¿Me invitas a cenar?
Comer es tan importante como trabajar. Lo hacemos de prisa y corriendo, sin detenernos en los detalles. Antes no era así. Antes las mesas se preparaban con esmero, se cuidaban los detalles. Ojalá fuera fiesta todos los días para darnos cuenta de que “comer”, “alimentarse”, “nutrirse”, ”RECIBIR” es algo fundamental. Sin comer no se trabajar, pero tampoco se vive alegre, ni se disfruta de los amigos, ni se baila, ni se hace deporte, ni se estudia, ni se escucha, ni se tiene fuerza, ni se enfrentan retos, ni se tienen iniciativas… Comer es fundamental. Y la mesa, por lo tanto, es principal. Depende de qué haya a la mesa… así seremos.
Una mesa. Hoy se prepara una mesa. En la mesa no sólo hay alimentos. Sino una vida entera. En el pan y el vino está Dios, Jesús se entrega. Deseando que nadie le quite la vida, antes de ser apresado, él quiere dejar su huella permanente en el mundo: mostrar de antemano que es tan libre como para desear darse por los demás, mostrar al mundo que ningún hombre es verdaderamente libre hasta que no vive el amor como servicio, mostrar al mundo que es falso que amar hasta el extremo sea imposible, mostrar al mundo que el amor no es verdadero amor hasta que no llega al extremo… Hasta el extremo de darse a sí mismo. Ése es el verdadero amor. El amor que ha pasado por el sufrimiento y permanece. El amor que reconoce a los demás como verdaderos hermanos, como mi familia, como personas. El amor que une amigos y enemigos, el amor que vence miedos, el amor que sacia de corazón y nos deja tranquilos, el amor valiente.
¿Una casa y un hogar?
Sueño con un hogar, como todos. Hoy es difícil tener casa, pero un hogar es diferente. Cuando hablo con jóvenes sobre lo que es “su casa” todos sueñan con un hogar. Andan pendientes de lo que cuesta, de lo que necesitan, de las cosas que hay que tener para poder llenarlo. Pero realmente quieren y buscan un hogar.
Descubrir qué se requiere para formar un hogar es otra cuestión, requiere más paciencia e intensidad, requiere estar más atento al corazón que a las cosas, más pendiente de cuidar los momentos que del reloj que marca las horas, de las personas que de los propios caprichos. Por eso es más complicado aún. No depende además de algo así como una hipoteca que se va pagando poco a poco, y al final se consigue. No depende de los propios méritos, sino que es acción del amor, del diálogo de amor que hay entre los miembros de ese hogar. No se forma con lazos de sangre, sino a través de la intimidad, del conocimiento de unos y otros, de la presencia de unos en la vida de los demás como personas significativas, que aportan confianza, amor, esperanza y fe.
Un hogar es lo que mostró el maestro a los discípulos en lo alto del monte. Es cuando uno siente que ese es el verdadero lugar que se puede formar, que más allá de eso no hay más. Quisiera estar por siempre en el hogar.
Pero encontrar un hogar supone ser capaces de descender. Hogar significa fuego, y por lo tanto enciende el corazón, ilumina. Y la luz no puede ocultarse debajo del celemín, ni se ha hecho para que se guarde en un cofre. La luz está para ser mostrada, para ser abierta, para ser dada a los demás y compartida. La casa es posesión propia, la casa sin embargo se comparte también con otros.
En una casa los miembros son de sangre, en el hogar sin embargo hablamos de más cosas.
Un saludo.
¿Algo que agradecer?
Después de un día cargado de intensidad, de subidas y bajadas, de paseos y caminatas, de trabajo y de diálogo, de escucha y preparación, de encuentros con amigos de lejos y amigos cercanos, de lo cotidiano y lo extraordinario. Después de la experiencia de estos días y el regreso a lo pequeño, al día a día, a las clases y las preparaciones, a las reuniones en las que se sacan cosas adelante y se ponen en funcionamiento, a las actividades que cansan, provocan desasosiego, dejan inseguro. Después del día y llegada la noche, donde continuar son sueños y alumbrar proyectos… me pregunto qué tengo que agradecer. Pero me doy cuenta de que realmente, ¿hay algo que no tenga que agradecer?
¿Qué tal fue el retiro?
Hemos estado tres días de retiro con alumnos del colegio. Han ido los de 4º ESO, y la verdad es que ha sido muy provechoso. A la vuelta, todos preguntaban lo mismo: ¿Qué tal fue el retiro?
Lo que me sorprende no es que lo pregunte quien no fue, sino que también quienes han ido se han preguntado qué tal ha sido. Es curioso, quizá por falta de seguridad, o por falta de criterio para hacer una valoración clara. Pero me sorprende.
A mi modo de ver, cada uno según sus capacidades. Sí es cierto que me llama la atención que haya muchachos que ya tengan un cierto hábito de reflexión y otros que desconozcan que esto es posible en el día a día. Otra cosa que me cuestiona es la capacidad, siempre diferente, para expresar lo que llevan dentro. Cuando una persona siente algo, cuando piensa algo… no siempre lo expresa, y para quienes es fácil expresar lo que van viviendo llama la atención que haya quienes no pueden con tanta claridad.
En general, siendo sincero, estoy contento de ser “testigo” de lo que Dios hace en ellos, en estos muchachos, creyentes o no.
¿Quiénes me felicitan?
Depende de qué hablemos. Por mi cumpleaños me han felicitado aquellos que lo sabían y que me querían. No todos los que me querían me han felicitado, porque algunos no lo sabían. Y no todos los que lo sabían me han felicitado, porque no todos me quieren. Es natural. Lo doy por supuesto. Pero sé que me han felicitado personas que me quieren y que lo han sabido.
Hablo de felicitar de corazón. Hay palabras que sobran en esto.
Pero hay personas que me felicitan por mi vida. Esas son las que valoran mi vocación y me quieren. Conocen por tanto mi vocación y la valoran. No todos los que conocen mi vocación escolapia, de cura y de profesor, la valoran. Pero quienes la valoran, creo que también me quieren. En este caso va unido.
Mi misión, de sacerdote y de maestro, no siempre es aplaudida y querida. ¡Qué curioso! Sin embargo hoy quiero agradecer a quienes me felicitan por mi vocación y por mi misión, porque me empujan hacia delante. También a quienes valoran mi misión, y desde ese cariño y aprecio por lo que hago, me corrigen con cercanía y con confianza, sabiendo que puedo hacerlo mejor y que, de hecho, sé que tengo que hacerlo mejor y que estoy aprendiendo.
Hay dos personas que hoy quiero recordar. Me felicita habitualmente una persona por la que estoy haciendo sublimes esfuerzos personales e intelectuales. Sus padres también lo saben. Y también me felicita alguien a quien prácticamente dejo hacer lo que quiera, porque confío en su responsabilidad y madurez, en su criterio y su forma de trabajar. A esas dos personas, con sus familias respectivas, hoy las recuerdo.
No es cierto que todos los alumnos odien a los maestros. Es mentira. Y tampoco que todas las familias estén en contra de la escuela. También es mentira. Lo que sé es que, sólo en los casos extraordinarios, por negativos o positivos para todos, aparece la persona a quien podemos felicitar o agradecer.
En el resto de los casos, ¿la gente cree que estamos de brazos cruzados o que no hay nada que agradecer? Algún día me gustaría que, los que critican desde lejos, se incorporen a la vida que a mí Dios me ha regalado, confiando en mí. Cuando yo no era cura ni era maestro, era también fácil hablar y pocas veces hablé desmesuradamente.
Para que seamos personas más agradecidas, porque lo cotidiano también requiere vocación y esfuerzo… R.
¿Por qué dices eso, en qué te basas?
De vez en cuando, casi de forma periódica, como si se tratase de algo que hay que decir para avisar de algo… De vez en cuando me encuentro con alguien que me dice (sin que quiera decir nombres yo, esta vez al menos) que hay una persona, siempre es otra distinta, que no quiere estar conmigo, que le parezco muy serio, que mejor con la compañía de otras personas…
Esto de forma sistemática. Palabra, no he hecho nada en contra de esta persona. Más bien lo contrario. Pero quedará en mi corazón. Algún día le diré, a la cara, que yo la he defendido frente a otras personas que, a sus espaldas, hablaban mal de ella, aunque a ellas las quiera más que a mí, no me importa; algún día le haré ver que, lo que por fuera parece bonito o feo, puede ser precisamente lo contrario y que sólo se descubrirá profundizando, lejos por tanto de primeras impresiones y de confiar sólo en lo que otros dicen. Pero esto será algún día. Hasta ese momento seré igualmente serio y recto y no permitiré que se hable mal de esta persona. De verdad. Ni lo quiero, ni me parece justo, ni llevará a nada. Aunque siga comprobando cómo “quiere” y “aprecia” más a quienes hablan mal de ella.
Me alegro de ser serio. Creo que no molesto a nadie y que soy bastante recto y sincero. Siempre quedan cosas por pulir, claro está. Pero las personas que me conocen, al menos eso me queda, sé que no son superficiales. Esas me conocen, porque han pasado por encima de la apariencia de seriedad.
Curiosamente me ocurre con dos tipos de personas de las que habla el Evangelio: los pequeños, los niños, esos me conocen y pasan por encima de la seriedad y de la apariencia para calar mi corazón; y de los que son como niños, los débiles y los sencillos. Ni los niños ni los que son como ellos son superficiales. Se hacen superficiales a golpe de martillo social y de falsos dioses. Pero no son superficiales, saben bien quiénes les quieren de corazón. Y de corazón deseo ser como niño.
Un saludo.
¿Tentaciones de verdad?
Supongo que nadie duda de que existen las tentaciones, por muy pocos años de vida que se tengan. Una tentación es algo así como una piedra en el camino que estorba el paso hacia lo fundamental, como un desvío mal cogido, como una señal en el camino mal puesta.
Sí, quizá sea eso. Una mala señal en el camino, que en algunos casos llega a normalizarse, pero que sigue siendo igualmente errónea, nos hace equivocarnos y despistarnos de lo fundamental. Sí, quizá sea esto. Todo lo que nos despista de lo fundamental, lo que evita que entremos en lo profundo, que tomemos la vida con la seriedad y la alegría que se merece vivir bien. Sí, quizá sea eso. Quizá sea vivir bien, pero equivocadamente bien. Sí, quizá sea eso. La tentación es algo así como una mentira sobre la vida buena, una señal mal puesta en el camino, una falsedad aceptada como verdad y una maldad aceptada como bien. La tención, quizá sea eso, y quizá también venga en los momentos fundamentales e importantes de la vida.
Creo que no existen tentaciones para las cosas pequeñas. O mejor dicho, quizá todo eso pequeño y que consideramos insignificante sea más grande de lo que nos parece a primera vista, y por eso hemos caído ya en la tentación de no darle importancia. Quizá una discusión sin sentido en el seno de una familia, tomada a broma, suponga haber caído en la tentación. Quizá una mala respuesta y un tono fuera de sí, sea haber caído en la tentación de lo superficial. Quizá una acción de descanso y reposo, en lugar de seguir esforzándose por la propia vida y por la ajena sirviendo y gastando el tiempo en ayudar a otros…. quizá suponga que ya hemos caído en la tentación.
La tentación no se viste de feo, ni de espantoso, ni de malo malísimo como en las películas. Lo peor es que propone algo que, a simple vista, es algo genial. Por lo tanto, el peor amigo (quiero decir el mejor, pero no creo que sea buen amigo) de la tentación es la superficialidad de la mirada y la falta de formación del corazón para resistirla. En definitiva, la falta de discernimiento.
Quien sólo conoce tentaciones … de las claras, de las visibles… es que no se ha dado cuenta de que la vida del hombre y de la mujer hoy, de los jóvenes y de las familias, es un terreno minado para quienes quieren ir en dirección al amor, a la verdad, al bien y, por qué no decirlo, a la santidad como esa llamada que Dios hace a todo hombre para que sea feliz.
Quizá hoy nos debamos detener un poco y gastar tiempo en las tentaciones que nos acechan, pero sobre todo, quizá hoy sea un día especial para avanzar en la propia formación y en la mirada en profundidad.
¿Por qué me ayudas?
Llevo días pensando en esto. Os cuento. El martes por la tarde tenía que hacer algo. Sé que hay personas con quienes puedo hablar para comentarles lo que necesito o si pueden ayudarme, y otras con las que, por lo que sea, no tengo valor a comentarlo. Quizá sea el miedo a un posible rechazo, a que no puedan, o a que yo entienda que están poniendo excusas para no mojarse. La verdad es que comprendo, casi instintivamente, que hay personas que sí y otras que no. Pero no sólo me pasa a mí, sino también a los demás. Cuando he compartido esto, todos me han dicho algo por el estilo.
Pero bueno. Después de esta reflexión apunto que me sorprendió la presencia de alguien. Insisto en lo anterior: hay personas a las que con sólo mirar saben que estoy liado y que echan una mano en todo cuanto puedan (he de reconocer que incluso me da vergüenza pedir algunas veces); pero lo que me sorprendió fue ver que alguien, cercano y amigo, se sumaba al plan de trabajo (uffff) sin siquiera pedirlo.
Para mí, ese día, fue una gran lección.
¿Experiencias de juventud?
Son simplemente experiencias de juventud. Algunos jóvenes se sentirán, quizá, identificados. Han sido parte de la celebración del Miércoles de Ceniza, donde identificamos nuestra llamada a la conversión y a la fe.
Salí de mi casa sin saber qué me iba a encontrar. Como todas las mañanas me arreglé para que se fijasen en mí, cogí mi cartera con mis cosas del colegio, caminé la distancia que hay entre mi clase y mi colegio, entré y me senté en mi sitio. Hasta ahora me había encontrado a mis amigos por el camino y con ellos hablé de mis cosas, de mis preocupaciones. Empezó la mañana, salió un compañero a rezar, y ese día escuché:
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Quiero presentarme antes de empezar a hablar. Pero ahora que lo pienso, no sé bien quién soy. Hasta este momento me he conformado con lo que otros han dicho de mí: que si soy guapo o fe, que soy voy bien vestido y a la moda o si llevo ropa de antes, que si soy buen estudiante o soy malo, que si juego bien o no, que si hago amigos o no, que si puedo escuchar o no, que si se puede confiar o no, que si…______
Es lunes, pero esto se termina pronto. Los profesores dicen que el trimestre es corto y que todo va a pasar rápido. La verdad es que tengo ganas de que llegue el fin de semana y poder liberarme del trabajo y de los estudios. Este fin de semana además tengo cumpleaños, y estoy inquieto. ¡Qué ganas tengo de que todo se pase de una vez! ¡Qué ganas tengo de disfrutar de lo que me gusta!
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Vaya persona. Siempre va sola, y no me extraña, la verdad. Con esas pintas que lleva no creo que nadie quiera acercarse. Cuando le preguntas algo enseguida se te pega como una lapa. Está necesitada, se la ve.
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Hoy tengo que hacer muchas cosas. Hoy tengo que preparar los deberes, pero también iré corriendo a la Escuela Oficial de Idiomas. Antes quiero ir a ver una cosa en el centro. Espero que me dé tiempo y que nadie me entretenga. Cuando salga de la Escuela no puedo perder ni un minuto o me perderé el inicio de House. Cuando estamos viendo House en mi casa todos están callados, nadie dice nada. Reina el silencio y la tranquilidad. Incluso apago el Messenger para que nadie me moleste.
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Estoy tranquilo sin que nadie me moleste en estos momentos. Estoy en lo que me apetece, solo. Tengo todo lo que quiero y creo que no hay nada que pueda quitármelo. He comprado lo que necesito. Nada me inquieta, ni me urge, y con pocas cosas me conformo. La verdad. Estoy sentado en mi sillón. Me gustaría ser capaz de hacer más cosas y de disfrutar de una buena tarde, pero me miro y me da vergüenza.
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Hoy ha surgido una nueva esperanza en mí. Me veo rodeado de personas nuevas, lejos ya de aquellas que me hacían tanto daño. Fueron ellos quienes me invitaron a salir un fin de semana, el plan era sencillo, simplemente ver una película. Y aquí estoy. Creo que tengo mejores amigos que antes, que me quieren más y con los que no ando ocultado lo que siento. Ahora, verdaderamente, puedo decir que tengo amigos que me quieren y a los que, y esto es lo que más me alegra, quiero de verdad.
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Todo era negativo. Si pienso en mí hace un año no veo más que un pobre muchacho que buscaba siempre hacer lo que quería. En cuanto un adulto o alguien mayor se ponía por medio todo eran gritos. Pero hoy me veo mejor, he crecido. Ahora puedo hablar, razonar, dialogo las cosas. No tengo por qué salirme con la mía siempre, ni hacer lo que más me gusta. Ahora quiero que me aconsejen y busco no equivocarme. No sé por qué fue, pero maduré. Me veo distinto, me siento distinto. Y me alegra enormemente.
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Ya no hago lo que los demás quieren. Antes me pasaba la vida intentando agradar y dar gusto a otros. Que si a mis padres, que si a mis amigos que si a mis profesores. Era la imagen bonita en todos los sitios. Pero ya no es así. Ahora he dejado de hacer lo que los demás quieren y me encuentro conmigo mismo. Todos notan un cambio, y no es malo.
