACIÓN”: Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Todo sin hacer. La luz, la tierra, el mar, los seres que en él viven, las estrellas, el mar… y el ser humano. Creados después de que todo estuviera completo y bien ordenado. Cada uno de los seres conocía su lugar, pero al ser humano lo creó libre. (link)
- PREGUNTAS: “¿MÁS Y MEJOR, SIEMPRE?”. Terminamos. Dentro de poco estará todo terminado. El profesor piensa que la tarea se acabará antes del fin de semana. Quien plancha en casa, cuando quedan sólo dos prendas, piensa que ya se terminó. Cuando estamos haciendo un trabajo con unos compañeros de clase, y sólo quedan remates… Todos pensando en el final. Y se acabó. (link)
- ACCIONES, “TANTO EN CUANTO”. Muchas opciones. Siempre muchas, y cada vez más. Vas a un centro comercial creyendo que vas a comprar “algo para quitar el frío del cuerpo” y tienes, en la misma sección unas veinte opciones. Todas parecen buenas. Todas magníficas. Y vas a elegir carrera, tus estudios, elegir qué hacer con tu vida, y lo mismo: ¡cuánto donde elegir! La vida ha sido creada maravillosa, con multitud de opciones. ¿Cuál será la mejor? (link)
- MOMENTOS, “LLAMADO A ALGO MUY GRANDE”. Un Señor que llama a sus siervos uno a uno, que los busca, dialoga con ellos. Un Señor que dedica tiempo a sus siervos, no es un señor de este mundo, es más que un amigo. A mí me explicaban así cómo era Dios cuando era niño. Pero lo comprendí de mayor. Y añadí mi propia frase: “Un Señor que me quiere tanto, sólo puede llamarme a algo grande.” (link)
¿Estamos divididos?
Hoy comentábamos en clase, con relativa ingenuidad, porque mis alumnos no son tan mayores como para estar embebidos de las opiniones formuladas de los mayores, que la sociedad imprime un carácter genuino en las personas, y que una sociedad posmoderna está altamente interesada en fomentar la “fragmentación, división, relativismo en la gente.”
Algo parece claro. Si me miro a mí mismo, me descubro siendo de distintas maneras según el ambiente o las personas que tengo delante. Lo contrario, es una “salida de tono” o una “pedantería”. En el mejor de los casos he aprendido a comportarme según las reglas sociales básicas establecidas. Es más, para una misma cuestión, tengo opiniones diferentes y variadas. O al menos en mi sociedad las encuentro, lo cual no significa que me las crea todas, o que todas sean igualmente válidas, o que todas me parezcan de la misma índole, o que no sepa distinguir entre ellas.
Retomo la pregunta. ¿Qué me ocurre? ¿Estoy dividido? ¿Vivo vidas distintas?
Quizá sea parte de la tarea humana y cristiana más actual: aprender a ser yo mismo, aprender a ser como Cristo en todos los lugares, aprender a descubrirme.
Creo que hay que diferenciar, para ser sinceros, entre contradicciones y convenciones sociales, y todo lo demás, que son un cúmulo de “justificaciones personales” o de “miedos vocacionales y cristianos”. Estamos llamados a ser genuinos, únicos, y reflejar una única imagen: la de Jesucristo.
¿Lo has escrito por mí?
Comparto mis reflexiones en otra web (www.lineacalasanz.es). Una edición por semana. Está iniciándose, esta es la cuarta edición. Y hoy, justo después de colgarla, me han escrito en el msn: “Lo de la valentía, como si fuera para mí.” Y me lo he creído. Creo que el joven que lo comentó, en relación a la palabra en concreto, estaba leyendo lo que a él le ocurría.
Creo firmemente en la fuerza del diálogo, de la palabra que se entrega una persona a otra intentado hacer luz. Lo creo con tanta fuerza porque lo he vivido con la Palabra, con mayúsculas, esa que es de Dios, y también con la Palabra, con mayúsculas, que viene por los hermanos, por la gente, por el acompañante, el confesor, el amigo, la familia… La Palabra llega.
Y cuando sucede esto que hoy dice este universitario, ¡es para mí!, también podemos descubrir desde la fe que Alguien empuja el mundo con su aliento y su expresión. Esta es hoy mi gran pregunta; ésta es, una vez más, la invitación de Aquel que me llama a que tenga cuidado con lo que digo o dejo de decir, porque todo cuanto sale de mí también puede ser un signo de que yo soy de Él y que siempre me acompaña en lo más cotidiano de la vida.
Un saludo.
¿Te sientes inseguro?
La verdad, no sé por dónde empezar.
Quizá sea la mejor manera de reflejar la inseguridad, no saber qué hacer, ni cómo hacer, ni hacia dónde tirar. En principio da igual lo que provoque inseguridad, lo remueve todo absolutamente. Por todos los lados, como si se zarandease una barca y para solucionarlo nos hubiésemos puesto en pie intentando manejar la situación. Al revés de lo que queremos, terminamos zarandeando aún más la barca. El miedo lo llena todo, es poderoso en sus expresiones. Y lo que en otras ocasiones pudiera ser tratado como un simple comentario, una palabra, un gesto, un detalle… se enaltece como la niebla impidiendo ver. Esto es inseguridad.
Puede parecer que estemos “seguros”, porque nos movemos con más fuerza en la barca. No es verdad. No es cierto. No podemos engañarnos a nosotros mismos. Manejar estas situaciones es complejo, complicado, difícil y arduo, obtuso, liante, enredado, trabajoso… Todo se mueve así, a este ritmo y a esta velocidad. Y sigue moviéndose más fuerte, a ritmo de nuestra inseguridad.
Ante esta cuestión. Sólo una posibilidad: tener claro que todo pasa, que el tiempo oportuno llegará y lo que ahora nos parece “un mundo” podrá convertirse a la vuelta de la esquina en una experiencia de la que aprender con sentido, pero ya mirado desde la playa. Hasta entonces… tranquilidad al máximo, buscar refugio oportuno, aprender a reirse, no creer que es el final y no dejar que, la inseguridad y sus secuaces, nos cambien el rumbo de la vida.
Hasta entonces, ánimo.
¿La Iglesia es necesaria?
Creo que esta es la intención con la que pregunta snorry en la sección ¿Qué te preguntas tú? Creo que no es una pregunta que se hace él solo, sino que son muchos los creyentes y no creyentes que mantienen esta tensión. Por empezar a clarificar puntos y responder desde mi vida, diferenciaría entre: (1) Qué entiendo por Iglesia. Aquí no siempre se es correcto en la respuesta, o sincero, o comprometido, o responsable. (2) Quién es responsable de la Iglesia. ¿Curas y demás, yo y nosotros, todos los creyentes, Dios? (3) Qué experiencia he tenido de vivir en la Iglesia. Hasta qué punto he “entrado en el hogar, en sus habitaciones, en sus dependencias, en sus lugares de descanso, en sus comedores”, como si fuera una metáfora de la casa, del hogar, del lugar donde se puede vivir. (4) ¿He escuchado la llamada a ser Iglesia?
Por mi parte, con todas estas preguntas, os ofrezco una especie de “materiales para la reflexión” que elaboramos para un retiro entre un hermano y yo. (link) Está en la página de materiales de la web de pastoral de mi centro.
Pero quiero responder. Al menos en parte, porque sería propicia para un diálogo intenso. Yo la entiendo como comunidad, en el sentido más amplio y profundo del término. No sólo como “grupito reunido” sino como humanidad convocada, por una única persona, Jesucrito, por un único Señor, el Padre, y que nos hace compartir un único Espíritu, que nos mueve, nos empuja, nos alienta, nos revela, nos ilumina y nos hace tan hermanos como santos, o santos en la medida en que vivimos la fraternidad y la comunión.
Soy parte de la Iglesia. Indiscutible. Y no cualquier parte. Cuando digo esto, no lo digo en general. Sé quién soy dentro de la Iglesia, conozco mi misión. Soy cura, sacerdote, presbítero, ministro, confesor, educador, catequista, religioso, consagrado… ¡Cuánto me ha dado! Pero no son “títulos”, sino realidades. Quizá, toda la fuerza “clarificadora e iluminadora” de estas palabras debería ser desarrollada igualmente en otros ámbitos como “laico, seglar, esposo, padre de familia, trabajador…” Porque todos somos, en cuanto somos Iglesia, iguales.
Y vuelvo a la pregunta del inicio. ¿Es la Iglesia necesaria? Estoy tentado de utilizar un “para mí sí”. Pero no lo voy a hacer. No quiero decir “para mí”, sino simplemente “sí”. Es necesaria para hacer presente el Reino, para hacer presente a Jesucristo. Porque uno solo ni puede, ni puede convertirse en Dios para otros. Porque si fuera solo no compartiría su fe, no celebraría su fe, no recibiría ningún sacramento, no sería ni acompañado por otros ni podría acompañar, no sería parte ni pertenecería a la familia de los creyentes. La Iglesia es necesaria para mostrar a Dios, para configurarlo al modo humano, entre las personas. No sólo es cuestión de “más fuerza” sino de “más vida”. No es cuestión de “más número” sino de “mayor visibilidad y significatividad”.
Claro… la Iglesia es imperfecta. Pero Dios vive en ella. Si fuera cosa de personas, una creación suya, pensaría sinceramente que … no puede ser cierto. Tiene que ser cosa de Dios, una verdadera locura, unos objetivos que son una continua llamada, un proyecto empresarial con infinitas lagunas, un atrevimiento tal que no puede significar más que una palabra: “Yo sí creo en vosotros. Cuando vosotros no creéis en vosotros mismos, aquí estoy para revelar de qué pasta estáis hechos, cuál es vuestra imagen, dónde está la vida verdadera y cómo se alcanza.” Chaval, la Iglesia es… genial (lo dejamos ahí).
Un saludo .
¿Por qué eres cura?
Os aseguro que es una de las preguntas que más me hacen. En dos situaciones, además, muy diferentes. O bien no me conocen de nada. O bien, tienen mucha confianza conmigo. Como podréis adivinar, las respuestas no pueden ser iguales. No es lo mismo hablar con alguien que no sé qué piensa realmente de lo que estoy diciendo, y para quien mi lenguaje es ajeno totalmente, que para una persona que, además de ser cercana a mí por lo que sea, me conoce en mi vida cotidiana.
Sinceramente, me gustaría que me lo plantease más gente, para mí es una oportunidad.
Y no tengo una respuesta clara. A los primeros les digo que sentí la llamada de Dios a la vida escolapia siendo alumno del colegio de Getafe, teniendo trato con los grupos de fe y con algún que otro escolapio y calasancia (una rama femenina de nuestra familia), que aquello me ayudó a enderezar mi camino y entonces fue cuando me planteé: “Si he cambiado yo gracias a ellos, ¿será que Dios me quiere en el mismo lugar, tomando el relevo?” Y entonces, ya en serio o medio en broma, surgió la pregunta, fui, probé, dialogué con escolapios que, gracias a Dios, me enseñaron muchas cosas y libremente vi que era mi lugar en el mundo.
Entonces es cuando me preguntan: “¿Y cómo lo sentiste?” Para mis adentros pienso: Este es el momento en el que me apetece decir: “A que mola sentir que alguien tiene un sueño para mí. Tú también lo buscas, ¿verdad? El sentido de tu vida, algo que te haga ser feliz, estar lleno…” De verdad, es uno de los momentos en los que más me doy cuenta de que todos tenemos una llamada, que Dios sueña con todos.
Lo cierto es que lo anterior, todo lo que he dicho, es verdad. Pero hay más razones. Ni mi vida, ni mucho menos toda mi historia, y ni de lejos el plan de Dios se puede reducir a lo anterior. A los segundos, a esos que digo que Dios me ha acercado de forma particular, les cuento algo mayor. Les digo, con el corazón en un puño y los pelos como escarpias, que un día que buscaba, como todos los días, algo de paz y sosiego escondiéndome un poco de mí mismo, Dios me quiso y me hizo ver que a su lado nada es comparable. Les cuento que no era un joven entre otros, porque la verdad es que era verdad que andaba metido en más líos de los que me correspondían y había dado un giro raro a mi adolescencia. Pero aquel día, entre la penumbra vislumbré una voz y una Palabra. Escuché… Y me interrumpen para preguntarme si escuché de verdad una voz. Momento en el que yo, casi tan pesadumbrado como indignado, les digo que no, que una voz en sí no, pero que sí viví que alguien me hablaba. ¿Escuché? Sí. ¿Una voz? Sí. ¿Algo extraordinario? No. Quizá tan ordinario como los impulsos del corazón, los deseos, los vértices de la propia vida y los irrenunciables que todos tenemos, pero sacados a la luz con tanta fuerza que no eran, ni de lejos, algo mío. Os aseguro, prosigo yo diciéndoles a mis amigos, que si entonces me dicen que “voy a ser cura” el primero que se ríe no soy yo, sino cualquiera que me conociera entonces. Yo no me reí.
Y aquello no se fue de mi vida. Se clavó hondamente aquella palabra, de tal manera que todo a mi alrededor era incomparable a lo vivido entonces. Por donde iba venía conmigo, no repitiéndose como el pepinillo, sino sazonando todo. Empecé a mirar de forma diferente, a sentirme diferente, a descubrir que algo particular y único, no por extraordinario sino por personal, había acontecido en mi vida. Es cierto. Los lugares por los que iba y salía no parecían los mismos. Al contrario de lo que alguno puede pensar, no condenaba por “malos” a los demás, sino más bien por “mejores” que yo. Casi todos me parecían mejores para la llamada que sentía, pero es que la llamada era mía.
Mal hubiera hecho pensando que aquello se pasaría, sin más. Hubiera perdido el tren de lo que soy ahora. Y, créeme, no quisiera saber en qué líos andaría, a estas alturas.
¿Soy mejor que otros? No. ¿Soy distinto? No demasiado. ¿Soy anormal, extraordinario, extraterrestre? Ni de lejos, y cuanta más gente conozco y situaciones aparecen ante mí, menos. ¿Soy único? Sí, como cualquier persona. Y, en parte, en esto consiste mi vocación. Como soy cura, y eso para muchos es rarísisisimo, aprovecho para decir, cuando me hacen esta pregunta, que para Dios todos somos únicos. En esto consiste la vocación. La mía, y también la tuya.
¿Mediocres?
Es una de las palabras más bonitas que conozco desde que tiene sentido para mí. Hasta ese momento era más bien despectiva, ordinaria, corriente o inusual, me resultaba agresiva y cuando la empleaba… alguien no salía bien parado. Cuando me decía a mí mismo “mediocre” mi día se volvía oscuro y yo no tenía ganas de mucho. Cuando se lo “insultaba” a otra persona ocurría lo mismo.
Hoy es diferente. Me recuerdo con frecuencia que “soy mediocre” y eso me ayuda a caminar. Leyendo a Sócrates, a Platón, orando con el Evangelio y la Biblia he comprendido que nunca estaré terminado y que jamás, mientras viva, podré decirme a mí mismo que he llegado al final. Por lo tanto…. seré mediocre siempre. Sí, y me lo digo con orgullo y con mucha sinceridad.
Además me ayuda a “tener cuidado” con todos aquellos que venden felicidad a diestro y siniestro, como quienes han alcanzado el final de sus vidas y han encontrado la “panacea”. En nuestra sociedad, o al menos en la mía, es frecuente ese tipo de ofertas. “Si obtienes esto, si compras esto, si te vas a tal sitio, si consigues huir de tu día a día… llegarás a la felicidad”. “Si conoces este método, si te quitas esos kilos, si te operas la nariz… serás feliz.” Pero cuando llega el momento, todo terminó. El subidón típico de creer que se está tocando el cielo, y el golpe más tonto por haber perdido de vista la farola que tenía delante de mis narices. La quimera de quienes creen que se puede alcanzar lo máximo, la cumbre, lo más pleno se convierte en una de las más tristes derrotas y engaños de la humanidad. Propuestas hay muchas, míralo por ti mismo; felices, ninguno.
Al final me alegro de saber que soy de quienes siempre estarán en el medio, continuamente en el riesgo de lo mejor y lo peor, de lo bueno y lo malo, de la verdad y del engaño. Me alegro porque así estoy vivo. Los muertos son quienes piensan que llegarán a algún sitio creyendo que ya han terminado su camino.
Juzgo necesaria esta reflexión por lo que he dicho. ¿Soy mediocre? Sí. ¿A dónde llegaré? Es mi responsabilidad. ¿En el camino estoy solo? Es mi vida, pero me pueden acompañar, me puedo dejar guiar, alguien me puede hablar y yo escuchar. ¿Llegaré a… ? Espero estar siempre lo más cerca de aquello que realmente buscamos todos.
Ser mediocres es vivir con esperanza, saber que queda un horizonte delante, que Dios ha regalado una vocación a mi vida que clama por ser desarrollada. En el fondo, ser mediocres es reconocer con humildad que no he llegado a término, que no soy pleno, que todavía necesito, que todavía puedo, que Alguien puede.
