Preguntarse a sí mismo

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¿Desgana a destiempo?

Me pide un amigo que comente esto. Hoy hemos tenido una reunión, durante todo el día prácticamente. Comenzamos por la mañana y paramos para comer, después de conversar un rato, regresamos a la tarea pendiente. La cuestión de la reunión era formalizar algunos asuntos de un encuentro de jóvenes que tendremos en breve. El grupo trabaja muy bien. Siento que somos eficaces y que, a la hora de poner en común cuanto vivimos y somos, también nos encontramos en comunión. Esto es muy importante, porque el trabajo se hace más sencillo, se nota la disposición de todos a comprender la postura del otro, no importa ceder el propio criterio cuando el compañero o compañera expone argumentos mejores a los propios. Todos pensamos, todos exponemos, todos trabajamos, pero por encima de cualquier cuestión está el bien común, que en este caso no es nuestro propio bien sino el de los jóvenes. Me encanta, sinceramente, este grupo de trabajo. Quizá sea de los mejores que he conocido, aunque no sea el mejor que existe. Ojalá también vosotros tengáis esta experiencia, esta visión de la comunidad y de la sociedad, donde prima el bien común.

Sin embargo, no quiero escribir sobre esto. Me refiero hoy, con el título del post, a mi postura en la asamblea. Llegado un momento del día me ha entrado una gran desgana, de esas que casi no se pueden soportar. No puedo decir que sea cansancio porque acabo de regresar de las vacaciones; no puedo decir que sea incomodidad, porque me encuentro agusto y cómodo. Lo único que puedo decir es eso, algo así como “desgana”, de esas que todos hemos tenido en algún momento por encima de nuestras fuerzas, por encima de lo que apreciamos el momento y por encima del trabajo hecho.

Es una desgana al estilo de las pájaras de los corredores. Se ve la meta, se quiere llegar a ella, pero faltan las fuerzas y quedan minadas las posibilidades de seguir pedaleando. Aún así he permanecido, reconociendo ante el grupo la incapacidad que reconocía en mí para aportar esfuerzos y sumar ideas en ese momento.

Dos cuestiones importantes he aprendido: no conviene dejar las cosas para última hora (esto lo he pensado muchas y muchas veces, pero no entiendo por qué me sucede una y otra vez; esperar el instante de la tensión y de la “ultimidad” para dar salida a lo que me debería ocupar más tiempo y espacio y preocupación); y también que, por encima de la desgana, estaba la validez de los demás (es decir, que más allá de lo que yo vivía me encontraba respaldado por las tareas bien hechas por el resto).

De aquí, a la vida en general: Incluso en la debilidad se encuentra la fuerza. Existe una frase de la celebración de la Eucaristía que me lo recuerda, diariamente. Y también, increíble experiencia e increíble conciencia de la realidad: estos momentos no son previsibles, por lo que conviene, con especial urgencia, estar preparados para ellos, ser precabidos y prevenidos, no obviar la posibilidad de la noche, de la prueba, del desconsuelo o de la soledad, de la falta de fuerza, de la debilidad y de la carencia de esa luz que habitualmente, gracias a Dios, ilumina y brinda la posibilidad de amar por encima de todo.

A través de estas pequeñas experiencias se ilumina para mí la cuestión del mal y de lo indominable de nuestras circunstancias existenciales. En definitiva, la de la radical vulnerabilidad y fragilidad humanas. Quizá sean de los momentos más perceptibles, de los momentos más luminosos: transparentan la realidad más humana impidiendo a la persona quedarse en ellos, emergiendo los primeros pasos casi naturales y constitutivos de la esperanza y lucha contra la injusticia, contra el mal. El deseo, lo sobrehumano, la complejidad de la existencia, todo… vivido desde la fe se convierte en, una vez más, momento de luz y de compañía.

Enero 12, 2008 - Publicado por mambre | Confianza, Esfuerzo, Luz, Trabajo, Unidad, amor, atrevimiento, comunidad, entrega, esperanza, jóvenes, mal, persona, personal, preparar, reflexión, sociedad, vida | , , , , , , | No Comments Yet

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