Preguntarse a sí mismo

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¿Quién soy?

Esta pregunta es más frecuente que la formulada en segunda persona: ¿Quién eres? Me atrevo a decir que es más frecuente porque trabajo con adolescentes, que están todo el día, lo quieran o no, preguntándose esto. Luego, si sumásemos todas las veces que ellos se preguntan y que nosotros nos hemos preguntado (ya que soy adulto y superé ese momento de la vida) quedaría una cifra enorme.

Además, sumo a esa cantidad, cada uno de nuestros actos, de nuestros pasos y de nuestras opciones. Dar un paso en la vida supone responder esa pregunta. Me explico, porque creo que incluso yo me he perdido en mi razonamiento. He dado por supuesto que nunca sabemos totalmente quiénes somos; es estúpido decir en algún momento de nuestra vida que sé absolutamente quién soy teniendo por delante camino. Continúo explicándome. Aún en el caso de que haya sido totalmente coherente con aquello que digo ser durante años y años de mi vida, siempre tengo la posibilidad, al instante, de tirarlo todo por la borda. Quien se ha dicho mil veces que es un buen estudiante, puede dejar de estudiar. Y quien se ha hartado de escuchar y decirse a sí mismo que es un mal estudiante, también puede cambiarlo en un momento dado de su vida. Quizá las circunstancias sean muy importantes para poder respondernos. El casado se ha dicho durante años y años que es casado, pero si da un paso en falso fuera de su matrimonio, ya no lo tendrá igual de claro. Y a la inversa se podría plantear la cuestión. Cualquiera que se atreva a decir que es valiente, puede sentir miedo; y le podríamos dar la vuelta a la cuestión. Luego llego a la conclusión de que en cada momento de la vida se responde a esta pregunta. Cada acto es afirmación de lo que creo y quiero ser, de lo que he descubierto de mí mismo, o puede también ser lo contrario.

¿Mi vocación? La vocación de cualquiera, esa llamada profunda en el interior del corazón que empuja con fuerza a salir, a mostrarse, a liberarse del silencio de los sentimientos y de las ideas para concretarse “rodeado de otros”, en un espacio donde los otros puedan confirmarla, compartirla, vivirla… esa vocación es una respuesta a la pregunta sobre mí mismo, a la pregunta “¿Quién soy?” Pero no lo es todo. No es una palabra que se ha pronunciado en un momento, sino una palabra que tiende a desarrollarse, a dilatarse, a espandirse. Cuando en el rito de la ordenación sacerdotal escuché “vive lo que celebras”, comprendí que la celebración en la que estaba inmerso, con toda su fuerza y expresividad, es sólo un momento más en el largo camino en el que tengo que responderme a mí y a los demás la pregunta sobre la que hoy hablo. Es cuestión de cada segundo, de cada minuto, de cada instante de una vida dedicada y entregada a esta pregunta.

Y también es cierto, no puedo callármelo, que en la medida en la que aprendo a responderme con paciencia, a aguardar a la vida y a no adelantarme, también en ese momento estoy contestando otras dos preguntas fabulosas: “¿Quiénes son los otros, las personas, la persona y lo más humano?” y “¿Quién es El más excelso del mundo, Aquel que no puede negarse a sí mismo, Aquel que se conoce; quién es Dios, quién es Jesucristo?”

Septiembre 30, 2007 Publicado por mambre | fe, jóvenes, mal, palabra, personal, preguntas, profundidad, reflexiones, reflexión, sociedad, tiempo, vida, vocación | | 2 comentarios

¿Son dos días?

Por cuestiones que no vienen al caso, pero interesantes de cualquier forma, llegué a esta pregunta hoy. ¿Son dos días? Si me dijeran que son dos días, ¿qué pasaría? Me explico, si me dijeran que son dos días de vida los que me quedan, ¿qué pasaría? ¿Para qué sería el primero y para qué el segundo? Algunas veces nos dicen esto, piensa que es tu último día, y entonces todo se atropella. Pero ¿si fueran dos?

En mi caso el primero sería para dejar atado cuanto he desatado. Me doy cuenta fácilmente de que son muchas cositas diarias las que dejo a medias. No quiero decir con “atado” algo así como “terminado”, “finiquitado”. No podría, de verdad. Pero al menos podría pedir perdón por los desaguisados provocados, los pactos no respetados, los acuerdos tomados y con los que nunca pude caminar porque se me hacían pesadísimos. Creo que necesitaría algo por el estilo, aunque no fuese lo único. Lo necesitaría por mí, también por los demás. Es como adelantar de alguna manera una última palabra de la gente a la que he servido y amado, aún sabiendo que lo he hecho completamente.

El segundo sería para prepararme. No sé cómo. Pero siento que igualmente necesito prepararme para ese momento. Ya no sería cosa de los demás, sino más personal y más propia.

Esta pequeña reflexión me hace caer en la cuenta de a cuántas cosas sirvo, en lugar de servirme de ellas para algo más grande. Dios tiene claras mis limitaciones para amar, yo también. Desearía entregarme de otra manera, andar siempre en amor sin cansancio, sin fatiga. Es imposible. Compruebo diariamente el desaste. Y hay días que me alegra profundamente llegar cansando al final de la jornada. Otros sin embargo me acuesto confiado y con esperanza, simplemente por haber amado. Pero las limitaciones, y aquí voy, no lo son todo. He aprendido poco a poco a servirme de los medios a mi alcance para otras obras mayores. Lo poco, puede engrandecerse. El gesto, el detalle, lo pequeño cala más hondo que lo inmensamente grande pero infumable.

En cualquier caso. No sé siquiera si son dos días los que quedan. Esto es serio, la verdad.

Septiembre 23, 2007 Publicado por mambre | personal, preguntas, reflexiones, reflexión, vida, vocación | | Aún no hay comentarios

¿Qué hace Dios por los pobres?

Me parece que “algunos” se hacen esta pregunta. Yo también. Ayer me cuestionaron así de claramente, así de contundentemente. Lo que no me parece propio es quedarme mirando sin poder decir nada. Quienes me conocen saben que no es algo que me vaya mucho.

En primer lugar porque he descubierto que a Dios le molesta la pobreza más que a muchos. Las páginas de la Biblia están llenas de quejas, de lamentos, de tristeza cuando aparece este tema. Ni un sólo injusto queda al margen de esta cuestión. Cuando lo que está “cuestionado” es la vida de los hombres, Dios nunca es indiferente. Quizá no puedo decir lo mismo de todas las personas. Quizá muchas viven al margen de este problema, como si nada pasase.

En segundo lugar, creo que Dios tiene una capacidad increíble para mover corazones. Si repasásemos un instante la historia de la humanidad nos daríamos cuenta de todos los adelantos sociales realizados “por amor” y los podríamos ubicar correctamente en el espacio y el tiempo. ¿Dónde y cuándo se comenzó a enseñar a los pobres? ¿Dónde y cuándo nacieron los primeros hospitales para curar y cuidar enfermos, moribundos, abandonados? ¿Dónde y cuándo los huérfanos recibieron familia, las viudas sustento? ¿Dónde y cuándo personas entregaron generosamente su vida gota a gota de su sangre para desarrollar pueblos enteros?

Creo que ya he dado mi respuesta.

Septiembre 23, 2007 Publicado por mambre | acción, amor, constancia, fe, justicia, jóvenes, mal, palabra, personal, preguntas, preparar, profundidad, reflexiones, reflexión, sociedad, tiempo, vida, vocación | | Aún no hay comentarios

¿De quiénes hablamos?

Saludos. Hace tiempo que no posteo con ninguna de mis preguntas, pero la semana ha sido difícil y creo el tiempo apremia y apreta en ciertas direcciones. Lo insalvable, es insalvable, o al menos en la mayor parte de los casos.

Quiero retomar mis preguntas a propósito de una experiencia particular y universalizable. Particular porque me he dado cuenta. Universalizable porque considero que no soy el único, ni mucho menos, que se ha detenido en esta cuestión.

Conozco personas que hablan, otras que hablan por los codos, y otras que verborrean. Las que hablan son normales, las que hablan más de lo normal son atípicas, pero la inmensa mayoría verborrean. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que lo normal y lo común, no es lo mismo. Vaya por delante. Hablar es difícil. Los profesores lo sabemos. Cuando digo “hablar” me refiero a “hablar con sentido” de las cosas.

Anotado esto, retomo la pregunta. ¿De quiénes hablamos? La experiencia normal demuestra que es más fácil hablar de los demás, de lo que les sucede, de las soluciones que tienen sus problemas y de sus alegrías también. Esta mañana he comprobado cómo una personita (joven ella) se ha puesto a llorar comentándome que no sabe por qué le suceden ciertas cosas y por qué razón se las toma tan a pecho, porque conoce otras muchas que viviendo…. Y en este momento la conversación ha dado un giro total y ya no ha vuelto a usar la primera persona del singular durante la media hora restante. Es cierto, comprobable. Imposible recurrir a preguntas del estilo: ¿Y tú? Todo eran ya los demás. También es verdad que se le ha terminado la congoja y los suspiros del inicio se han quedado en nada. “Verborreando” sobre los demás se ha quedado sin “poner palabras” (sin hablar) sobre lo que le estaba sucediendo. Sé de sobra, dicho sea de paso, todo lo que dice cierta parte de la psicología sobre las proyecciones y demás historias importantes, si bien el resultado hoy es que se ha quedado “sin hablar”, verborreando sobre otros.

Pero me detengo de nuevo en la pregunta. Después de lo vivido me he interrogado: ¿Es posible hablar, en el sentido que le doy, si no es de uno mismo? Creo que no. Creo que la verdadera palabra, no el discurso fácil, nace de la propia experiencia. Aquí los jóvenes estamos en desventaja, sobre todo cuando no aprendemos a hablar con sentido sobre nosotros mismos. E introduzco el matiz: “con sentido”. Está en este punto jugándose la diferencia radical entre “hablar” y “verborrear”. Es crucial cuestionarse sobre esto, sobre el propio discurso, la propia experiencia, la propia vida, la propia existencia, la propia… sobre nosotros mismos, sin caer por ello en el egoísmo. Quizá sea hablar de nosotros mismos “con sentido” una de las principales herramientas de las que disponemos para “liberarnos” de la prisión del narcisismo.

De Dios decimos que es Palabra, en sentido mayúsculo, única e irrepetible, dotada de la capacidad de hacer realidad cuanto ha sido pronunciado, y por tanto de preñar la historia de nueva existencia. Es la diferencia: Dios habla, su Palabra no sólo nace de sí mismo sino que es Él mismo encarnado, humanizado, historizado y existencializado. La verborrea es incapaz de esto, sólo rompe la historia, lo humano, la existencia; no siembra sino discordia. La Palabra, por ende, se sitúa en las antípodas de la lejana concatenación y engarzamiento silábico. La Palabra es reflexión, es vuelta sobre sí que no se queda aprisionada en el ombligo sino que levanta la cabeza y, más allá de desear ser escuchada, se hace presente en la vida común, en la historia compartida hasta el extremo. Hablar, en nuestro peculiar matiz de hoy, es comprometerse. La palabra, como dice nuestro lenguaje, “se da”. Y “dar mi palabra” es algo más que serio.

Un saludo.

Septiembre 21, 2007 Publicado por mambre | fe, justicia, palabra, personal, preguntas, preparar, profundidad, reflexiones, reflexión, sociedad, vida, vocación | | 1 comentario

¿Preparar o prepararse?

No voy a ocultar que más de una vez por semana me surge esta pregunta: ¿Para qué preparo las cosas? Lo que sucede es lo siguiente: me decido con ahínco a anticipar lo que puede suceder, y luego torrentes de circunstancias inundan mis proyectos. Así de sencillo. No puedo explicarlo de otra manera.

Sabiendo que soy cuadriculado vitalmente, planificador e ideólogo nato, he llegado al extremo de preparar mis clases por puntos: 1,2,3… cuantos sean necesarios. Es casi una reducción fenomenológica que reproduce en mi imaginación el día en el que todavía no puedo decir que viviré ni que existirá. Luego suceden otras cosas, siempre diferentes. Cuando hay que hablar, muchos se callan. Cuando callar es lo primordial más que susurros se escuchan por doquier. Y mis papeles al traste.

Sin embargo, he descubierto que la preparación me prepara. La persona es siempre futurible, siempre más allá, siempre alejado de lo que meramente se ve o se oye, por mucho que sean cuestiones fundamentales y no podamos vivir sin el soporte físico y la realidad tal cual está delante de mis narices y bajo mis pies. Y esto lo vivo hasta la saciedad, hasta saciarme de mi propio futuro y el futuro por ende de cuantos me rodean. Quiero anticipar, sin poder hacerlo.

Pero me preparo. Me dispongo de una determinada manera. Sueño y pienso. Deseo y ejecuto conforme a un proyecto que he discernido previamente como sabio, como bueno, como verdaderamente humano. Esa es la cuestión. Es el motivo principal que me hace seguir proyectando: soy soñador, igual que Juan Gaviota volador, y puede que algún día se cumpla al margen incluso de mis planes, porque mis planes no son todo, gracias a Dios y por Dios, en mi existencia.

Y sigo con alagos. Prepararme me dispone, digo, y me educa a ser dueño de mi vida, incluso con sus imprevisibles circunstancias. Me ha educado en la confianza, en el paso a paso, en la importancia de la libertad de los demás y de sus historias. Esto me lo enseñó un amigo, que continuamente me decía, de “mis chicos”: “Es que son libres. Es lo mejor que puede sucederles, que sean libres, aunque tengan que aprenderlo todavía y les quede recorrido hasta su propia libertad. Pero no te olvides, son libres.” Así he caminado, durante años, a fuerza de quebrar mis planes contra los azares y azotes y azufres del mundo, entre la libertad de los demás, siendo consciente de que son personas misteriosas. Es curioso, pero maravilloso.

No sé si dejaré algún día de preparar. De momento no puedo “parar” la realidad a mi antojo, ni frenar a otros en su camino entrelazado y atado al mío por el espacio y el tiempo y la vida misma con sus sueños, ni puedo tampoco pararme a mí mismo. Ni siquiera yo soy capaz de someterme a mis propios planes y parar mis concomitancias existenciales, superficiales o profundas, da igual. Lo que me admira es la preparación de mí mismo que se adquiere en la preparación de las circunstancias. Es cierto lo que decía Ortega, pues si quiero salvarme a mí mismo tienen que salvarse también ellas.

Es cuestión de fe, con el tiempo. No supone “sujetar” la realidad, sino más bien ir descubriendo poco a poco que Dios también está en ella, que he de contar con él y con su palabra. Reconozco que todo cuanto ha salido “bien” a lo largo de varios años (me dura todavía a día de hoy) no ha sido lo que yo he planificado en el papel y me he descuartizado la cabeza pensando cómo podría ser, sino más bien lo contrario. Lo mejor, lo he recibido gratis y me ha costado, no pocas veces, un gran esfuerzo aceptarlo. Pero hoy me hace profundamente feliz. Con sinceridad digo que podría enumerar una lista de más de diez cosas importantes en los últimos dos años. ¡Que ya son!

Septiembre 17, 2007 Publicado por mambre | acción, fe, justicia, mirada, personal, preguntas, preparar, profundidad, reflexiones, reflexión, tiempo, vida, vocación | | Aún no hay comentarios

¿Dónde doy la nota?

No es un comentario musical. En el español que conozco, la expresión “dar la nota” tiene un significado peculiar; la imagen proviene de una orquesta, y en ella alguien que destaca, pero como dentro de un grupo así el hecho de “destacar” es no estar en consonancia (otro término con musicalidad) es negativo, la connotación que reviste la expresión es de igual manera peyorativa.

Pues eso, que se me ocurre preguntarme hoy, ¿dónde doy la nota? Supongo que todos tenemos más o menos asumido que nos agrada que nos miren, que se fijen en nosotros, que nos valoren y nos quieran. Son universales humanos, aplicables incluso a los que son tímidos (unos tímidos con su timidez son de por sí llamativos, y otros tímidos lo son porque no se atreven a destacar) o aquellos que se consideran normales (unos normales pretenden alumbrarnos con su normalidad, y otros pretenden ser normales y muy grupales porque no están seguros de aquello que les hace distintos). Los que dan la nota, sin embargo, insisto en que se salen del grupo. ¿Por qué entonces es algo “reprochable”, si marca las diferencias de las que tanta gala hacemos habitualmente?

Creo que doy la nota cuando opino, cuando escribo así, cuando hablo de mí mismo. Sí. Cuando hablo de mí mismo me salgo del grupo. Ya no son otros los que comentan, opinan, sugieren por mí. Soy yo mismo. ¿Egoísmo entonces? En parte sí, sinceramente. Es una lacra, también universal. Pero, ¿sólo egoísmo? Supongo que no, deseo y espero que no.

Creo que doy la nota en todos los lados. Donde voy tengo la sensación, no pretendida de antemano, de ser diferente. En unos sitios por mi vida, sin más. En otros porque dentro de nuestra vida y forma de ser existen multitud de matices, una amplia visión de aquello que debemos ser, de la misión, de la fraternidad, del servicio y del trabajo y del ocio también. En “más allá” de sitios, en los corazones de las personas, creo que también soy diferente. En el fondo, incluso compartiendo los universales que he dicho antes, también sé que somos diferentes.

Creo que doy la nota. ¿Desentono o entono? ¿Atrapo la línea de la humanidad y de la persona o de la colectividad y del grupo? En realidad se puede dar la nota hoy, la nota profundamente humana, y quizá encontrarse un tanto solo. Quizá muchos hayan tenido la sensación de encauzar sus pasos por el pentagrama de la existencia siendo fieles a sí mismos, y hayan sentido el vértigo de creer que desentonan. Quizá sin la experiencia de individualidad que ofrece el “dar la nota” nunca se sea perfectamente sociable, social, grupal y comunitario. Quizá sin que me haya descubierto a mí mismo, preguntado a mí mismo, no existan respuestas fuera de mí válidas y reales, y sinceras, y confiables. No sé, sólo opino, sólo quizá.

Septiembre 15, 2007 Publicado por mambre | acción, amor, fe, justicia, mal, mirada, personal, preguntas, profundidad, reflexiones, reflexión, sociedad, vida, vocación | | Aún no hay comentarios

¿Por qué eres un héroe?

De la película “La jungla. 4.0” saco esta pregunta. Para quienes no la hayan visto, tranquilos, no la voy a destripar. Todos sabemos que Bruce Willis es el gran héroe de la película. Es peculiar y llamativo, porque no busca solucionar nada en el mundo, simplemente “se los encuentra”. Todo sucede, y él está ahí, en el meollo de la cuestión, en el núcleo duro. Pero si él se preguntase cómo llegó hasta ahí, quizá ni sepa responder. Me gusta la parte de la película en la que va  decidido a terminar con el helicóptero de los malos-malísimos mientras medita en voz alta cómo ha llegado a todo esto casi por coincidencias de la vida. Creo que la vida misma, tiene algo por el estilo. Aún así, voy a recrear el instante (sin detalles para quien no la haya visto y quiera hacerlo) en el que aparece en escena esta pregunta, la del título de hoy, u otra similar. Casi se acaban de conocer y se ven enfrentados a una amenaza de dimensiones brutales. Los primeros malos-malísimos, espectacularmente armados, han sido derrotados y el nuevo compañero de Bruce Willis casi es asesinado unas tres veces. Menos mal que estaba nuestro héroe cerca. Es normal, supongo yo, sentir un poco de miedo, pánico o terror cuando te persiguen con el objetivo de borrar de la faz de la tierra incluso el polvo en el que nos convertiremos. Más que poco, mucho y más aún. Pero también responsabilidad: es buscado, en gran parte porque es quien puede solucionar todo el desaguisado, porque puede echarlo todo por tierra. Se ve claramente que las dificultades son en la medida en que tienes responsabilidad. Y regreso a la pregunta. Cuando este muchacho empieza a ser consciente de lo anterior, cuando a pesar del miedo da sus primeros pasos asumiendo esa “responsabilidad”, le pregunta a Bruce: “¿Por qué eres un héroe?”, y tienen un diálogo sobre el miedo (en la vida), las decisiones (en la vida) y la razón principal (de la vida). Sin pretensión de nada más, nuestro héroe (de película) responde algo parecido a “porque no había otro y yo estaba allí”, o “alguien tenía que hacerlo y yo estaba allí”. ¿Qué quiero decir? ¡Disponibilidad! ¡Estés donde estés, disponible siempre para ser un héroe! Puede que nunca encuentres a los malos malísimos, pero a un héroe son otras cosas las que le caracterizan.

Septiembre 15, 2007 Publicado por mambre | acción, constancia, fe, justicia, mal, mirada, personal, preguntas, profundidad, reflexiones, reflexión, sociedad, vida, vocación | | 1 comentario

¿Hay algo debajo, detrás, por el fondo?

Voy comprendiendo las complejidades de la vida. Entresijos, recobecos, subterfugios, subsuelo, sub… sustancia. Desde Freud nos enseñan que por debajo del día a día existe algo llamado inconsciente, y lo normal es que hablemos mal de él. Por ser algo que está ahí, como oculto, lo cargamos de tintes negativos. Es lo que hay porque no queremos mostrarlo, porque no nos gusta, porque lo negamos, porque lo evitamos… y así sucesivamente una lista larga de razonamientos contra su existencia. En el fondo, hemos aprendido que si nuestro día a día es pesado y cansado y agotador y rutinario, mejor no enfrentarnos con lo que hay detrás.

Pues no. Me niego. No le quiero quitar del todo la razón, pero me parece insuficiente y una gran mentira si alguien cree que todo lo que pupula tras de sí en lo profundo es de este modo. Hoy he vivido algo especial que me ha hecho detenerme, pararme y descubrir. Alguien cercano se va lejos, a más de 5000 kilómetros, movido por “eso-que-está-debajo-en-el-día-a-día”. Una expresión larga y complicada (en alemán más), que llamo y llama y llamamos Dios, Jesucristo, vocación. Bonitas palabras para hablar de quién nos sostiene.

Claro. Lo que sí descubro es que en el día a día muchas veces no hay oportunidad de mostrarlo y enseñarlo. Se sabe que sostiene, que da sustancia, que enriquece y ennoblece cuanto se emprende con sencillez en lo cotidiano, pero no todos lo pueden percibir igual. Quizá alguno se pueda cuestionar por más de un detalle hecho con caridad, aunque lo normal es estar prisionero de lo que se ve, sin llegar a ese trasfondo.

¿Vivimos sin nuestra trastienda, sin nuestra sustancia? Creo que no. Bueno, a decir verdad, más bien lo contario. Sin la trastienda no se puede vivir nada; ni lo extraordinario, ni lo ordinario. E incluso me aventuro a decir que es más fácil vivir sin trastienda lo extraordinario que lo ordinario. Para que lo común, lo que todos pueden ver sin que pase desapercibido, sea hecho con amor, con paciencia, con sinceridad hace falta una grandísima trastienda. Mucho más amplia, infinitamente más poderosa, que el inconsciente freudiano. Alguien pensará que soy un inconsciente. Hoy me da por pensar que no soy romántico, sino radicalmente sincero. Tan radicalmente sincero que estas son las raíces que se incrustan en la vida misma, en la verdad misma, en la fidelidad misma sin ambages ni adornos. Lo normal no puede ser embellecido externamente, sólo internamente. Supongo que más de una pareja me dará la razón, que más de un grupo de amigos puede verificarlo, que más de un estudiante comprobará que su tarea académica necesita hábitos (que son raíces en el fondo y hacia lo profundo de la persona) y de idéntica manera el profesor con respecto a sus clases.

Mi respuesta no está del todo clara, la verdad. No tengo todo tan claro. Hoy me dejo llevar por lo que vivo. No todo es tan bonito. Hoy vivo con esperanza porque alguien mostró que es posible atravesar paso a paso la niebla sin perder el camino que se empezó, que también se puede confiar con miedos siempre que existan realidades que, desde abajo y desde lo pequeño, sostienen a la persona y al creyente. Lo que comenzó como pregunta, a medida que escribo, es para mí fe y esperanza. Dios vive en lo profundo del corazón de todos los hombres, algunos dan testimonio de ello. Dios vive más allá, más adentro de aquellos que mirándose a sí mismos se encuentran solos, tristes, desamparados y acallan sus deseos. Dios vive, como quiero decir, más cerca, de forma más real, más palpable y brillante que muchos rubíes extraordinarios.

Un saludo

Septiembre 12, 2007 Publicado por mambre | acción, amor, constancia, estudio, fe, jóvenes, mirada, personal, preguntas, profundidad, reflexiones, reflexión, rutina, sociedad, vida, vocación | | 2 comentarios

¿Veré algún día tantas y tantas fotos?

Creo que no soy el único que piensa que necesitamos mucho tiempo para ver la grandísima cantidad de fotos que acumulamos y acumulamos y seguimos acumulando. Más o menos ordenadas, dependiendo de los usuarios. Pero en común, miles y miles de fotos. Retratos solo y acompañado, con paisajes de fondo y de lugares emblemáticos, con amigos, con colegas, con otros trabajadores o estudiantes, con la persona que acabo de conocer… en la misma postura en distintos momentos, para ver cómo crezco o para mirarme simplemente. Son fotos y fotos. Es casi angustioso comprobar todas las posibilidades que hay y hacer cálculos de cuántas me quedan por hacer o el número total de las que tendré. En breve necesitaré una memoria externa para su almacenaje, no para verlas, sólo para conservarlas. Espero que los programas de ordenador siguientes guarden la posibilidad de abrir las fotos antiguas. Ya son miles. Cuando los abuelos enseñen las fotos a sus nietos, los nietos tendrán más fotos que ellos. Y cuando estos niños crezcan hasta ser abuelos, no podrán enseñar a sus nietos las fotos, porque está descartado tener al niño durante una semana sentado delante del ordenador viendo pasar y pasar. Nadie hace, o pocos, síntesis. Ni siquiera la mayoría se detiene a ponerle nombre. Es el número que le asigna la cámara, con infinidad de dígitos, y creciendo.

¿Algún día las veré? No lo sé. A mí me cansa que mis amigos lleguen de viaje con más de cuatro mil fotos. Me abruma, me deprime. No puedo ver tantas. Ni siquiera creo que la selección de quinientas sea adecuada. Por qué no menos, por qué no una que condense la experiencia. Hemos perdido la capacidad de síntesis en función del mogollón de información. Es como la capacidad de crítica, que se deteriora con las posibilidades de acceder a la verdad siempre parcialmente.

Creo que no. Que no las veré. Creo que es imposible. Creo que no es viable. Creo que es parte de la necesidad que tenemos de mostrar a las personas lo que somos, de mostrar todo cuanto somos. Sabemos, lo dice nuestro interior, corazón, conciencia, que deseamos alguien con quien compartir absolutamente todo. Nos alegraría esto. No son las formas, la verdad, pero se respira el anhelo de lo profundo, de la memoria compartida. Se desea, se consigue parcialmente. Pero tienen que existir otras formas más preciadas, más humanas y menos tecnológicas. ¿Por el amor se llega a esto? Quizá sí. Creo que fue el intento de Dios al encarnarse, no al retratarse, sino al compartir su vida por amor.

Septiembre 11, 2007 Publicado por mambre | amistad, fe, personal, preguntas, reflexiones, reflexión, sociedad, tiempo, vida, vocación | | 2 comentarios

¿Qué cosas me sorprenden?

Socialmente, no se lleva o sí se lleva, depende de a quién preguntes y de cuándo se produzca. Por un lado no es del agrado de nadie por el mero hecho de ser inesperado. Si lo pudiésemos esperar, dejaría de ser una sorpresa, aunque nos sentiríamos más agusto por no tener sobresaltos, imprevistos, ni nos dejaría el amargo sabor de la inseguridad, la eterna posibilidad de que pueda ocurrir algo al margen de las previsiones o del control de las personas.

Por otro lado, a quién le ofende una fiesta “sorpresa” en su honor, un regalo “sopresa”, un encuentro soprendente. Nos abre, nuevamente, a una imagen de la existencia que es compartida, que es feliz porque otros intervienen para hacerla más grata sin que se lo haya pedido.

Somos contradictorios, casi por naturaleza. A mí me soprenden muchas cosas del día a día, y de lo eterno, tanto de lo más bajo, rastreo y vulgar, como de lo más exceso. Para todo tengo preguntas, y en el fondo siento que para pocas estoy preparado. Me sorprende, que es la pregunta de hoy, la libertad de las personas y la gran capacidad que tenemos para comprender los acontecimientos de la historia. Lo primero porque es fabuloso sentarme a dialogar con alguien sin saber del todo qué va a decir, o intentar sacar algo adelante sin saber en qué puede quedar, o corresponder la llamada que me hacen, o intentar adelantar los acontecimientos de una persona, o las múltiples posibilidades, o el futuro que podemos adelantar y que vamos labrando… Me entusiasma la libertad, me llena de humanidad contemplar personas que desean vivir libremente, sin ataduras, sin condenas, con compromisos y fidelidad siempre libres. Es genial tener personas así cercanas, gratuitas, sinceras. La libertad me sorprende, también por la falta de libertad con el que esclavos vagan creyendo ser libres, por las contradicciones internas de las personas y su falta de respuestas personales… Me entusiasma porque nadie saber decir que no es libre, aun no sabiendo explicar por qué o incluso para qué.

Pero también lo contrario. Si la sorpresa sobre el futuro llamada libertad es bella, tendría que decir lo mismo o más de la sorpresa que provoca mirar al pasado y contemplar una historia. Esto me sorprende. Me sorprende la capacidad para releer acontecimientos propios por la persona protagonista. Me sorprende que, una vez tomada una decisión libremente, sea necesario girar la cabeza a medida que andamos cabalgando con nuestro caballo para conocer si fue totalmente acertada o no, o qué sentido tiene. Me sorprende que decisiones tomadas con libertad sean vistas años después profundamente esclavas o esclavizantes, y lo contrario, pasos dados creyendo estar atados se convirtieron en germen de libertad y libertad misma.

Me sorprende que cada vez que quiero hablar del hombre, termino hablando del hombre entero. Que en cada paso del camino su humanidad trasluce una vocación, una llamada, una pregunta. Que libertad sin amor sea impropia de libres y merecedora de la esclavitud que encierra. Que memoria sin sentido no produzca sorpresas, y que lo inesperado muchos lo lean en lo sucedido.

Este pequeño texto lo dedico a uno de mis libros preferidos, de cabecera: “Lo inolvidable y lo inesperado.” Asombroso en su literatura, profundo en su pensamiento, cuestionante en sus respuestas.

Septiembre 10, 2007 Publicado por mambre | acción, amistad, amor, blog, estudio, fe, justicia, mal, mañana, mirada, personal, preguntas, reflexiones, reflexión, vida, vocación | | 1 comentario