Dios mira el corazón – Retiro (Doc. 2)


Podríamos comenzar este momento preguntándonos por qué somos tan incompetentes para ver a Dios y las cosas de Dios entre los hombres. Sin duda alguna estaríamos hablando largo rato. Todos, de una u otra manera, hemos vivido eso mil veces. Y más en un momento de discernimiento personal, en el que toca afrontar una decisión libre y queremos hacerlo según el plan de Dios. Lo cual ya nos honra. Pero, insisto, no nos llevaría probablemente muy lejos. Concluiríamos, después de la reflexión y la meditación, que el pecado ha hecho mella en nosotros, que somos muy cómodos, que no nos gusta cambiar, que los retos no van con nuestra vida, que somos demasiado cobardes y muy poco valientes, que el Espíritu sopla escasamente en proporción con lo que desearíamos y… para terminar, que la culpa es de Dios porque no muestra su plan a las claras. En definitiva, volvemos al inicio: nuestra mirada es limitada, muy limitada.

La Palabra distingue entre “signos” y “señales”. Las señales son las que piden los que, con una actitud como la de los fariseos quien buscar esa seguridad en la que Dios se muestra tal y como es. Y ese “tal y como es” tiene que responder a su esquema previo. Dios no puede ser, piensa el fariseo, distinto a como yo me imagino. Algo que hace difícil que Dios se revele a ellos tal y como es, porque “ya lo saben todo”, y el Reino es para sencillos y humildes. Por otro lado, “signos” es otra cosa muy diferente. Signo es el milagro que Dios hace, su palabra, la compañía de los Doce y de los pobres y humildes pululando alrededor. Signo es lo que acontece en mi historia que debo aprender a leer y dar sentido; porque el signo no está cerrado, sino que permanece ahí, abierto y ante mí, esperando que yo sea quien le dé sentido, lo integre en mi realidad, lo haga parte importante de mi vida. Dios gusta de este tipo de “signos” dados a los hombres, que reclaman su libertad y le llaman a la responsabilidad vocacional, a la fe y a la confianza. Y Dios detesta que le exijan “señales”, porque el hombre debe saber que no puede exigir nada a Dios.

Lo duro del anuncio de Dios hoy es que Dios le pone nombre a nuestras miserias con mucha fuerza. “Dios no mira las apariencias, como los hombres.”

  1. Esta palabra (“apariencias”) nos deja a merced de la falsedad y en engaño, bajo el signo de una derrota evidente en nuestro discernimiento que, dicho con otras palabras, viene a significar que el hombre se fija en lo que quiere y cree que le conviene, salvaguardando sus instintos más primarios de comodidad y de bienestar. Formamos parte de una cultura y sociedad brutalmente encerradas en sí mismas, donde por otro lado se justifica igualmente la falta de generosidad, la falta de realidad y objetividad.
  2. Pero además esta “apariencia” es también una forma de decir que el hombre se fija en “lo externo”, desatendiendo lo más propio que tiene, que sería su misma humanidad. Lo “interior”, lo “interno”, serían las mociones y sentimientos por los que el Espíritu va susurrando, en voz bajita y siempre penetrante, a la persona por dónde se dirige y encamina la historia de la salvación.
  3. “Apariencia” también ligada a nuestra superficialidad (falta de profundidad) y miedo a la respuesta. Mejor no rascar más de la cuenta para no encontrar “más de la cuenta” o “menos de lo esperado”. Es un juicio por lo tanto que abandona la radical necesidad de absoluto, que suprime todo aquello que realmente hace persona al hombre y su vocación.

Lo dicho, que vamos no muy lejos planteándonos nuestra vida aparente. Si queremos de verdad discernir, la conversión es una llamada que debemos acoger con cierta seriedad, propósito de enmienda y libertad, y a la vez no dejar de pedir, agradecer y recibir porque sabemos que más allá de nuestros esfuerzos está la gracia de Dios. Y no pocas veces, incluso contra nuestros denodados esfuerzos por “hacer lo que nos place”. Esto de la apariencia es tan duro, tan tremendo, que incluso cuando nos miramos a nosotros tenemos que reconocer que nos quedamos en “apariencias”, y con ellas queremos justificar todo. Incluso somos capaces de hablar mostrando una cosa diferente a la que realmente sentimos, vivimos, reconocemos en nuestro interior, o nos dice esa vocecilla interior que llamamos Espíritu Santo. ¡Así no hay quien juegue!

En definitiva, necesitamos ser salvados, formar parte de ese proyecto de salvación de Dios anunciado desde antiguo y realizado en Cristo Jesús. En él, miramos de otra manera. En él todo se transforma. En él descubrimos el verdadero corazón que tenemos, nuestra realidad más intensa, profunda y amada por Dios. Y no sólo eso, también contemplamos el mundo, a los jóvenes, a los niños, a los pobres, a los débiles y a los ricos de manera distinta. Una salvación con la que todo quede transformado, no informado, desde dentro para aquellos que comparten esta mirada de Dios.

  1. Salvación de nosotros mismos. Porque muchas veces nos vemos atrapados en nuestros miedos, en nuestra historia, en nuestras miradas reductoras y sin horizonte. Hay quien tiene dificultades personales, y hay quien se las crea porque no afronta con decisión y libertad esa necesidad que tenemos de que Dios nos saque de nuestros propios egoísmos y tensiones personales. En nuestras contrariedades no encontramos paz, porque no es posible verse de ese modo sin sufrir.
  2. Salvación de nuestras circunstancias. Con el ritmo de vida que llevamos se hace difícil realmente que podamos encontrar tiempo para Dios y para secundar desde la verdad esta palabra de Amor que hemos recibido. Circunstancias que se cierran sobre nosotros, en las que nos confundimos y por las que nos dejamos llevar. Un día dimos un paso y ahora nos vemos responsables de eso que hemos generado en nuestro alrededor. La carrera, las relaciones, la historia, el barrio, los hábitos que tenemos. Poco a poco, aun siendo aparentemente elegidos, se convierten en redes que nos atrapan y “nos condenan” a no poder elegir o ir más allá.
  3. Salvación de nuestros juicios y condenas. Porque todos merecemos, de algún modo, que el pago por el mal que provocamos y la mediocridad que vivimos, la consecuencia de nuestros actos. A cada acción le corresponde una consecuencia, y también a cada orientación del corazón le corresponde un horizonte determinado. Que esclaviza, que inmoviliza, que impide ver. También del juicio que hacemos sobre nosotros mismos, sin misericordia y sin amor, porque nosotros nos conocemos más de lo que nos conocen los demás, es una condena.
  4. Salvación de la opinión de los otros. Hoy está de moda tener algo diferente y ser particular. Llamar la atención, aunque siempre dentro de unos márgenes concretos. Puedes hacer una manifestación pública de apoyo a “los gatos subsaharianos” o de repulsa de la guerra, pero no se puede hablar de una felicidad distinta a salir de fiesta, ganar dinero, pasárselo bien con el menor esfuerzo posible. A ese que se “desvía demasiado” le cae la de Caín, y los hermanos de alrededor se vuelven envidiosos y codician lo que tiene. Quien se sale de la “norma” recibe el título de “anormal”, y Cristo nos llama siempre a la locura y al compromiso radical.

Aquí es realmente importante que la decisión está en manos de Dios y que Él no mira como nosotros, sino en profundidad, hasta el corazón. La Palabra dice de ella misma que llega hasta los tuétanos del ser. Uno de los salmos más grandes que se han escrito es aquel que nos recuerda, por activa y por pasiva, que Dios está siempre con nosotros y nos conoce cuando nos acostamos o levantamos, yendo de camino o estando sentados. Ojalá nosotros supiéramos responder, día a día, a ese maravilloso recuerdo que Dios tiene de nosotros mismos. Ojalá, y es lo que queremos, nuestra sed quedase saciada de ese Amor mayúsculo y desbordante que sentimos en momentos especiales. Ojalá, y lo reconocemos con mucha humildad, no nos dejásemos atrapar tan fácilmente de los agobios, angustias, preocupaciones y “falsas esperanzas o dioses” de nuestros mundillos cerrados sobre ellos mismos y que niegan esa Verdad de la que somos portadores. Ojalá.

La segunda parte de este “Dios no mira como los hombres, sino que el Señor mira el corazón” es precisamente la llamada a la libertad que hay en la relación con Dios, al cara a cara. Un “cara a cara” deseado a lo largo de la historia de la salvación, incluso por nosotros mismos. Moisés, después de largo tiempo, se atrevió a pedirle a Dios que dejase de jugar al misterio y se diese a conocer tal como es, mostrando su Rostro. Ese “cara a cara” es el que nos permitiría tener seguridad sobre Dios y sobre quién es realmente, tener seguridad sobre Él y de algún modo así poder “controlarle” como controlamos sobre los demás.

Esto es lo que Dios no quiere para nosotros. La relación que Él nos ofrece, y que es nuestra salvación, va de la mano de la fe y la confianza. Son muchos los que exigen, como decía antes, que esto se termine. Quieren, como Moisés o como Tomás, ver para creer, comprobar que los pasos que van dando son seguros, ciertos, que no se están equivocando. Y el camino de Dios es otro, como nos recuerda Isaías, diferente al nuestro. La libertad pasa por la confianza, y la vocación es cuestión de amor y no de cálculos.

Amor que doy, también amor que recibo. Capacidad para acoger y fiarme del Amor que me mueve a amar más y mejor siempre. Te proponemos en este primer momento de la mañana que te abras a esa mirada de Dios a través de la mirada de Jesús. Es una mirada de salvación, movida por el amor y que llega hasta el corazón de los hombres, de ti. De su mirada no podemos escapar, y tampoco nos conviene huir porque es nuestra libertad ofrecida en bandeja. Es su mirada la que nos hace libres, en la que se muestra a sí mismo y nos desvela un camino que nunca podríamos haber imaginado por nosotros mismos.

Estos pasajes del Evangelio que ahora te presentamos nos hablan de vocación, de llamada y de respuesta, de diálogo que se establece más allá de las palabras entre Dios y cada uno de nosotros. Déjate mirar en ellos y compartir la mirada de Jesús en todos ellos.

  1.  Los primeros discípulos. Jn 1,35-51. Detente en el texto en aquellos momentos en los que Jesús mira, o es mirado. Déjate provocar por esa mirada que traspasa.  Juan mira a Jesús y él sí reconoce en el Cordero al Salvador del mundo, porque ha recibido una mirada diferente. A su alrededor hay discípulos que entonces se ponen en marcha, que hasta entonces vivían pegados a las enseñanzas sobre “un futuro posible”. Pero todo se desencadena con el anuncio novedoso de Juan: de aquello que hemos hablado, de Aquel que esperamos… ya no es pasado, es presente y está aquí, entre nosotros. El seguimiento se pone en marcha. Juan empuja a sus discípulos, pero primero miran desde lejos, luego dialogan y exponen sus búsquedas. Jesús les pregunta e invita: “Venid y veréis.” ¿Qué querían estos discípulos? Saber dónde vive el Maestro para estar con Él, conscientes de que es en la cercanía donde podrán obtener la salvación. Una cercanía de vida, no teórica.
  2. Fijando en él su mirada, lo amó. Mc 10,17-22. En qué lugar nos colocamos frente al Amor de Dios que nos mira, conoce y reconoce. Un joven que se acerca a Cristo Jesús portando una pregunta fundamental en su vida. A diferencia de muchos otros, que hablan para probarlo y para discutir con Él, la imagen de este joven es la de la angustia vital. Sabe mucho, conoce mucho, ha experimentado mucho. Por eso Jesús le mira de forma particular. Ha sido receptor, por decirlo de algún modo, de mucha gracia a través de su historia. Él lo reconoce. Y aun así siente que todavía queda más, que el camino no está terminado, que es empujado por su corazón y su vida a algo que desconoce. En el encuentro con Jesús, cuando Jesús le ve, le ama. Reconoce en Él su propio rostro. ¡Cuánto se parece a Jesús! Y le invita de forma radical a configurar su vida definitivamente con la suya, a parecerse a Jesús “hasta el extremo” amando a los que están a su alrededor. El joven, que sabe que algo le falta aunque no sabe qué, encuentra respuesta: “Vende todo lo que tienes y sígueme.” Es entonces el momento de su libertad, de su decisión. Ya no está en la duda, ha recibido una Palabra.
  3. Viendo Jesús la fe de ellos. Mc 2,1-12. Los amigos también forman parte de mi historia, como también yo soy parte de la Iglesia y con mi vida testimonio o niego el Evangelio. Estos amigos y su esfuerzo hacen posible la salvación. Jesús se fija en ellos. Los amigos se nos presentan como capaces de mirar y arriesgar. Hacen lo que muchos otros quizá hayan pensado pero sin haber sido capaces de tomar la vida en sus manos. Fíjate bien en el texto, porque los amigos sólo han escuchado hablar del Maestro, pero es evidente que no lo han visto y hay muchas cosas que se lo impiden. Tienen que afrontar el reto de superar cuanto hay de oposición ante ellos. Y se lanzan a lo diferente, a la aventura radical. En recompensa, Jesús descubre en ellos qué es lo que les está moviendo y se alegra. Jesús ha visto en ellos la fe, que se muestra en forma de valentía, de riesgo, de desmesura y desproporción por el amigo.
  4. Vio a la multitud sin pastor, y sintió compasión. Mc 6,34. La mirada de Dios no es sólo sobre “mí”, sino que es una mirada que me abre al mundo y me enseña a reconocer en los demás la necesidad de salvación. Es una mirada que me invita a formar parte del proyecto de Dios para el mundo, con los jóvenes y con los niños, con los débiles y los necesitados. Lo que sucede antes de esta frase de Jesús, desde Mc 6,30, es que los discípulos han llegado contentos del éxito de su misión entre aquellos a los que Jesús les envío a anunciar la Buena Noticia. Han trabajado bien, han trabajado mucho y se sienten contentos y dichosos. Sin embargo, el maestro les separa y les lleva a orar. Tienen que madurar lo que está sucediendo en su vida. El éxito y la dicha son miradas egoístas sobre nosotros mismos, que nos dicen que “lo hemos hecho bien”, que “todo está terminado” y seremos felices de esta manera. Sin embargo, Jesús sabe que todavía queda mucho camino por recorrer y que, si se quedan en lo bien que están sin más, no han vivido realmente el proyecto que Dios tiene para ellos y para el mundo. Les falta contemplar la humanidad entera, no sólo la que tienen a su alrededor y mucho menos la humanidad que ellos portan en sí mismos. Jesús les da la gran lección de su vida “al desembarcar”, cuando se alejan de sus seguridades y comodidades, se enfrentan al mundo tal y como es, no centrados en sí mismos sino oteando el horizonte. Falta de comida que aquí se une a la falta de pastor que les guíe, a un verdadero alimento que dé vida, que dé fuerza, que dé ánimo. Quien responde a su llamada pasa a mirar del mismo modo que Jesús. Y sólo se puede conocer y responder desde la locura que Dios ofrece en su modo de mirar la humanidad y al hombre.
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