Soluciones más que económicas


Si me dedicase a esto del marketing (que no es mi caso) vería en el título de este post un excelente slogan publicitario.

Muchos pueden entenderlo como soluciones baratas, otros como soluciones que van más allá de la economía. Por un lado, las rebajas, por otro, la superación. En ambos casos, una necesaria y racional desconexión respecto del dinero y de la economía.

Comprendo que muchas familias estén ahora tan ahogadas por cuestiones económicas, que no puedan pensar en otras cosas diferentes. Acojo realmente su sufrimiento y dolor. Todos sabemos de qué hablamos, sea del entorno social, laboral, escolar, sea en el entorno familiar, sea en el círculo de amigos y conocidos, sea en las propias instituciones que tenemos de referencia. Estamos llamados a actuar de forma particular, pensando globalmente.

La manida crisis, a la que nadie puede meter mano definitivamente, como se repite tantas veces, no es una cuestión meramente económica. Hoy en clase he pedido a los alumnos que piensen en la pobreza (en los empobrecidos de nuestro mundo) y en el hambre en particular (25.000 personas mueren diariamente por desnutrición) analizando causas y reflexionando sobre las consecuencias. Al final, un pequeño diálogo donde comprobábamos, de primera mano y con los datos que teníamos a nuestra disposición, que es muy complicado establecer la diferencia entre causas y consecuencias porque nos enfrentamos a una cuestión compleja y multifactorial, que genera movimiento en múltiples direcciones. La pescadilla que se muerde la cola.

Entrando en profundidad, delante de jóvenes que ya pueden y empiezan a pensar por sí mismos (por adelantado, me reconozco un privilegiado al poder darles clase y dialogar con ellos cada semana), llegamos aun diálogo muy ineresante a propósito de la situación global en la que nos encontramos. Reproduzco algunos puntos, sin excesivo orden:

  1. La globalización real afecta a todas las dimensiones de la vida, que va desde la cultura y el horizonte en el que nos movemos, hasta el transporte y la economía. De hecho, viendo la ropa que llevamos y lo que consumimos, comprobamos que estamos conectados directamente con todo el mundo. Sin embargo, los beneficios de la globalización no son equitativos ni equiparables para todos los países. Existen granjas y fincas, hay castillos de consumo. Además, en la globalización, con sus facilidades y posibilidades, existen vías y criterios priorizados. La justicia pensamos que no es uno de ellos, porque tampoco forma parte de las prioridades de los países desarrollados.
  2. Cuando discutimos si es posible o no solucionar el hambre ya, el debate se hace evidente. Hay quienes ponen más esperanza, quienes se centran más en la reaidad tal y como la vemos. Si en otro tiempo, como cuando se firmaron los Objetivos del Milenio para 2015, la certeza de la solución inminente se mantenía dados los medios de producción y distribución de los que disponemos, por encima del egoísmo y las estructuras injustas e insolidarias, hoy no podemos decir lo mismo. Es más, la mayor parte de los jóvenes se inclinaban por una prudente afirmación de la imposibilidad con motivo del innumerable número de impedimentos que son capaces de reconocer. Algunos de los impedimentos más nombrados han sido la corrupción, la preocupación por las propias cosas y la mejora continua de los países ricos, el egoísmo de los unos frente a la ignorancia de los otros, el querer llegar todos a “tener lo mismo”… Curiosamente, a lo máximo que algunos creen que se puede llegar es a “paliar” situaciones de emergencia, condenando en esos casos la actuación de los países ricos para con los pobres.
  3. El análisis de las causas y las consecuencias (difícil de delimitar, como antes decíamos) abre la posibilidad de atajar desde otros frentes la sangrante realidad a la que nos enfrentamos. Sea educación, sea paz, sean condiciones de posibilidad justa, sean microcréditos asentados sobre la responsabilidad de los individuos, sea igualdad, garantizar trabajo, dar estabilidad a la estructura social, cuidar las genreaciones siguientes preparándolas para el futuro… Todas ellas, más allá del dinero mismo. Exigiendo que la economía, según hablabamos se ponga al servicio de “algo más grande”, de la persona y la sociedad, y no a la inversa. O lo que es lo mismo, no buscar sólo soluciones económicas ni creer que éstas, por sí mismas garantizan el éxito y el desarrollo del ser humano.
  4. Aprovechar la crisis para revisar los principios por los que nos regimos, considerando de nuevo nuestra naturaleza humana y partiendo de ella. Es verdad que no es tiempo para análisis sosegados, y que se quieren soluciones ya y ahora, porque no podemos esperar mucho más tiempo en un pozo tan hondo. Incluyendo el principio de la gratuidad en todas las dimensiones de la vida humana, incluido el mercado; o de la aceptación de la desigualdad, para hacer fraternas las relaciones entre las personas y los estados; potenciar organismos que regulen la economía mundial, de modo que no existan situaciones amparadas por vacíos o incrementadas por intereses injustos. Total, en cualquier caso, todo al margen prácticamente de las soluciones económicas. Sabiendo y siendo claramente conscientes de que no todo está en manos de uno (decisión unilateral), ni de muchos (multilateral).

Aporto a la reflexión los dos párrafos de CV 34, firmada en junio de 2009, primer número del capítulo titulado: “Fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil”. Espero que a más de uno se le despierten inquietudes por seguir leyendo ese capítulo.

La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede —por decirlo con una expresión creyente— del pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres». Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado. Nuestros días nos ofrecen una prueba evidente. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social. Además, la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían. Como he afirmado en la Encíclica Spe salvi, se elimina así de la historia la esperanza cristiana, que no obstante es un poderoso recurso social al servicio del desarrollo humano integral, en la libertad y en la justicia. La esperanza sostiene a la razón y le da fuerza para orientar la voluntad. Está ya presente en la fe, que la suscita. La caridad en la verdad se nutre de ella y, al mismo tiempo, la manifiesta. Al ser un don absolutamente gratuito de Dios, irrumpe en nuestra vida como algo que no es debido, que trasciende toda ley de justicia. Por su naturaleza, el don supera el mérito, su norma es sobreabundar. Nos precede en nuestra propia alma como signo de la presencia de Dios en nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La verdad que, como la caridad es don, nos supera, como enseña San Agustín. Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra conciencia personal, ante todo, nos ha sido «dada». En efecto, en todo proceso cognitivo la verdad no es producida por nosotros, sino que se encuentra o, mejor aún, se recibe. Como el amor, «no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano».

Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya barreras o confines. La comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente fraterna ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido externo en un segundo momento y, por otro, que el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad.

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