¿Sumas o restas?
Las matemáticas son espectaculares. Mi formación es más “de letras” que “de ciencias”, pero las matemáticas me atraen. Tienen algo que las hace especiales: relacionan, abstraen, representan; describe la realidad natural, social y personal con un lenguaje preciso. Y su componente y presencia en medio de las personas hoy es incuestionable.
No creo que hayan dejado de lado “las letras”, dicho sea de paso. Se complementan y se necesitan mutuamente. No hay que olvidar que las matemáticas son “un lenguaje”, y de alguna manera peligroso porque no todo en la realidad es matematizable.
Pero bueno. ¿Sumas o restas? Aprendemos primero a sumar. Sólo después de manejar bien las primeras sumas sencillas, aprendemos a restar.
Personalizándolo, también nosotros deberíamos aprender a restar después de aprender a sumar, en nuestra vida cotidiana. Primero traer, después quitar. Primero adquirir, después purificar.
¿Quién es para mí el Espíritu Santo?
La pregunta es mía y no es mía a la vez. Me explico: Estos días se está celebrando en Sidney el Encuentro Mundial de la Juventud. Quienes hemos tenido el gozo de asistir a alguno, sabemos de qué hablamos: miles de jóvenes cristianos que toman las calles de una ciudad, que van y vienen a diferentes lugares para celebrar, compartir, escuchar, relacionarse, abrirse al Espíritu e identificarse con Jesucristo. Quienes no han tenido el gozo de asistir todavía, que se animen en la medida de sus posibilidades.
Pues bien. Las palabras que presiden como título del Encuentro son: “Recibiréis la fuerza del Espíritu”, y en el Mensaje a los Jóvenes, Benedicto XVI dice así:
Queridos jóvenes, el Espíritu Santo sigue actuando con poder en la Iglesia también hoy y sus frutos son abundantes en la medida en que estamos dispuestos a abrirnos a su fuerza renovadora. Para esto es importante que cada uno de nosotros lo conozca, entre en relación con Él y se deje guiar por Él. Pero aquí surge naturalmente una pregunta: ¿Quién es para mí el Espíritu Santo? Para muchos cristianos sigue siendo el «gran desconocido». Por eso, como preparación a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, he querido invitaros a profundizar en el conocimiento personal del Espíritu Santo.
Son palabras que vienen justo después de una gran reflexión sobre el Espíritu retomando las palabras de la Escritura. Pero todo tiene que derivar en un “conocimiento -y trato por lo tanto- personal con el Espíritu Santo.”
¿Por qué siento esto?
Durante el verano se suceden muchas experiencias. Algunas de ellas posibilitan un encuentro con la sociedad en la que vivimos. Como cristianos, como estudiantes jóvenes, como estudiantes universitarios, como trabajadores, en no pocos momentos sentimos que vamos y venimos por el mundo sin detenernos lo suficiente. Nos quedamos con ganas de ir más allá.
Y en verano hay jóvenes que se entregan a otras experiencias, como campamentos, colonias, cursos de formación o campos de trabajo. Y allí surge la pregunta: ¿Por qué siento esto?
Es verdad. Con las nuevas relaciones, con los nuevos objetivos, con un cambio en “lo que hacemos” también suceden otras preguntas interiormente y sentimientos que van y vienen. Y no en pocos casos se alumbra una nueva vocación. ¿Quién me causa esto? ¿Quién me ha traído aquí? ¿Qué pinto yo en todo esto? O en otros casos, ¿por qué ha estado callado hasta este momento?
Insisto, es cierto. Se descubren nuevos mundos interiores a la par que se ve el mundo que nos rodea de otra manera. Quien está delante de los niños y jóvenes, cuando habitualmente está delante de libros o apuntes, en medio de clases y trabajos de grupo, se cuestiona a sí mismo. Los niños y jóvenes suscitan preguntas, que en la oración alcanzan otra dimensión: “Señor, ¿qué quieres de mí?”
No cierres tu corazón. Ábrelo. Sé sincero. Muévete. Arriesga. Atrévete. Lánzate. Sal de tu tierra, Dios ha abierto un camino nuevo para ti.
¿Buscando imágenes?
¡Qué tarea más árdua! No hablo de buscar en la web sin más, sino de coger la cámara de fotos y ponerse a caminar y caminar en busca de esa imagen tan bonita. Creo que es necesario pasar por la experiencia para realmente comprender que es compleja. La cámara aporta lo suyo, pero espera paciente. El ojo humano es el motor de búsqueda. La imagen, la luz, la perspectiva, lo que puede y no puede captar, y todo lo que sugiere.
Estos días estoy buscando fotos propias para una nueva web. Y me encuentro así. Estoy convencido de que la realidad es bella, que tiene infinidad de detalles que no merecería la pena olvidar. Las sonrisas, los saltos, los encuentros, los abrazos, la íntima conexión con el grupo de amigos, la admiración… Y estoy seguro también de que las personas se dan cuenta de ello y pueden guardar y vivir su recuerdo. Pero es difícil captarlo con una cámara de fotos, en una imagen detener el mundo y atrapar el espacio y el tiempo y esa tercera dimensión personal y social que todo tiene.
Yo seguiré con mi búsqueda. En cualquier caso, buscar ya es importante. Hace estar atento, despierto, fijarse, admirar, desear, corregir, hablar, dialogar, escuchar y, cómo no, obedecer. La obediencia a la realidad, ser consciente de que, quien realmente manda no es quien tiene la cámara sino la misma realidad a la que se llama e invita a detenerse. La obediencia porque marca las pautas, porque se prepara un instante y desaparece. La obediencia porque avisa de lo que va a suceder, pero tan pronto sucede, también se aleja y se esconde. La obediencia que es relevelación y diálogo con el mundo, con el Señor que inspira y domina el mundo, con el Dios que ama sus criaturas y provoca el anhelo del recuerdo, con el Caminante y Creador que ha dejado su huella en cada tramo del camino y del tiempo.
Creo que esta experiencia tiene mucho que ver con la vida religiosa, y la vida escolapia en particular. La escuela es un ámbito con especial vida, donde todo aparece y desaparece, donde los mismos alumnos hacen señas y casi posan para una foto. “¡Profe! ¡Profe! Mírame y dime cómo soy. Dime que estas de mi lado, dime que me vas a enseñar a vivir.” “¡Profe! ¡Profe! Muéstrame en tus fotos, en tus recuerdos, el camino que conduce a la vida verdadera!” “¡Profe! ¡Profe! Es mejor una foto de grupo, todos juntos y haciendo un hueco para los demás, que una foto en la que, para siempre, voy a permanecer solo, sin nadie que me sonría, que me hable, que me quiera.” “¡Profe! ¡Profe! ¿El corazón se puede fotografiar? Ya sé que no. Pero entonces a Dios tampoco.”
¿Qué es descansar?
Es algo deseable y bueno. Ahora que empieza el verano muchos lo tenemos en la cabeza, como si fuera este uno de los pocos momentos del año que podemos “descansar”, y se nos llena la boca cuando lo decimos. Esta palabra llena la boca, pero… algo más… ¿llena de verdad?
No quiero ser crítico. Hace dos minutos unos alumnos han llegado al colegio a recoger sus papeles. Se van, casi de forma definitiva. Algo les retiene aquí y se llevan mucho, pero se van sin remedio alguno. Tienen que crecer y hay que soltarlos. Y me dicen: “Profe… ¡ahora a DESCANSAR! ¡Lo hemos ganado!”
Por eso me pregunto qué es descansar. Y si es realmente una conquista humana.
Yo pensaba que era al revés. No se conquista el descanso, se conquista el trabajo. Lo que requiere realmente esfuerzo, podríamos pensar, es trabajar. Eso sí que es costoso, pesado, cansado. Pero el descanso, no.
Lo cierto es que dentro de poco, por lo que voy viendo, estos alumnos no sabrán qué hacer con tantas horas y horas de descanso. Y lo que en principio era maravilloso, torna en algo tedioso y aburrido. “¡Me aburro! No sé qué hacer.”
Dan ganas de decir: “Lo único que tienes que hacer es descansar. Esta es la única tarea. Y tienes todo el tiempo del mundo.” Es así. El problema es todo el tiempo que tenemos para descansar cuando creemos que no tenemos nada que hacer, que descansar es “tiempo vacío“. El tiempo que vacío de contenido y casi de sentido termina por costar más que aquello que aparece repleto.
Cuiado, para terminar, con esta palabra que llena solo la boca. El creador del descanso cuenta que disfrutó de aquello que había hecho, que este era realmente el sentido de esta palabra, el sentido de la realidad. Por eso es capaz de re-crear en el tiempo del descanso todo lo hecho, todo lo acontecido. El tiempo del descanso es el tiempo de la madurez, de la elaboración, de la reflexión. No es tiempo vacío ni para el olvido, como muchos creen. Más bien todo lo contrario: es la continuación lógica de la vida humana, que durante un tiempo se dedica a vivir y en otro a disfrutar de la propia vida.
Conclusión, el trabajo disfruta de esfuerzo hecho anteriormente. Si no hay esfuerzo previo, tampoco existirá realmente descanso.
