¿En la escuela? (5.Una primera esperanza)
Una primera esperanza
Después de darme cuenta de lo que supuso “haber entrado” en una escuela concreta, en un momento concreto, con un horario concreto y a unas horas concretas. Después de los primeros avatares y las primeras luchas y conflictos personales, todo retomó su rumbo habitual, regresó aquella convicción especial que muchas veces me he repetido en oración: “No soy lo que se espera de mí, ni puedo vivir complaciendo demandas.”
Es así como, en el camino de la oración personal, un profesor puede dejar de “ser profesor” para continuar siendo persona dentro de la escuela, de un sistema. De Dios nunca recibí en oración esta palabra, pues maestro sólo hay una. En la oración a Dios se le llama Padre para escuchar de Él, en cualquier momento y también en el aula, que se es hijo.
No soy por lo tanto “el profe”, por mi hermoso y personal que parezca. Es cierto que ejerzo preferentemente un rol, pero no cambia ni quién soy, ni cómo soy. Esta alerta, en determinados momentos roja, ayudará a vivir la paciencia en el marco de lo que yo soy, no de lo que es “ser profesor”, y de igual manera la caridad, el amor por los otros, la acción docente –que no es otra cosa que un diálogo continuo, pautado e intenso sobre diversas cuestiones-. Abierta de esta manera la “entrada”, se impone la necesidad de volver sobre los pasos dados y comprender en qué manera un profesor que responde a un rol deja de ser el mismo, se incapacita para el verdadero diálogo personal, se coloca inmerecidamente –pues un título es insuficiente- por encima de otras personas, situaciones, cosas.
Conviví, creo que fue donde realmente lo descubrí, tres años en la ambigüedad de ser alumno y profesor con una distancia de diez minutos. Sonaba el timbre de mi colegio y a los diez minutos me veía a mí mismo sentado como alumno en la universidad. Curiosa situación. Pero dilató mi comprensión del hecho docente-discente, y me permitía esclarecer contrastadamente mis propias diferencias entre ambas situaciones. Había cosas que yo pensaba y hacía como alumno que supongo que también mis propios alumnos hacían: comprender o dejar de comprender una clase y perderme en ella, admirar o criticar la forma de estar del profesor en clase y de explicar o no explicar, sentir el sacrificio de hacer un trabajo sin ganas o con pasión por tema, la pérdida en las tareas en mi casa cuando en clase parecía todo muy evidente de la mano del profesor, el trato cercano o lejano con los compañeros de clase, las dudas y los conocimientos previos…. Muchas cosas en común, vividas de forma diferente, con criterios diferentes aplicados según de qué lado estuviera de la mesa. ¡Curioso!
De ahí mi primera esperanza: No limitar a ejercer un rol, mostrar mi identidad. Y no porque crea que yo soy la mejor persona del mundo, sino porque la única forma de dar continuidad a mis esperanzas, vocación, entusiasmo y libertad es la propia persona. Si a mis ilusiones les coloco encima “un papel” en el que está escrito “se han cumplido” sin haberlas experimentado y vivido, puedo concluir que me habré mentido. Sin embargo, si continúa el camino hacia ellas, a través de mí mismo, de “mis cosas” –según decimos en el lenguaje cotidiano- habré previsto de este modo una línea continua entre quien recibió la llamada y quien está respondiendo a ella.
¿En la escuela? (4.Entrar)
Entrar, verbo con un origen latino original, significa pasar de fuera adentro o, mejor aún, pasar por una parte para introducirse en otra. Luego podemos concluir que entrar, por muy directo que sea, necesita sus aclaraciones pertinentes: se entra por una puerta, quien entra debe tener claro que antes estaba fuera y ha sido integrado, quien ha entrado debe, por lo mismo, reconocer que ya no está fuera aunque antes lo estuvo, y que se ha producido un cambio en su vida; no tendría tampoco sentido hablar de entrar en la nada, en la naturaleza (porque a lo natural no se entra, sino que se sale), porque se entra en una estructura social (o edificio, pero más que eso siempre) que ya existía previamente y que ahora protege, cobija y condiciona.
En la clase se entra bajo la atenta mirada de los alumnos. No soy una persona temerosa especialmente, y reconozco que tantos ojos y orejas, personas a la vista primeramente, atentos, de primeras causa impresión. A mí no me temblaba la voz, ni las piernas. Sí me temblaba la seguridad de estar haciendo lo que convenía y de la mejor manera posible. Se tambaleaba algo más que lo físico, lo personal. Era la fuerza de la humanidad congregada en el aula, incipiente y por despertar, lo que causaba tal impacto. Agravada la impresión por la soledad del maestro, que se puede decir “único” entre las paredes a diferencia de en otros contextos en los que sí conversa con la libertad que propone su cátedra sobre cómo hacer, sobre cómo le va. En medio de la clase no existe tal libertad. Nos ceñimos a lo dicho en nuestros adentros preparando la clase. Y así fue en mi caso igualmente.
¿En qué momento entré y quién me acompañó? A primera hora de la mañana, del primer día de curso. Ése día entré en clase, y no miento. Constato así que, por mucho que hubiera querido ubicarme en aquel lugar previamente, sólo con alumnos y solo con ellos es cuando se tiene la sensación de entrar en una clase. Como alumno supongo que esta misma experiencia se había repetido en múltiples ocasiones, pero ahora estaba revestido de una palabra, profesor o maestro, que imprimía un carácter especial a esa entrada.
Entrar, y mirar a los alumnos dejándose contemplar por ellos. Este fue el gran primer momento de mi entrada en la escuela, cuando los alumnos confieren esa identidad curiosa a una persona que antes creía que podía ser profesor sin serlo.
Dejarse mirar por ellos es lo mismo que en otros tiempos ocurría con el ceremonial de la investidura de un caballero, de la ordenación –que es ser colocado en un orden-. Y reconozco que, a tiempo pasado, ese momento se pierde para la mayor parte como si fuera un instante. Quizá, si tuviera la oportunidad de ver a alguien en la misma tesitura, le diría que disfrutase ese momento y cuidase al máximo sus primeras palabras, como ocurre en el Evangelio con Jesús.
Pero al tiempo que se ofrece esa “investidura” y nuevo orden, también se coloca a una persona dentro de un conjunto, en un sistema en el que se espera algo, se quiere encontrar lo “conocido”, se pretende repetir lo mismo que otras múltiples ocasiones con “profesores” más experimentados. El profesor que entraba con entusiasmo, valentía, frescura y novedad es recibido como uno más en una cadena, un punto en un gran sistema de intersecciones, en un fragmento de un cuadro mayor que le supera. Entrar, por lo tanto, asemeja su contenido a “volcar expectativas y esperanzas”, difíciles por otro lado de romper, quebrar y superar.
Una ley, tan antigua que no se conoce su origen, dice que el profesor es valorado por sus alumnos durante las primeras dos semanas, de tal manera que a base de pruebas y comentarios diversos, pueda conocer dentro del sistema en qué punto está, qué se puede esperar y qué no se puede esperar, por dónde se tiene que enfocar y por dónde no convendría hacerlo. Y así sucesivamente. Es como una gran encuesta, de dos semanas de duración. Al final, “queda dentro” de la maraña ensimismadora de las relaciones predecibles, de los tics.
¿En la escuela? (3. Mi gran dilema)
Ya seguiremos dando pasos, más adelante. Pero quiero explicar cuanto antes el dilema que me acecha. Creía que la escuela era otra cosa. Creía que la escuela era un lugar donde se enseñaba al máximo, se pedía lo máximo, se rendía y uno se alegraba con el éxito. Encontré, muy a mi pesar, que disfrutando (al menos yo) de mis primeras clases, el primer examen que corregí me dejó sin dormir una noche entera. Tenía en mi haber el inolvidable número de diecisiete suspensos, de los veintiocho totales, que correspondían cada uno de ellos a una historia diferente, a un rostro juvenil y con acné. Al no conciliar el sueño, descolgué el teléfono para llamar a uno de los compañeros del centro, y expresarle mi preocupación. Estaba en pijama, lo recuerdo perfectamente. Y de pie, en mitad de mi cuarto, hablé con él durante más de una hora sin conseguir apaciguar mi ánimo ni templar el espíritu. Sólo podía repetirme a mí mismo que algo había hecho mal.
De aquel momento aprendí dos cosas: una llamada evaluación continua, pero continua de verdad, que se traduce en asegurarme de que mis alumnos, a pesar de sus caras, comprenden lo que digo y cómo lo digo; y dos, que no soy el responsable último de la libertad del otro. El suspenso nunca es totalmente culpa del profesor, aunque lo haya leído en más de una ocasión, como tampoco es el fracaso escolar. Pero también supe, desde aquel instante, que en la escuela sólo se está solo en el aula, no fuera de ella.
Superando la anécdota, más que simpática o sólo simpática, porque de lo que era inolvidable aquella noche sólo guardo el recuerdo amable de quien aprende, la crisis es más honda. Llegar a la escuela es incrustarse –lo repito- en una estructura en la que se depositan unos valores y esperanzas que no puede lograr por sí sola. Desde dentro la escuela sirve, en el mejor de los casos para humanizar el entorno, para ofrecer posibilidades nuevas. Pero, ¿y la educación? ¿Y mi sueño? ¿Y el prestigio del buen profesor, del amable y sabio hombre cercano con su palabra y portador de la semilla del conocimiento? ¿Y el alumno que quiere aprender, que se juega su futuro, que necesita crecer como persona? ¿Dónde?
Tuve que esperar hasta este año, cinco después de iniciar las andaduras caballerescas por el colegio, para formularlo del siguiente modo: “Si toda la sociedad está en contra del botellón, al menos la sociedad adulta y con capacidad de decisión; si todos los padres no desean ver a sus hijos con litronas en los parques, junto a los coches; si los profesores y la escuela en su conjunto, la comunidad educativa en pleno, hace presión para que eso no suceda… ¿Cómo es posible que el noventa y cinco por ciento participe asiduamente en ellos, y entienda que es la manera de celebrar su trece cumpleaños? ¿Es problema del número, que da tirria, o va más allá de él? ¿A qué se debe? ¿Hemos perdido el norte en la sociedad, o la escuela no vale para nada de lo que dice valer? ¿Será que servimos para que se emborrachen menos de lo posible –porque sólo esto les queda por decir a quienes defienden que la escuela es un medio educativo para algo humano?”
No sé con qué palabras lo dirías tú. Yo prefiero las de la preocupación, inquietud y desasosiego. Si darme cuenta del número de suspensos de mi primer examen casi supone mi harakiri como maestro y la sentencia de muerte a mis expectativas, resistir esto no es nada fácil.
Pero aún hay más. Soy cristiano, y la fuente de mi vocación, de donde nace toda esperanza y quizá también mis miedos, es esa y no otra. No llegué a la escuela para estar bien con los alumnos y ser querido por ellos (aunque de esto haya, en parte, mucho de vocacional), sino para evangelizar, para ofrecer al mundo una buena noticia: Salir de la ignorancia, hacerse libres de verdad, decidir por sí mismos… ¡es posible! Y siempre entendí, al menos en mi corazón, que a cualquier persona a la que le digan esto se alegraría enormemente y seguiría los pasos del maestro. Pero no. Esta imaginación mía se terminó a las dos horas de clase seguidas. El día en que estuve con los mismos alumnos antes y después del timbre que daba por concluida una clase y comenzaba la siguiente.
E insisto, lo parezca o no. Mi intención es esperanzadora, escribo con ánimo y no para animarme desahogándome –ahogándome en mis penas, se diría más bien-. Pero es necesaria la realidad, la búsqueda en la realidad de los resquicios mencionados entre los que zambullirse en una verdadera vivencia vocacional y educativa. Más allá, pero contando con los medios. Y los medios son las paredes, la estructura, la escuela misma.
Por resumir, mi gran dilema es profundamente vocacional. Creí en la misión de la escuela, me adentré en las palabras que amanecían en los libros de pedagogía, me desperté sonrojado en una realidad educativa que distaba tanto de aquellos libros… que inicié mi búsqueda. O perdía lo real de vista para volver al ensueño pedagógico, a los proyectos escritos sin alumnos, o quedaba atrapado por la crudeza de los alumnos desmotivados y mi incapacidad motivadora. ¿Qué hacer entonces? ¿Por dónde continuar dando pasos?
Si algo tenía claro –tengo claro- es que ninguna de las dos vías abriría una verdadera solución para mí. Quizá otros no tuvieron nunca la tensión que ahora mantengo, aunque lo dudo, por la sencilla razón de que dejaron una u otra. Las dos son verdaderas. Renunciar a la propia verdad, lo más sencillo, sería como perderme.
¿En la escuela? (2)
Llegué a la escuela cuando todavía seguía estudiando. Y terminé Magisterio justo el curso en el que la ley cambió. En poco tiempo, por activa y por pasiva he recibido el mensaje inequívoco de que, prácticamente todo si no todo cuanto estudié, allí me servía más bien para poco. Por dos cuestiones principalmente: porque la distancia entre saber y saber enseñar es grande, y para la segunda apenas hemos sido adiestrados; y porque el marco legal y práctico que estudié dejó de estar, grosso modo, en vigor un curso después. ¡No podía utilizar mis apuntes ni para las memorias académicas!
Al poco tiempo, la realidad se impuso. Los ideales y sueños entraron en crisis. Llegó el momento de decidirse: abandonar o permanecer en ellos. Al inicio la radicalidad marca el ritmo de la carrera, y como si repitiese adolescencia fuera de ella, o era blanco o era negro, sin escala alguna posible. En otras palabras, o la escuela servía a aquello que yo llevaba dentro y para lo que había decidido dar mi vida, o por el contrario no merecía la pena y la salida más aceptada era convertirme en uno más. Es tiempo de vacilación, de inestabilidad, de re-ambientación y nueva ubicación. Era necesario encontrar resquicios en los que colarse, a través de los cuales saltar. Como en todo conflicto, la solución es clave para comprender el problema. Y no había más que dos: perder o ganar, dejarme robar o seguir aferrado a lo que no veía fuera de mí, aunque estuviera.
¿En la escuela? (1)
DESDE LO HONDO
LLEGUÉ A LA ESCUELA
Aunque pueda parecer de otra manera, y aun a riesgo de confundir con el título, lo único que quiero transmitir es la esperanza de quien llega nuevo a la escuela. La primera frase está cogida de un salmo, que rezamos de forma sistemática todos los miércoles por la noche antes de ir a dormir, porque fue allí, en mitad de cada semana, cuando surgió en mí la necesidad de poner por escrito todo lo que he ido viviendo estos cinco años de “locura” por la escuela. Pero también es el título porque no voy a comunicar ningún tipo de experiencia acumulada durante años, sólo “la hondura” de los ideales con los que llegué a ella, los sueños e ilusiones, el entusiasmo. En principio era eso lo que quería escribir, y describir, repasando mis lecciones como profesor novato y torpe que debe, a fuerza de darse cuenta y no de que otros lo digan, aprender una vez más todo fuera ya de la seguridad académica de la universidad.
La segunda parte, ese “llegué a la escuela”, parte de una constatación clara y contundente. No fui yo quien la eligió, sino ella quien me había elegido a mí. Igual que en el diálogo de Jesús con sus discípulos, igual que en el encuentro entre dos enamorados, igual que en el descubrimiento de la propia vocación. “No fui yo quien eligió”, o al menos no concursaba exclusivamente mi libertad. Cierto que acepté el reto, gustoso, y también lo abracé con ansia, pero una vez dentro estaba claro. Mis pasos habían dado respuestas a un camino anterior al mío, en el cual yo formaba una milésima parte. “Llegué a una escuela” en funcionamiento, a algo creado que encajaba plenamente con mis planes, proyectos y futuros. “Llegué a una escuela” siendo un niño, como alumno, y se repetía la edad prácticamente como “profesor”. Y lo que entonces me hubiera parecido admirable, ahora era realidad: Deseaba volver a ser alumno, lo antes posible. Y de hecho, esas fueron mis primeras palabras entre los muros de un aula, con alumnos nuevo a quienes no conocía y que desconocían absolutamente todo de mi carácter, personalidad y ganas.
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8 de febrero de 2009
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De fondo:
Una multitud de testigos nos precede.
De cara a Dios.
PALABRAS
Pureza.
RELATOS
La autoridad de Jesús
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¿Pisas por la vida?
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MOMENTOS
De taller
Algo Escolapio
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Detalles de la vida
Creyente interior y ateo interior.
Preguntas de los pequeños
¿Qué es un examen?
¿Nos vamos ahora…? ¿Ya?
¿Por qué gritas? ¡Te he oído!
¿Qué es eso del orgullo?
Orar con el Evangelio de Marcos
Los primeros discípulos. (Documento adjunto)
Ejercicios Espirituales
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¿Tibieza, ni frío ni caliente?
Frío o caliente, o te mojas o te quedas fuera. Desde la orilla o en la profundidad del mar.La vida misma obliga a decidir. Cada decisión es un ejercicio de la libertad que nos limita a nosotros mismos. Y la libertad humana consiste precisamente en este arte, en el de limitarse a sí mismo dentro de aquello que considerarmos lo mejor para nuestras vidas. Es nuestra libertad, es nuestro misterio, no nuestra condena.
El apocalipsis nos invita a la elección radical, la que no tiene intermedios, la que no es vacilante y arriesga. La que da todo, no sólo lo que sobra.
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actualización 1 de febrero
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“Todo mi ser” (Gracias a Fer, Raqui, Charli y Guille por la grabación, y a Chucho por sus retoques).
De fondo:
La oración que nace.
Un gran muro vocacional
PALABRAS
Aburrimiento.
RELATOS
Tibieza, ni frío ni caliente.
PREGUNTAS
¿Profundo?
ACCIONES
Romper
MOMENTOS
Piedad y letras
Algo Escolapio
La paciencia y la Cruz de Cristo (Carta de Calasanz)
Detalles de la vida
Si quieres servir al Señor, prepárate para la prueba
Preguntas de los pequeños
¿Hay personas que no creen?
¿Me dejas unas monedas?
¿Tiramos de la cuerda?
Orar con el Evangelio de Marcos
Comienza Jesús sus pasos.
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