¿Me amas?
Una pregunta directa, sin duda. Pero no da igual en qué situación aparezca. Imaginemos que es una mujer a su esposo. Quizá sea diferente si es a la inversa, el esposo a la esposa. No da lo mismo que se pregunten entre sí, en un diálogo, a que uno sea quien tenga dudas. No da lo mismo que sea para confirmarse en el amor, que sea para salir de un momento de crisis porque las cosas no están claras.
Otras circunstancias son igualmente válidas, porque puede ser entre amigos. Amigos que se acaban de conocer o amigos que llevan tiempo compartiendo con confianza. Y tampoco da igual entonces quién sea quien pregunte.
Pero, ¿te imaginas que es Dios quien te pregunta? Le ocurrió a Pedro, cuando al terminar una jornada intensa de “pesca” se acercó a Él el Resucitado. Por si acaso, le preguntó tres veces, de formas diferentes, cada una con un matiz especial. “Pedro, ¿me amas?” Y él, por lo que dice el texto, al final se entristeció, porque fueron nada más y nada menos que tres veces las que, obligado por sus tres traiciones, se vio invitado a responder: “Señor, tú sabes que te amo, tú lo sabes todo.” (y esta fue su respuesta final).
Y claro. Así es fácil, porque Dios lo sabe todo. Pero, ¿yo me he preguntado alguna vez cuánto quiero? ¿Alguien, por pequeño que sea, me ha sacado alguna respuesta? ¿Qué diría si fuera un joven tirado en la calle? ¿Qué diría si fuera, con palabras o sin ellas, un alumno en clase? ¿Qué diría ante un muchacho de los grupos? ¿Qué diría ante una familia?
Preguntas y preguntas. Muchas maneras de preguntar. Creo que Dios, después de un día intenso en mi cuarto, se acerca muchas veces en lo más cotidiano y, la mayor parte de las veces, me cuestiona veladamente sobre mi amor. Como otras veces, también concluyo lo siguiente: Que Dios no me pide -ni a mí ni a nadie- aquello que no tengo. No me pregunta si tengo amor, me pregunta si le amo. Porque amor tengo, lo necesito para vivir. Lo que me pregunta es quién es el dueño de ese amor.
Y vuelvo al inicio. Una persona no le pregunta a otra sin más si tiene amor. Lo que está interesada en saber es si es amada. Y no sólo eso, sino que desearía conocer cuál es la fuente del amor, de dónde viene, cuáles son sus motivos, si es amor limpio o es amor condicionado, si es amor de verdad o es un amor exigente y con factura.
Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.
¿No pierdas el sentido que encuentres?
Sí, guardar. Si alguna vez has encontrado que algo tiene sentido, por favor, que no te lo quiten. Es más importante la esencia que el recuerdo mismo, y mucho más aún que el objeto. Si alguna vez has tocado con tus manos a un niño pequeño jugando con él en el patio y te ha traspasado el escalofriante recuerdo de que tú también fuiste alguna vez niño como él, no te preocupes, pero no pierdas la esencia: has crecido. Si alguna vez la mirada te llevó a un sueño profundo donde cumplías tus aspiraciones en la vida, y te quedaste petrificado al volver a la cruda realidad, no te preocupes, pero no pierdas la esencia: tienes tiempo y estás vivo. Si alguna vez, por raro que parezca, has creído que el amor nacía de tu mismo corazón, igual que entre unas pequeñas rocas nace el río más grande del mundo, y has sentido la ardiente necesidad de vagar hasta buscarlo en tu profundidad más oscura y recóndita, de la misma manera que el sudoroso caminante del desierto ansía el oasis, no te preocupes, pero no pierdas su esencia: eres más de lo que pareces, siempre, y guardas un tesoro que no se busca ni termina en ti, ni nunca jamás podrás retener entre tus manos. Si alguna vez, por muy limitado que te parezcas a ti mismo ante el espejo de tu conciencia, eres capaz de superar cualquier limitación aparente y atravesar los muros, y las paredes, y los cristales y espejos, e ir más allá con tus acciones, cambiando el mundo, no te preocupes, pero no pierdas tu esencia: formas parte del efecto mariposa, y tus detalles es escucharán en los confines del mundo.
Es cierto. La vida guarda su esencia en frascos caros, impagables e inalcanzables por cualquier acción. Es sorprendente que sea la vida misma la dueña de sus tesoros. ¿Quién te crees que eres? Si sabes de qué hablo, sé agradecido. Si no sabes de qué estoy hablando, pide con humildad.
Estar atentos al Espíritu
¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Estaré solo o con alguien? ¿Podré expresar lo que siento? ¿Me comprenderá alguien? ¿Por qué yo y no otro? ¿Para qué? ¿A dónde me llevará? ¿Seré feliz? ¿Cómo será mi vida? ¿A quién me encontraré? ¿Con quién viviré? ¿Dejaré muchas cosas? ¿Qué me llenará? ¿A quién me voy a parecer? ¿Seré importante? ¿Me conocerán? ¿Sufriré? ¿Gozaré? ¿Tendré amigos? ¿Estaré acompañado? ¿Cómo seré?
Todas y cada una de estas preguntas requieren ATENCIÓN. Son como una señal en la vida de las personas. Las lanzan al futuro. Hacen soñar a miles y miles de personas. Y hacen sufrir. Quizá algunos se lo plantean porque no saben qué sucederá. Otros se lo plantean porque comienza a intuir algo. Y requieren de una atención especial en quienes deseamos una vida cristiana, en quienes hemos conocido el Evangelio y a Jesús de Nazaret. Deseamos ser, y nos miramos en espejos que no han llegado. Pero es Espíritu susurra con una sinceridad admirable. El Espíritu hace soñar, abre caminos insospechados y pronuncia palabras admirables sobre lo que somos, sobre lo que podemos llegar a ser, sobre lo que hemos conocido y lo que desconocemos. Muchas preguntas se basan en experiencias llenas de vida o anhelantes de ella. La vida, la verdad, el bien… momentos íntimos en los que la confianza lo puede todo, circunstancias donde el tiempo se dilata tanto que desearíamos no abandonar el presente. Y nos preguntamos qué seremos, qué será de nosotros, quién -sin poder respondernos del todo- soy.
Las respuestas…. después de las preguntas. Y siempre, siempre de forma práctica, concreta, diaria y cotidiana. Las respuestas son “hago esto…”, “me atrevo a…”, “me lanzo a cumplir mi sueño”.
Para cumplir un sueño, para escuchar y estar atento al espíritu conviene estar muy despierto. Los dormidos viven en su propio mundo, dice Heráclito. Los dormidos viven en un mundo sin Espíritu, donde ellos lo llenan todo, donde son capaces de bastarse consigo mismos. En ese mundo, sin Espíritu, tampoco hay vida. En el mundo del Espíritu, donde todo se convierte en común y obliga a un diálogo permanente, la vida corre por doquier.
Señor, ¿qué quieres de mí?
Excelente pregunta. Es una oración completa. Una buena pregunta para tener permanentemente en el corazón, para pegar a la vida, para llevar a donde quiera que vayas. Buena pregunta por dos cuestiones: porque empuja a la vida hacia lo mejor, y porque es un diálogo continuo con Dios. Y además, vale para cualquier cosa que suceda, para cualquier acontecimiento en el que se mueven las personas, para cualquier situación o diálogo, para cualquier instante en el que la libertad de la persona se quiere hacer responsablemente personal y religiosa.
Señor, ¿qué quieres? Y “qué quieres” no es qué te apetece, sino qué te parece más amable. Señor, ¿qué amas tú? Porque lo que no quiero, aquello que no amo, aquello que no deseo, es que tú dejes de amarme. No quiero alejarme de tu amor. Es más, Señor, te pregunto qué quieres porque lo que deseo sinceramente es ser testigo de tu amor en el mundo, que amando las personas pregunten y eso por qué lo haces, y eso quién te lo ha dicho.
Es más, Señor, estoy convencido de que tu amor da una fuerza especial a mi vida. Es más, Señor, tu amor empuja, impulsa, enciende, dilata, desarrolla.
Hace unos años ya que comprendí que el lugar donde no había amor tampoco era un buen lugar para que viva cualquier persona. Porque una persona sin amor no puede vivir. Los niños pequeños lo saben, los mayores muchas veces sufren por eso. Los adultos, y más los matrimonios, son testigos de que algo que merece la pena es algo perpetuado a base de amor, de entrega y generosidad, de vida común. Y sinceramente vivimos gracias a ese amor.
Quizá lo menos comprendido sea que una persona que el amor no tiene por qué salir del corazón de los demás hacia mí, que no tengo por qué ser un “receptor” meramente, pasivo y deseante. Quizá lo más maravilloso es que tengo la oportunidad, del modo como he sido creado y como he nacido, de colocar en medio del mundo un amor más grande que cualquier otro soñado, un gesto de amor lo suficientemente significativo como para cambiar el mundo, un detalle amoroso que rasgue el mundo de tal manera que el niño herido sea capaz de sonreir y el que sonríe siempre sin motivo tenga una nueva esperanza por lo que seguir siendo así.
La pregunta es fácil: ¿Esto es difícil? Pues… tú mismo. ¡Atrévete! Pero si empiezas, hazlo de corazón y con la verdad por delante. Algo sencillo es dejarse llevar por el Espíritu, hacer nacer en nosotros un diálogo intenso y sincero con Dios. Él fue el primero que, antes de recibir amor, amó hasta el extremo. Señor, ¿qué quieres de mí?
¿Descubriré cuál es mi vocación?
Hoy un niño pequeño, en el colegio, me ha hecho esta pregunta. Estaba con ellos hablando sobre el mundo, sobre las personas, sobre lo que hacen o dejan de hacer. Les digo siempre que cada uno tiene que “ocupar” en el mundo un lugar. El tiempo se nos regala; siempre escaso a nuestro parecer, pero el espacio no. Se nos regala un lugar donde nacer, pero no donde morir, y mucho menos el lugar donde vamos a vivir.
Cuando les hablo de ese lugar que ocupamos en el mundo, también les digo que es mucho más que el cuerpo que tenemos. Nuestro cuerpo ocupa un “sitio”, pero nosotros como personas ocupamos mucho más espacio. Ocupamos la vida de los demás, les sorprendemos. Ocupamos un puesto de trabajo, y con él llegamos a muchas otras personas. Ocupamos un lugar en la calle, en el autobús, en la estación… En cualquier sitio, donde vamos, ocupamos. Ocupar es “hacerse dueños, de alguna manera, de algo concreto. Por eso podemos decir que ocupamos espacio también en la gente, en la sociedad, en la cultura, en el arte, en la educación…
¡Qué maravilla! Ocupar un espacio. Esa es la vocación.
Y el niño me ha preguntado. ¿Cuál es el mejor lugar que puedo ocupar? ¿Descubriré algún día ese lugar?
Yo he le dicho que sí. Pero que tiene que estar muy atento. La vocación es el lugar donde se llega, no sólo a más personas, sino a muchos corazones. ¡Esa es una vocación! Y para descubrirla de verdad tiene que ser sincero y confiar. Es un misterio, pero es así. Y aun de esta manera, no termina todo, puesto que una vez descubierta necesita de la valentía y la fidelidad para continuar adelante. ¡Ánimo!
Personalmente tengo el gozo de ser testigo de corazones, que no son míos, y de hacerlos míos de alguna manera. En la escuela, hoy mismo hablando con unos cuantos alumnos castigados por la tarde, siento que puedo tocar parte de lo que ellos mismos son, y desde allí llevarles a lo más alto. Y eso que estaban castigados. Pero el diálogo, la fuerza de la Palabra, puede todo cuanto yo, por mí mismo, no alcanzo siquiera a pensar que se puede hacer realidad en algún momento.
Dios me da dado una vocación preciosa. Prueba de ello son las palabras de este niño, a quien deseo sinceramente que algún día pueda disfrutar siendo consciente de lo que hoy escribo en este blog como experencia personal.
