¿Vivir divididos, atrapados?
Hoy pienso sobre el “pecado”. Ayer por la noche, como todas las noches, aunque ya era muy tarde, me acosté leyendo un libro. Procuro siempre detenerme en una lectura que sea interesante y que me dé la oportunidad de seguir pensando y orando mi vida. Y cogí el segundo libro de la Teología Sistemática de P. Tillich, que trata de “La existencia y Cristo”. Gracias a su método de correlación (esto es una nota fácil, no es nada erudito) a mí se me abrió un mundo para el diálogo entre la fe y la cultura amplio, y se lo agradezco, por lo que siempre tengo presente su obra en muchas cosas del día a día.
En su libro habla de la alienación como si fuera: separación, negación de una parte esencial de su propia vida, de la falta de confianza, de la descreencia, del orgullo que me sitúa donde realmente no puedo estar, es decir, en el lugar de Dios. Para los cristianos de hoy el pecado se traduce en no cumplir ciertas normas, pero eso es estar fuera de la cuestión realmente importante. Lo fundamental no son las normas o leyes, sino la vida y lo cotidiano. Y es allí donde se puede descubrir en qué medida el pecado es fuerte y se opone a Dios y al hombre. Si fuese cuestión de meras normas y de respeto a lo que otros dicen… si esto fuera así… ¡qué sentido tendría seguir hablando de la vida! De lo que va el pecado precisamente es de la vida de muchas personas que encuentran una distancia enorme entre sí mismas y su vida, entre sus deseos y su vida, entre su voluntad y su vida.
Ayer tuvimos un pequeño diálogo en un grupo al que asisto todos los domingos por la tarde. No era sobre el pecado, pero faltó ponerle esta palabra. El resto trataba sobre él pero sin nombrarlo. Uno de nosotros sentía que se había quedado sin vida en el ajetreo de la existencia, entre estudios, trabajo y horario. Otro decía que no entendía, más o menos, por qué no podía hacer lo que realmente sabía que estaba bien. Otro compartió su experiencia de desorden en algunos aspectos… Y así sucesivamente. Si a todos nos dan oportunidad de hablar podríamos haber compartido cosas similares. ¿Quién no ha vivido en algún momento que no es él el dueño de su vida? ¿Quién no se ha dado cuenta de la injusticia que supone no poder hacer el bien? ¿Quién no ha sentido con horror y dolor la fuerza de la mentira? ¿Quién no se ha sobrecogido ante la duda de que Dios quiera lo mejor para nosotros? ¿Quién no se ha quedado con una imagen de Jesucristo como un hombre, histórico pero de hace mucho tiempo, que realmente no está cerca de mí hoy y aquí, en mi paso a paso, en mi día a día?
De esto sí va el pecado. Alienación, caída, descreencia, ruptura, división, mal… Dilo como quieras. Pero es tan real como la vida misma.
¿Y ahora que lo descubres… qué hacemos?
El pecado no es ni mucho menos lo que el cristiano tiene que descubrir. No es parte de la buena noticia. Lo que salva no es descubrir esto, lo que salva es la BUENA NOTICIA. Dios es perdón, misericorida, fuerza, amor entrañable, confianza, verdad…. Dios está, y el hombre nunca puede vivir solo.
¿Paradojas?
En clase dejé que mis alumnos se acercasen a ellas. A partir del título de una leyenda de Bécquer, sobre una doncella fantasmagónica que era capaz de hablar, ellos expresaron paradojas de nuestra existencia: soledad acompañada, tristeza alegre y alegre tristeza, acompañamiento solitario, luz oscura y oscuridad luminosa, pensamiento ilógico y confianza desconfiada, valentía cobarde y cobardía valiente… Muchas más surgieron. Se llaman “antítesis”.
Me parece genial poder descubrir las propias. Lo que pensamos que no puede darse, que no puede pensarse dos cosas al mismo tiempo, no es cierto. Es totalmente verdad: ambos casos, ambas palabras, ambas realidades conviven y lo hacen dentro de mí, en mi existencia, con mis pasos y palabras, con mis actitudes.
Cuando mis alumnos se dieron cuenta se quedaron perplejos. Hasta entonces no lo habían pensado. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo puede darse esa triste posibilidad en la que no se hayan detenido a pensar en lo que llevan dentro y les hace vivir?
¿Soy leyenda?
Es el título de una película, cierto. Es también una historia fantástica, que nunca ha ocurrido, cierto igualmente. Es una creación ilógica, que no explica bien cómo surgió, y una vez más cierto. Pero también creo que ninguna cosa se le ocurre al ser humano al margen de la realidad, ninguna. Creo esto.
Voy a hacer una lectura metafórica. ¿No es cierto también que a veces nos sentimos solos? ¿Que entendemos que, en nuestras calles, todo ha cambiado y la situación se ha enloquecido? ¿Que vislumbramos una luz propia frente a otras oscuridades? ¿Que queremos pasear tranquilamente por un mundo justo para todos, mientras otros permanecen encerrados en sus vidas y en sus casas?
Leyenda. Soy leyenda. En esos momentos, ¿no es cierto que también es verdad que en esos momentos, igual que en la película, nos vienen continuamente recuerdos de otros instantes felices de nuestra vida?
No sabemos porqué se produce ese cambio en nosotros. En mis clases lo llamo, utilizando palabras de otros, ruptura de nivel. En la película son todos los que cambian, pero en la realidad el que “cambio” soy yo, el que varía en su forma de pensar y de vivir soy yo. Algo ha sucedido en mí que me permite “ver” con más claridad.
La lectura de hoy: A QUIENES HABITABAN SOMBRAS DE MUERTE, UNA LUZ LES BRILLÓ.
No elegimos el momento, viene solo. Es el Espíritu quien interiormente nos ilumina. Lo mejor de todo es que la esperanza surge cuando, en el rostro amigo, otro comparte lo mismo que yo llevaba callado. Otro que igualmente pasea por las mismas calles, abre su boca y dice algo que hasta entonces pensaba que era sólo mío.
A esto se le llama comunidad. Si hablásemos, si compartiésemos, si dejásemos salir el Espíritu que gime y clama en el corazón… no estaríamos solos. Él ha puesto en otros la luz que creo sólo mía en momentos de oscuridad.
¿Disponible?
Insisto últimamente mucho en esta palabra. Creo que la vida me ha mostrado, de alguna manera me ha contado incluso a través de mis pasos, que la disponibilidad es fundamental. En el día a día redescubro mi vocación a través de la disponibilidad. Quienes me acompañan a diario durante los últimos años conocen cómo he ido respondiendo, quizá no siempre pero sí en cosas fundamentales, desde la disponibilidad a lo que los otros quieren, y esto, que al principio es simplemente obedecer, se ha hecho para mí algo fundamental.
Probablemente en estas pocas líneas no pueda recoger toda la vida que me ha dado el simple hecho de estar abierto a las propuestas de otros, manteniendo mis propios criterios. Empecé a ser profesor de algo que, si bien entraba dentro de mi lógica, no me agradaba del todo y ahora, algo más de tres años después, es un núcleo central de mi pensamiento y me ha abierto un mundo. Empecé a ser catequista de un grupo que yo creía que no era el adecuado. Esto sucedió un año, pero al año siguiente se volvió a proponer otra cosa que, una vez más, me ha dado amigos y me ha permitido encuadrar mi vocación escolapia y educadora de modo admirable. En una reunión, hace algo más de un curso, faltaba alguien para un servicio en la comunidad educativa. Me presenté voluntario. Sin duda alguna, después de contemplar el paso de los días y de los sufrimientos y alegrías, para mí está siendo de lo más enriquecedor.
Estas pequeñas cosas, que no habría hecho de no estar disponible, se están convirtiendo en el centro de mi experiencia de Dios, realidades cotidianas que transparentan palabras hermosas del Evangelio, desde el nacimiento en Belén haciéndose pequeño hasta momentos de Pascua. Parece mentira que yo, tendente siempre a la seguridad y al control haya incorporado paulatinamente este dejarme sorprender. Si yo soy capaz, cómo no van a serlo también otros.
Además adquiere nuevo realismo el Evangelio. Tanto la palabra aquella en la que un hombre estaba tirado en el camino, como la sentencia de Jesús sobre dónde reclinar la cabeza, como el hágase de María, como la escucha atenta de la voz del maestro junto al lago, como los deseos de la gente sencilla que se acerca a Jesús, como el ciego al lado del camino, como el que no podía caminar, como quien encuentra amigos… Se sitúa de forma real, porque encuentro vida de por medio. Mi vida, pero una vida que no es simplemente mía. Como dice Pedro Salinas, un mundo que miro con ojos de otro.
¿Para qué sirve esto?
No sé quién habló del utilitarismo por el utilitarismo. La mirada práctica, la mirada meramente científica, la mirada concreta, la mirada utilitarista… las miradas frágiles y fraccionadas.
Hoy he hecho una poesía en clase, con mis alumnos de Diversificación. Al principio todo era y esto para qué, y para qué, y para qué, y para qué…. y todo igual. Y todo para qué. Después de introducirnos en el nivel del amor, del romanticismo, de plagiar el estilo de una poesía de Bécquer… después de modificar el prisma de la mirada ya no tenía sentido preguntar otra vez lo mismo. Ya sobraba, estaba de más, era inútil hacer una pregunta cuando no correspondía. Era incluso estúpido.
¿Por qué no dejas llevarte por otros derroteros? ¿No te das cuenta de que el amor no sirve para nada más que para amar? ¿No sientes que confiar es lo más estúpido en relación a lo práctico, pero que es lo único que importa? ¿No sientes que los amigos no están “para” algo sino que son amigos y eso es suficiente? ¿Para qué sirve que te regalen algo cuando lo importante es quién te lo regala?
¿Dejar de ser niño?
Desde el lugar en el que escribo veo el patio de mi colegio. Ahora mismo hay unos niños de primaria jugando a correr entre ellos, al famoso Pilla-Pilla, dando vueltas alrededor del grupo que los mira con ganas de ser ellos quienes se pongan a correr.
Me pregunto si he dejado de ser niño. Los miro con la distancia del adulto que ha perdido algo de esa inocencia, ingenuidad y sencillez. Algo se ha ido y se ha alejado a medida que he crecido durante los últimos años. Con todo, también desearía muchas cosas de su vida, que fue también la mía. Lo sé y lo quiero. Los veo como propios. Yo también soy así.
Es cierto que soy adulto, pero no se puede borrar la huella del pasado y los momentos vividos. Si soy realmente fiel a mí mismo, yo también soy niño. Si me lo callo, miento. Es más, quisiera compartir y seguir siendo como ellos. Algo de los niños no se debería olvidar a media que se crece.
Jesús, ¿quién es?
Me atrevo hoy con una pregunta de las largas. No me extenderé mucho aunque sea de las de tratado. Cualquier persona, si lo piensas bien, merece un libro entero. Intentar hablar de las personas sin reduccionismos, sin malas salidas, sin quedarse en preámbulos, sin hablar en exceso de lo mejor que tienen…. o sin cargar las tintas en lo contrario… lleva de por sí un tratado entero.
Hoy he escuchado sin embargo un Evangelio que me ha sonado a distinto. Durante este curso se han publicado dos grandes libros, en español, que han dado que hablar. Uno es de Ratzinger y otro de Pagola. Los dos sobre Jesús de Nazaret, personaje increíble de nuestra historia contemplado desde la fe como Hijo de Dios. En los Hechos se dice de Él que pasó haciendo el bien, Mateo no se cansa de anunciar que Él es quien cumple la promesa y da sentido a la esperanza de Israel (es más, Él es el Reino de Dios entre nosotros), Marcos le llama continuamente a través de títulos como queriendo conquistar su esencia para dar a conocer a todos los hombres lo acontecido, Lucas le presenta tierno y cercano a las realidades humanas, y Juan es un evangelista prendado de su belleza, de su luz, de su fuerza, de la vida y el camino que ha abierto para los hombres que buscan a Dios y que pretenden conocerse a sí mismos.
Pero el Evangelio de hoy habla del testimonio. Un hombre, Juan el bautista, antesala del nuevo reino y que condensa todo el camino de la historia de la salvación, se planta y dice: “Le he visto.” La gente le debió mirar como con cara de sorpresa. En otros casos le felicitaron y se alegraron por él, pero se quedaron como estaban. Otros en cambio siguieron sus pasos, se fiaron y confiaron su vida en las palabras de Juan. “Ése es”. “Está entre nosotros.”
La gran diferencia entre quienes han visto y quienes sólo han escuchado es la experiencia personal. Para la Escritura puede hablar cualquiera, pero ver pocos. A muchos se les condece escuchar, pero no ver. De hecho, ver a Dios es un privilegio reservado a dos o tres hombres… hasta Jesús de Nazaret. En Él podemos ver a Dios, admirarnos por Dios, contemplar su gloria, lo excelso de su vida, su increíble amor y fuerza, su ternura y cercanía. Todo. Todo cuanto dicen los Evangelios al alcance de nuestra mirada, de nuestra vida, de nuestra inteligencia y de nuestra fe y confianza. Todo eso, escrito desde antiguo, hoy se hace presente y es posible testimoniarlo.
A mí me toca en medio de la escuela. ¿Tú dónde das testimonio de quién es Jesús?
¿Dios es todopoderoso?
En respuesta a un comentario. Lo extraigo para ponerlo como post y dar la oportunidad de dialogar intensamente sobre esta cuestión. Adelanto mi comentario.
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Entiendo más o menos la pregunta, aunque he de reconocer que su formulación es curiosa. Nadie hasta ahora me había hecho esta pregunta así.
¿Tu crees que nos podemos inventar cosas sobre Dios? Yo creo que sin duda alguna sí. De la misma manera que con otras personas nos confundimos o decimos cosas que no son verdad, también con Dios puede ocurrir. Eso serían algo así como falsas imágenes, desvirtuaciones, tergiversaciones… Como podrás darte cuenta la mayor parte de ellas nacen de la ignorancia, de las ganas de incomodar, de la falta de criterio, de la maldad, de aspiraciones ocultas… y también de la murmuración, de escuchar a ignorantes y a personas que “van por detrás” en la vida.
A todo esto, una respuesta contundente. Quienes conocen a Dios no dudan de que sea Todopoderoso. Es más, lo reconocen abiertamente en distintos momentos de su vida. No porque Dios vaya presumiendo de esto, como si fuera un fariseo sentado en los primeros bancos (que dice el Evangelio), sino por otros motivos bien distintos: por la convivencia con Él, por la confianza, por la fe.
Esta es mi respuesta. ¿La tuya?
¿Formación cristiana?
Ayer tuvimos una gran conversación por la noche, durante la celebración del cumpleaños de un amigo (y me alegro de poder decir esto de él y de ellos, del resto de comensales, porque es Dios quien nos ha reunido, de alguna manera).
Ya comentaré más. Pero sólo una pregunta después de una reflexión.
Hace años, algo más de 40, el Concilio Vaticano II dio un giro “inesperado” para la Iglesia católica. Muchas cuestiones se replantearon de tal manera que la vida de la Iglesia hacia dentro y hacia fuera se transformó radicalmente. Una cuestión principal fue la consideración de la Iglesia como pueblo de Dios y la importancia del bautismo, de donde nace el sacerdocio universal de los fieles.
Ahora la pregunta. ¿La crisis vocacional de la Iglesia ha sido fundamentalmente laical, y no tanto a nivel de los curas, religiosos…?
¿Al amor más sincero?
Hay una canción antigua que habla de esto. No la voy a criticar. Simplemente me ha llamado la atención la unión entre amor y sinceridad. Un simple comentario: Por amor no se miente, en ningún caso; es más, por amor la verdad se dice aún a riesgo de encontrar rechazo o dolor, porque el amor no puede negarse a sí mismo; aún más allá de esto, si el amor engañara… ¿de qué te fiarías en la vida?
No puede haber un amor más sincero que otro. Habrá más o menos amor, pero no por su sinceridad sino por otras razones. Creo que es una contradicción, o mejor dicho, van de la mano inseparablemente.
Quisiera “narrar” (contar un cuento, una historia) pero hoy escribo y borro, borro e intento escribir sin que aparezca nada que sea importante. Así que… sin más me despido con la firme convicción de que ser sincero es también una forma de amar, quizá de las más importantes, pero que amar no puede ir sin sinceridad.
