31 de agosto de 2008
Nueva edición de
www.lineacalasanz.es
¿Cuál es mi mejor post?
Ya ha cumplido el año de este blog, desde que me lo tomé un poco en serio, la verdad. Y hago análisis. Comenzó siendo “casi nada” y poco a poco se van pasando más personas por aquí. Sin duda, he disfrutado mucho, aunque no he podido cumplir con mi palabra de “una pregunta al día”. Han sido menos de las esperadas, no por falta de preguntas, sino por falta de tiempo o inspiración. Lo mejor de este blog es que lo escribo de forma gratuita, queriendo compartir lo que tengo y soy, mi búsqueda de la voluntad de Dios en el día a día, lo que realmente me inquieta y puede despertar inquietudes en otras personas, mi primer año de sacerdocio, y mi primer gran año en la escuela. Quizá por tanta novedad, también tan pocas entradas. Pero me encanta escribir, lo hago con fluidez, y sin pararme demasiado a examinar lo que estoy diciendo. Simplemente cojo el teclado, y saco aquello del día que ha sido especialmente llamativo. Algún día incluso he pensado, en el aula o entre pasillos: “Esto para el blog.”
Mi mejor post creo que lo he escrito recientemente, ése en el que me pregunto por qué soy cura, del 27 de agosto de 2008. Nació del corazón y de la oración, en mitad de la noche, cuando me preguntaba a mí mismo cómo respondería realmente a esa cuestión. Es una de las grandes preguntas de mi vida, y también para otros.
El post más visto, sin que yo comprenda por qué, es “¿Necesitamos ayuda?” Es cierto que lo escribí al principio, el 5 de septiembre de 2007, y ha tenido más tiempo que otros. Pero no pocos días encabezaba la lista.
¿Puedes darme tu opinión sobre este blog?
Un año, ¿tú qué piensas que puede ser lo mejor?
En cualquier caso, gracias por participar y estar ahí.
¿Qué hora es?
¡Qué pregunta más usual!
Hoy he pensado que hay dos formas de responderla.
Se puede decir, sencillamente, “Son las…” Pero por otro lado, se puede contestar diciendo: “Es la hora de…” Y esta última se multiplica personalmente (no exponencial, sino personalmente) porque cada uno tiene su hora. Mientras los unos miran el reloj, y dejan que sean los objetos los que respondan, los otros pueden responder mirándose a sí mismos, observando su vida, conociéndose cada vez más.
Ejemplo: Son las 8,30 de la mañana. Es la hora de ir al colegio. Es la hora de ir a trabajar. Es la hora de sentarse. Es la hora de rezar. Es la hora de hacer los ejercicios. Es la hora de escuchar el timbre. Es la hora…
¿Cuál es tu hora preferida del día, esa hora que es personal? ¿Existe alguna hora preferentemente vocacional?
No te olvides, deja tu comentario.
¿Por qué son importantes las preguntas?
Creo que es la gran pregunta de mi blog, que se plantea una tras una de las veces que escribo. En mi caso, y sólo respondo por mí, porque me surgen muchas preguntas, dudas, interrogantes, cuestiones, vacilaciones, pensamientos, sentimientos, miradas, miras, horizontes, planteamientos, diálogos… ¡Qué sé yo! Por muchas cosas.
Y la verdad, no quiero dejar pasar la oportunidad de responderlas.
Tengo la suerte de ser profesor y consagrado (no puedo separar, ¡maldita copulativa!). En mis clases, llegado cierto punto del curso, les planteo a mis alumnos la diferencia entre las preguntas con sentido y las que no tienen sentido. Me explico. Toda pregunta de por sí puede dar sentido al momento, pero no a la persona. Preguntarme cuánto son dos más dos, es una pregunta que puede dar sentido al momento, evitando que me engañen en un intercambio, o ayudando a otras personas a aprender… Pero si mi pregunta es cuál es el secreto de la felicidad, esa pregunta no se refiere a un momento particular, sino a la persona, a su presente y futuro, a sus sentimientos, ideas y acciones, a su perspectiva y horizonte, a su trabajo y su vocación, a sus gastos y diversiones… a todo. Es una pregunta que, bien respondida, da sentido a todo.
Apostillo “bien respondida”, porque creo que una mala respuesta puede eliminar de “raíz” el verdadero sentido de la realidad. Ya, ya. ¿Cuál es ese sentido de la realidad? No lo sé, pero tiene que existir, y de ser así no puede valer todo por igual, ni depender de momentos, sino ser más profundo, más enraizado, más penetrante, más incisivo, más radical, más total… Para mí y para los demás, decía Kant. Para mí en todo momento, hasta que se demuestre en el diálogo que estoy equivocado, decía Sócrates. Para todos en la medida en que el Padre los ama, nos dijo y dice Jesucristo.
Esa es la diferencia. La calidad de la pregunta, su fuerza. De alguna manera, las preguntas son cruciales en mi vida. No son comeduras de cabeza, sino atenciones y llamadas.
¿Hasta dónde podemos llegar?
Cada uno tiene sus límites y es necesario crecer en su conocimiento. Por una razón muy sencilla; porque de lo contrario, el miedo y la imagen que tiene de sí mismo, puede estar severamente condicionada. Es decir, conocer bien los límites significa no adelantar las fronteras que tenemos, no cerrar nuestras posibilidades, no quedarnos a medio camino, experimentar plenamente nuestra realidad, en todas sus dimensiones.
Imaginad que alguno empieza a pensar que le falta una mano o que tiene una pierna rota, sin que esto sea de verdad. Pero de tanto pensarlo, termina siendo alguien que no es, que no quiere coger un pincel para pintar, un lápiz para escribir, o deja de dar caricias a los demás, de chocar la mano, de prestar apoyo; o que, porque cree que no puede caminar como los demás, se encierra en su cuarto, permanece en él moviéndose sólo de la cama a la silla del comedor o de la cocina… ¿Qué ocurriría?
Esta comparación es algo “bruta”. Pero algunas veces, no conocer los propios límites supone algo similar, nos deja a medias en la vida, nos impide y tenemos que recurrir a la heroicidad o a la valentía para llevar adelante nuestros propios dones, algo que estaba desde el inicio en nosotros pero que no sabíamos que estaba, porque lo habíamos ocultado tras palabras como “yo no puedo”, “yo no sé”, “no podré hacerlo”, “soy incapaz”, “para esto no valgo”, “esto no es lo mío”… o peores incluso, como, “no me va”, “no me atrae”, “no siento que me llene”… Ponemos límites.
De verdad, ¿cuál es tu límite?
De alguna manera, no pensar esto bien, nos supone no sólo miedo sino también esfuerzo. Creernos lo que realmente somos, reconocermos el don que Dios ha puesto en nuestro camino, escuchar nuestra vocación…. ese es el camino. Empezamos siendo “valientes”, pero Dios después nos dice: “No fue valentía, estaba ahí. No fue un esfuerzo, era que no te conocías.”
Calasanz decía que el conocimiento personal era el principio de la vida del Espíritu en nosotros. Buscar nuestra debilidad, conocer nuestro límite, reconocer, en parte, que también esto es semilla del pecado que no nos deja vivir plenamente desde la gracia.
Un saludo, amigos. ¡Conoced vuestros límites! ¿Dónde se ponen habitualmente y dónde están realmente?
¿Para qué sirven las reuniones?
Pues claramente para reunirse, es decir, para juntarse. Hoy he tenido una reunión y, sinceramente, aunque se pueda hacer larga en algún momento me ha alegrado mucho poder encontrarme con otros hermanos escolapios. Cuando nos juntamos, tarde o temprano, salen temas que nos preocupan, le damos vueltas entre todos, compartimos experiencias, de vez en cuando filosofamos, buscamos soluciones, queremos encontrar lo que Dios quiere, miramos hacia el futuro y aprendemos de los erroes, perdemos el tiempo o lo entregamos… y de vez en cuando sale alguna idea genial que ponemos en marcha todos juntos.
Es genial poder tener reuniones así. Sinceramente, y quien busque sólo lo práctico sin dejar ni un resquicio al encuentro, a las risas, a la mera escucha… se pierde el tesoro que encierran.
Gracias a Dios no vivo en una empresa, sino en una familia. Y lo tenemos claro.
¿Cómo está el mundo?
No me echo las manos a la cabeza. No es una exclamación, de esas que asustan y vierten cosas negativas. Más bien lo contrario, es una pregunta. Me enseña a mirar. El mundo, como yo, es nuevo cada día aunque tiene relación con lo que ha sucedido antes.
Por ejemplo: Me asombro cuando alguien hace algo que no espero, porque habitualmente no lo hace; Me resulta llamativo el gesto de un niño, si normalmente no estoy rodeado de ellos; Me llama la atención que alguien esté triste o alegre, y comparto sus sentimientos, porque es algo siempre nuevo.
¿Qué te ha llamado la atención hoy?
Sinceramente. Lo que más me ayuda es poder compartirlo y no reservarlo para mí. Todos los días selecciono una o dos caras, o imágenes, o situaciones por las que dar gracias. No más… que tampoco es cuestión de perderse. Pero una, sí. Siempre, al menos, una.
¿A ti qué te llama la atención?
¿Qué tienes que decir?
Si tuvieses que decir algo importante en 3 palabras… y no más… cuáles serían. Sólo tres palabras.
Yo soy yo. Tú quién eres. Qué haces aquí. Dime algo genial. Eres alguien estupendo. Dios te bendiga. Mueve el culo. Deja tus miedos. Sé libre siempre. Vive la vida. No te pierdas. Da lo mejor. Cuánto te quiero. Vivo por ti. Tengo sed profunda. Quiero vivir siempre. No me conformo…
¿Y las tuyas?
¿Por qué eres cura?
Os aseguro que es una de las preguntas que más me hacen. En dos situaciones, además, muy diferentes. O bien no me conocen de nada. O bien, tienen mucha confianza conmigo. Como podréis adivinar, las respuestas no pueden ser iguales. No es lo mismo hablar con alguien que no sé qué piensa realmente de lo que estoy diciendo, y para quien mi lenguaje es ajeno totalmente, que para una persona que, además de ser cercana a mí por lo que sea, me conoce en mi vida cotidiana.
Sinceramente, me gustaría que me lo plantease más gente, para mí es una oportunidad.
Y no tengo una respuesta clara. A los primeros les digo que sentí la llamada de Dios a la vida escolapia siendo alumno del colegio de Getafe, teniendo trato con los grupos de fe y con algún que otro escolapio y calasancia (una rama femenina de nuestra familia), que aquello me ayudó a enderezar mi camino y entonces fue cuando me planteé: “Si he cambiado yo gracias a ellos, ¿será que Dios me quiere en el mismo lugar, tomando el relevo?” Y entonces, ya en serio o medio en broma, surgió la pregunta, fui, probé, dialogué con escolapios que, gracias a Dios, me enseñaron muchas cosas y libremente vi que era mi lugar en el mundo.
Entonces es cuando me preguntan: “¿Y cómo lo sentiste?” Para mis adentros pienso: Este es el momento en el que me apetece decir: “A que mola sentir que alguien tiene un sueño para mí. Tú también lo buscas, ¿verdad? El sentido de tu vida, algo que te haga ser feliz, estar lleno…” De verdad, es uno de los momentos en los que más me doy cuenta de que todos tenemos una llamada, que Dios sueña con todos.
Lo cierto es que lo anterior, todo lo que he dicho, es verdad. Pero hay más razones. Ni mi vida, ni mucho menos toda mi historia, y ni de lejos el plan de Dios se puede reducir a lo anterior. A los segundos, a esos que digo que Dios me ha acercado de forma particular, les cuento algo mayor. Les digo, con el corazón en un puño y los pelos como escarpias, que un día que buscaba, como todos los días, algo de paz y sosiego escondiéndome un poco de mí mismo, Dios me quiso y me hizo ver que a su lado nada es comparable. Les cuento que no era un joven entre otros, porque la verdad es que era verdad que andaba metido en más líos de los que me correspondían y había dado un giro raro a mi adolescencia. Pero aquel día, entre la penumbra vislumbré una voz y una Palabra. Escuché… Y me interrumpen para preguntarme si escuché de verdad una voz. Momento en el que yo, casi tan pesadumbrado como indignado, les digo que no, que una voz en sí no, pero que sí viví que alguien me hablaba. ¿Escuché? Sí. ¿Una voz? Sí. ¿Algo extraordinario? No. Quizá tan ordinario como los impulsos del corazón, los deseos, los vértices de la propia vida y los irrenunciables que todos tenemos, pero sacados a la luz con tanta fuerza que no eran, ni de lejos, algo mío. Os aseguro, prosigo yo diciéndoles a mis amigos, que si entonces me dicen que “voy a ser cura” el primero que se ríe no soy yo, sino cualquiera que me conociera entonces. Yo no me reí.
Y aquello no se fue de mi vida. Se clavó hondamente aquella palabra, de tal manera que todo a mi alrededor era incomparable a lo vivido entonces. Por donde iba venía conmigo, no repitiéndose como el pepinillo, sino sazonando todo. Empecé a mirar de forma diferente, a sentirme diferente, a descubrir que algo particular y único, no por extraordinario sino por personal, había acontecido en mi vida. Es cierto. Los lugares por los que iba y salía no parecían los mismos. Al contrario de lo que alguno puede pensar, no condenaba por “malos” a los demás, sino más bien por “mejores” que yo. Casi todos me parecían mejores para la llamada que sentía, pero es que la llamada era mía.
Mal hubiera hecho pensando que aquello se pasaría, sin más. Hubiera perdido el tren de lo que soy ahora. Y, créeme, no quisiera saber en qué líos andaría, a estas alturas.
¿Soy mejor que otros? No. ¿Soy distinto? No demasiado. ¿Soy anormal, extraordinario, extraterrestre? Ni de lejos, y cuanta más gente conozco y situaciones aparecen ante mí, menos. ¿Soy único? Sí, como cualquier persona. Y, en parte, en esto consiste mi vocación. Como soy cura, y eso para muchos es rarísisisimo, aprovecho para decir, cuando me hacen esta pregunta, que para Dios todos somos únicos. En esto consiste la vocación. La mía, y también la tuya.
¿Qué programas para este año?
Ya comienza la tarea de programar. Se hacen planes para el curso, se ponen metas. A todos los niveles. Somos personas soñadoras y comienza el momento de programar esos sueños.
¿Cuáles son los tuyos?
