¿Soy bueno?
Viene hoy un niño y me pregunta: “¿Soy bueno?” Yo le he dicho que sí. Su padre le había regañado porque había hecho algo que no convenía y que tampoco le convenía al niño. Con la bronca del padre se había quedado confundido. Hasta ese momento era bueno, pero ahora no sabía qué sucedía.
No digo que el niño no sea bueno. Yo le dije que sí porque es lo que verdaderamente creo. Pero tampoco conviene que demos por supuesto, con excesiva facilidad, que “somos buenos”. ¿Por qué no aceptar, con sinceridad, la palabra de nuestros mayores? ¿Por qué no crear confusión en nosotros al respecto, esa incomodidad que necesita ser aclarada con la palabra de la verdad?
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