Capaces de crear algo nuevo


Probablemente cada día tengamos que enfrentarnos al reto de comenzar algo nuevo. Lo primero, como no puede ser de otro modo, el “nuevo día”, que a veces, sólo a veces, dejamos que se convierta en un simple “día más” o “un día cualquiera”. Insisto en que somos nosotros los que, a pesar de estar frente a “un nuevo día” permitimos que caiga en el desaire de la vulgaridad. Lo cual, por sí mismo, no sería de este modo.

Aviso para navegantes. No deseo hablar de ser “creativos”, en el sentido de originales, sino de “creadores“, en tanto que capaces de novedad. Aunque en el diccionario de la RAE ambas definiones están muy cercanas y se entremezclan, y los buscadores de sinónimos las dan por asimétricas, existe en la segunda un matiz sublime que nos pone en relación con la acción divina. De Dios se dice propiamente que es Creador (ex nihilo). Nosotros, en nuestra limitación, nos debemos a la realidad de la que partimos. Y sin embargo, abrazamos la novedad y lo renovado como nuevo casi en términos absolutos.

Paso, como es mi costumbre recientemente, a enumerar una serie de casos o circunstancias en las que percibo esa creadureidad (no sé si está bien dicho, intuyo que de ningún modo, pero es por distinguirme de la “creatividad”, y aprovechar para hacerme el gracioso, aunque intuyo que no a todos les provocará risa leer esto) humana en lo cotidiano y vulgar. Se trata, esta capacidad, de una acción potente del hombre, muy transformativa, saliendo de la indiferencia real en la que nos somete la rutina y los hábitos para alumbrar un futuro prometedor o para cumplir definitivamente una promesa.

  1. Los descoloques de la existencia. A pesar de tender naturalmente al desorden (esta es una afirmación gratuita) el ser humano se descuadra con mucha facilidad. El mundo es circular, no un cuadrado, y en diversas ocasiones pretende la cuadratura del círculo y los planes irrealizables a largo plazo, y las ensoñaciones grandilocuentes. Todo esto vive en tal fragilidad que desmoronarlo no requiere ningún esfuerzo. Pero por otro lado se sitúan aquellas realidades aparentemente controlables y dominables en las que la sorpresa decimos que torna mayúscula porque se compone de nimiedades. Cada descoloque, cada retortijón vital y cada risa dolorosa constituye una grieta por la que la novedad se involucra.
  2. La fuerza de las preguntas últimas. Algunos dirán o creerán ingenuamente que se trata sólo de palabras. De esas que se lleva el viento, que quedan en nada, y que confirman que somos polvo. Pero eso sólo puede darse en quienes no se han preguntado con intensidad nada en la vida. Es más, si alguien se ha preguntado algo de semejante manera puede ser también cómplice de este pensamiento débil y confunso en el que nos movemos, y claudicar ante la fuerza de las preguntas. El siguiente escalón, dicho sea de paso, el inmediato a preguntarse algo con pasión, se puede titular “toma esta pregunta”. Que alguien te cuestione, como soltando un guante desafiante, y seas capaz de acogerlo como reto, supone la transformación interna de todas las cosas. O al menos es una oportunidad. Pasa paradigmáticamente, en relación al amor, al modo: “¿Quieres casarte conmigo?” Precedida seguramente de muchos: “¿Me quieres?” (Y de muchísimos: “¡Dime que me quieres!”). Esta pregunta sobre el amor es última. Dependiendo de cómo se responda, claramente se ven dibujados dos caminos. Pero no es la única pregunta. Cualquier pregunta, tomada del mismo modo, como compromiso con uno mismo y la realidad, se reviste de igual poder: “¿Por qué piensas esto?”, “¿Por qué lo haces?”, “¿Qué sientes?” Además, en todas ellas se va perjeñando quién soy, a dónde voy, qué es ser persona, qué es el bien, qué es la verdad. Las preguntas últimas se coleccionan diariamente. Un simple “qué tal estás” está imbuido de la misma capacidad para hacer nuevas todas las cosas.
  3. Cada persona que se cruza en tu camino novedosea tu vida. ¡Toma palabro! Creo que hay personas que desde su misma mirada nos piden que les tratemos de forma diferente a como les tratan las demás personas, que consideremos que son únicas, que este momento es irrepetible, que el instante de empezar la relación y el encuentro será determinante. ¡No me digas lo de siempre! Y en algunos casos, ¡no me hables como la última vez! Realmente, toda persona reclama, y gusta, de esta novedad asombrosa. Podemos alegrar a alguien triste, hay capacidad para enseñar a quien no sabe y sanar la relación enferma. Algunas novedades cuestan “la vida”, porque lo fácil va de la mano con “lo de siempre”, y quien un día me calló mal volverá a hacerlo si no pongo remedio.
  4. Siempre puedes decir lo mismo con otras palabras. Sentirás la dificultad de lo que ahora te expongo en cuanto lo intentes. Y, a pesar de todo, no hay momento en el que no puedas empezar así las cosas. ¡Inténtalo! Habla de quienes no puedes aguantar con palabras amables y agradecidas, y a quienes ya les agradeces todo, exígeles algo más. De ti mismo, inténtalo. Lo único que puede pasar realmente peligroso está en la vertiente de descubrir demasiadas verdades hasta ahora marginadas. Con una sola vez que abramos la puerta a relación novedosa con alguien con quien todo parecía anquilosado desde antiguo, sentiríamos internamente el agotamiento que conlleva.
  5. Todo cuanto hacemos, en definitiva, visualizado  desde la perspectiva de convertir lo que no existía en algo que existe, me provoca cierto vértigo. “Las cosas se pueden torcer”, decimos con frecuencia, con mayor periodicidad que su contraria, igualmente real, “Las cosas se pueden enderezar”. Aunque es más maravilloso de esta manera, arruinamos nuestras esperanzas signándolas con el miedo. Algo que no comprendo bien del todo, y que estimo sucede tantas veces damos permiso a pensamientos incomprensibles en la realidad.

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