¿Necesitamos tantas palabras?
Supongo que sí. Cada una de las palabras es una puerta abierta al mundo.
¿Estás despierto?
Probablemente todas las personas del mundo han sido despertadas con esta pregunta alguna vez. A mí esta mañana con el móvil. Suena y lo cojo. Y al otro lado del teléfono se escucha: “Lo siento. No sé si estás despierto. Si no… cuelgo.” A estas alturas de la conversación ya da igual, la verdad. Probablemente no pueda volver a pegar ojo. Pero es lo mismo.
Me asombra la facilidad para comunicarnos. Y me he preguntado hoy por la ignorancia de quien llama. Quien coje un teléfono y marca no sabe en qué situación se encuentra la persona que busca. Pero sigue adelante. Creo que lo mismo sucede cuando, sin teléfonos y aparatos, más de una vez nos ponemos a hablar y hablar y hablar con otras personas por el mero hecho de hablar y hablar y hablar sin conocer en qué situación se encuentran.
¡Qué sabia es la pedagogía de la oración! Lo primero siempre es ponerse en conversación conociendo cómo estás y con Quién estás. Si eso lo llevamos a la vida, a las relaciones tú a tu, al cara a cara… también provocará sus frutos.
¿Acción social?
Hemos creado un nuevo blog, para quien no lo sepa, dedicado a la Acción Social. En los colegios Escolapios existe como departamento, que se encarga de coordinar la formación y educación de personas también en este campo. Para Calasanz es fundamental conocer bien que el mundo podía cambiar, ir a mejor, ser más justo. Y esto no sólo supone medios económicos o materiales, sino personas enteras, de carne y hueso, personas íntegras y disponibles. Esto es el DAS.
Os invito a dar un paseo por él y a postear como bienvenida:
http://informadas.wordpress.com
Gracias
¿Escolapio? ¿Para qué?
Esta pregunta ni la respondo por ahora. Quienes me conocen y se atreven a conocerme, lo comprenden de sobra. Para mí la vida se ha convertido en un tema personal de educación, y la educación en un tema de profundo diálogo con Dios. En mis clases intento tratar a los jóvenes tal y como voy descubriendo que Dios me trata a mí. Algunos se dan cuenta, otros no. Algunos me aprecian y otros me desprecian. Algunos la comparten, otros la huyen. Algunos escuchan atentos y otros pasan de puntillas. Pero es así. Esta es la maravilla de mi vocación, y no todos la reciben igual, aunque no puedan cambiarla. Dios es mi maestro, Dios es el Maestro; deseo que Jesús sea quien dé clases a los jóvenes que me encuentro, quien les explique las cosas más elementales de la vida, quien luche por su futuro, dignidad, libertad y convivencia. Quisiera que Jesús fuera el maestro de todos los niños y niñas del mundo, el profesor de todos los jóvenes del planeta. Quisiera que fuera él y no yo, por eso soy escolapio. Cuando celebro la Eucaristía y mis labios y gestos acompañan la consagración, “Esto es mi Cuerpo” y “Esta es mi Sangre”, que se entrega y derrama por vosotros… yo pienso en mis alumnos y las personas que me encuentro diariamente.
¿No te gustaría ser padre?
¡Qué atrevidos que somos! ¡Esta pregunta… parece que no corresponde!
Gracias al atrevimiento de algunas personas puedo volver a tomar ciertas decisiones en mi vida, retomar cosas que dije en el pasado y resituarlas en el presente. Cuando empecé mi camino como escolapio (en los estudios), con mis primeros votos, también hice públicamente un compromiso de “no tener hijos”. Esto es mucho más importante que “no echar un polvete, casquete… o como quiera llamarse”. Tener hijos, fruto del amor con alguien, es bellísimo.
En mi caso, no es cuestión de gustos. Creo que en la vida de ninguna persona “tener hijos” debería ser una cuestión de “me gusta” o “no me gusta”. Es una llamada, es una respuesta, es un fruto. Insisto, en mi caso no es que no quiera o no me guste, sino que mi camino y mi paternidad se enfocan de diferente manera. No quiero espiritualizar estúpidamente, pero siento como “hijos” a muchos jóvenes y niños, y trato con familiaridad a tantos otros que se han ido cruzando en mi camino.
No es que no quiera. Es que siento que Dios me ha hecho fructificar de forma diferente. ¿Es una lacra? No. ¿Es un fastidio? Por ahora no lo vivo así. ¿Es una opción personal? Ni siquiera esto del todo, porque es fundamentalmente una respuesta a una llamada urgente que Dios hacía: Entonces me dijo “Necesitamos escolapios que hagan de padres para los niños y jóvenes” y continúo descubriendo hoy como ayer que esto sigue siendo una vocación para mí.
¿Por qué eres cura?
Hoy me lo han vuelto a preguntar. La verdad es que tengo miles de respuestas para esta pregunta. Casi tantas como personas que me la hacen. Pero llego siempre a la misma conclusión: descubrí a Dios, me cautivó la educación y la entendí como misión.
Y la gente, después de esta pequeña respuesta, insiste: “Ya, ya. Pero, ¿cómo llegaste a ser cura?” Y retomo de nuevo la cuestión: Primero digo que es un proceso largo y tal y cual, para terminar recordándome a mí mismo la maravilla de haber vivido todo lo que he vivido, para haber sido acompañado por tantas personas y haber sido testigo de la apertura de tantos corazones. Soy afortunado, también gracias a esto soy quien soy.
Que es cierto: me preguntan cosas, y doy respuestas fáciles. Es verdad. Pero cuando voy explicándome, a medida que voy hablando, me siento lleno de vida, con una Vida nueva.
Por eso, soy cura.
¿Compasión o con-pasión?
Entiendo que no esté de moda esta palabra. La verdad, lo comprendo perfectamente. La compasión ha sido utilizada muy mal: “pobrecito…”, “qué pena da…”, “voy a ayudarlo porque si no…”
La con-pasión entiendo que es diferente. Es algo así como hacer algo movido por una pasión, por un empuje, por una necesidad interior, por un movimiento interno. ¿Hacia dónde? ¿Hacia mí mismo o hacia el otro?
Además de ser mal utilizada, también se ha tergiversado su significado. Compasión no significa qué pena me da, sino que vivo en mí mismo lo que el otro está viviendo. Por eso me acerco no desde mis sentimientos, sino desde los suyos, desde su vida. Simpatía y compasión son muy cercanos en sus profundidades. Pero preferimos al simpático que al compasivo.
¿Tú también prefieres como todos?
¿Por qué vas tan rápido?
La velocidad es una característica de nuestro tiempo. El ritmo, las prisas, el reloj. Todo marcado y con exigencia de puntualidad. Horarios, diarios, calendarios. El siguiente paso será el minutario, en pura lógica.
Con la vida no se juega. No se la puede acelerar ni conviene hacerla esperar. La mitología clásica contaba que una de las edades de los hombres era durante 100 años como los niños pequeños, y cuando esos seres llegaban a adultos no sobrevivían porque no tenían recursos. A la vida no se le puede cambiar su ritmo.
Hoy estamos en una gran tesitura: por un lado la falta de responsabilidades hace que los jóvenes sean progresivamente adolescentes durante más tiempo y curiosamente, por otro lado, se adelantan sus experiencias menos deseables.
Mejor no ir tan rápido, ni tan despacio. Se nos han cruzado los cables.
¿Te lo llevas?
Si nuestra sociedad necesita dinero rápido, eso significa que tenemos que consumir. Vivimos con un ritmo de vida grande y por lo tanto se supone que el dinero se reparte a partir de comprar y vender. Necesitamos, necesitamos… crear necesidades Los anuncios… son geniales. Muchos lo piensan: son creativos, atrevidos, punteros socialmente en cuanto a las modas, e incorporan rápidamente cualquier novedad. ¿Cómo puede venderse por televisión un perfume?
Dios funciona a la inversa. No trata de agarrar para convencer. Sino más bien propone. Es mi experiencia. Dios es lo contrario a un anuncio publicitario: no te crea necesidad, sino libera; no te engaña o miente, es sincero; no se mueve por modas, Él siempre permanece.
¿Por qué preferimos que nos digan “No serás feliz hasta que no tengas este producto” en lugar de “Sólo serás feliz si descubres quién eres”? ¿Por qué dejamos que esto ocurra? ¿Qué criterio mueve nuestra vida?
¿Qué tal estás?
Creo que es una de las preguntas más tontas de nuestro lenguaje. No vale para nada porque todo el mundo la usa. La mayor parte de las veces voy viendo que es preguntar sin querer escuchar respuesta alguna. Es como si alguien preguntase por preguntar, por iniciar una conversación.
Sin embargo la pregunta cambia mucho entre amigos. Cuando dos se encuentran… ya saben el uno cómo está realmente el otro, y viceversa. Ahora la pregunta es el inicio de una conversación “de corazón a corazón”.
La oración se inicia siempre, por parte de Dios, con un qué tal estás amistoso. Muchos no lo descubren, pero es la puerta para entrar en ese momento con tranquilidad y obtener los frutos de un encuentro donde el amor, la confianza y la esperanza se van sembrando.
Qué tal no es “quiero conocerte”, sino “porque te conozco… te pregunto.”
