Dejar en libertad


Dejar en libertad es un acto de amor. Sin el cual, nadie podrá descubrir nunca la capacidad que tiene para mover su vida, encaminar sus pasos, dirigirse a sí mismo. Es decir, que el amor precede a la libertad. Un amor que puede entenderse al principio como educativo, y que llega un tiempo en el que, para ser un amor pleno, debe dejar libre, soltar amarras, liberarse y esperar. Sólo desde el amor es posible tal desprendimiento, semejante reconocimiento del otro en su grandeza. No hay libertad impuesta, como tampoco amor obligado. Y cuando ambos se combinan falsamente se producen dependencias, relaciones en las que determinamos la vida de los otros entendiendo que somos la causa de su vida. El amor, por el contrario, cuando es auténtico y ama por entero, deja libre. Con el riesgo, la exigencia y la confianza que éste conlleva. Rompiendo lazos con la seguridad y la manipulación, con la posesión egoísta del otro y purificando la relación. Éste es un camino tan largo, como la vida. Siempre atentos, siempre a la escucha, siempre cordiales e inteligentes al mismo tiempo, sin dejar de hacer aquello que creemos que debemos hacer, sin dejar de decir lo que pensamos, y sin tener la última palabra. Por lo tanto:

  1. Liberarme a mí mismo, liberando a otros. Porque el amor vincula y une, bajo un signo muy distinto al del yugo afectivo o al chantaje o a la necesidad. Reconocer que puedo liberar a otros, implica darme cuenta de mis propias ataduras. Su libertad y la mía propia están entrelazadas para poder crecer o disminuir.
  2. No puede confundirse con abandonar ni alejarse. Dejar en libertad y soltar en medio de un desierto poblado de ahullidos no conduerdan. Dejar en libertad supone una distancia moderada por el amor, administrada rectamente. No una distancia a toda costa, bajo cualquier concepto y forzada. Ni es contraria a la proximidad entre los hombres. Porque libertad e independencia y desprotección no son lo mismo.
  3. Somos insuficientes, llamados a completarnos. Pero no con cosas, y mucho menos con personas tratadas como cosas. Sólo el otro, otra persona, Otro al estilo de Dios puede acercanos a la vida que creemos estar necesitando. Lo cual supone, de partida, amar también nuestra propia insuficiencia sin querer llenar vacíos con la obligando a otros a estar junto a nosotros.
  4. Aceptar la escucha, como superación de la obediencia. Quizá nunca se produzca un trato igualitario y simétrico en determinadas relaciones. El padre, el profesor, no pueden dejar de ser tales ante sus hijos o alumnos. Sin embargo, se puede superar la relación de obligación hacia la libertad haciendo uso de la palabra como reconocimiento de la dignidad y capacidad del otro.
  5. Asumir que la debilidad y nuestros límites nos llevan en no pocas ocasiones a equivocarnos, a caer, a confundirnos, a errar. Y si esa es nuestra situación, cuando dejamos libres a otros, también debemos asumir esta precariedad de nuestra voluntad e inteligencia. Contemplarlo más allá de las pasividades. Y el mejor indicador de esta actitud, que deja libre sin separarse, nos conduce a tender la mano, a ofrecernos como apoyo para levantar a quien se haya caído, o para vestir con dignidad a quien sienta que la ha perdido. Sin duda, mucho más complejo esto que suprimir la libertad de los otros.
  6. Como en una casa, cuando el niño pasa a ser joven y se le entregan las llaves, de la misma manera, hay que compartir las herramientas suficientes como para que las claves de la existencia estén en manos de quienes queremos dejar en libertad. De lo contrario, de forma real, no metafórica, seguirán anclados a nosotros mismos. En el juego de la vida, las llaves son conocimiento, capacidad para hablar, reflexión, relaciones sólidas. Entregar las llaves es al mismo tiempo ofrecer la posibilidad de regresar, con libertad, a la casa y continuar dialogando.
  7. Para no caer en afirmaciones fáciles, esta actitud ejerce una cierta violencia sobre nosotros mismos, dejando ir a quienes así lo deseen pese a lo que queramos o nos agrade más, y un acto de generosidad difícilmente comparable. A todos nos gustaría que fuese todo según nosotros lo veos y percibimos, según nuestra manera de pensar y de sentir. Y eso nos lleva a no tener en cuenta otros puntos de vista, otros sentimientos, otras actitudes. De donde se deduce que, llevarse la contraria a uno mismo es de lo más propio y esencial que hay en el verdadero amor.
  8. Contradecir apropiaciones y seguridades. Llevarnos la contraria es de lo más educativo que hay. O dicho de otro modo, engrandece nuestra libertad asumiendo y abriendo campos a los que, quizá y muy seguramente, nunca nos atreveríamos a asomarnos.
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2 pensamientos en “Dejar en libertad

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